2021: Deseos vs Certezas

Ni que decir tiene que este 2021 que acaba de inaugurarse va a estar marcado por la pandemia del mismo modo que se cerró 2020. Con la esperanza que cuando las vacunas alcancen al menos a un 70 % de la población se adquiera la tan deseada inmunidad de grupo y pueda pasarse página al virus. O al menos permita una tregua duradera que afiance a la ciencia y permita superar su desafío.

Otra cosa es que las tan ansiadas vacunas lleguen a todo el planeta y no queden bolsas del maldito virus por la geografía mundial que puedan a través de sus mutaciones esparcirse nuevamente a todos los continentes.

Pero esa es otra historia que, a buen seguro, dará que hablar ya que será necesaria la aportación de los países más desarrollados y aún está por ver si a costa de la pandemia se habrá aprendido lo suficiente al respecto.

Pero aunque el virus siga ocupando el día a día hay otros muchos más temas que tenemos pendientes en lo que a la cosa política se refiere y nos toca más de cerca.

Más allá de la enfermedad

España, como ya hemos referido en otras ocasiones y ha quedado todavía más patente con la dramática irrupción del tan manido coronavirus en nuestras vidas, va a sufrir con crudeza las consecuencias de la pandemia debido a su débil modelo productivo, su bajo nivel de renta y su endeble modelo fiscal, lo que se traduce en una reducida eficacia de sus servicios públicos.

Por poner un solo ejemplo de esto último, en el caso de la sanidad es cierto que nuestro modelo público de asistencia universal es de los más amplios en toda Europa. Pero ni su operativa en la práctica ni la propaganda han podido tapar sus enormes agujeros en cuanto a inversión desde su culminación como tal en 1989.

Lo que se ha venido traduciendo, año sí y otro también, en una consabida falta de recursos. Listas de espera interminables, escasez de personal, material, etc.

No digamos ya tras las políticas de recortes y austeridad aplicadas a raíz de la crisis de 2008.

Por otra parte, hace tan solo unos días, la OIT ha vuelto a poner también en evidencia el modelo productivo y de desarrollo español afirmando que España es el país europeo donde más aumentado la desigualdad a consecuencia de la pandemia.

Lo que resulta fácilmente deducible de la debilidad de los salarios y la extrema dependencia nacional de un sector tan volátil y de bajas retribuciones como el del turismo.

En tales extremos: modelo productivo, rentas, fiscalidad y servicios públicos, el gobierno tiene una ardua tarea por delante. Pero de la que en cualquier caso hay que tener varias consideraciones.

Es por completo inviable que cambios de tal calado, demoras que se pierden en la lejanía de otros tiempos, puedan vislumbrarse con rotundidad de forma inmediata. Como poco será necesaria toda una década para apreciar debidamente los mismos y siempre y cuando no vuelva a perderse el rumbo, algo muy propio de la política española los dos últimos siglos.

A favor que como todos los momentos aciagos de la historia, esta crisis también representa una oportunidad y tanto es así que las respuestas ante la misma de instituciones tan poco sospechosas como el FMI, el BCE y la propia Comisión Europea o incluso la mismísima Ángela Merkel han cambiado básicamente su discurso con respecto a 2008.

Si bien el gobierno de España arrancó con iniciativas en la dirección correcta, hace ahora un año, con sensibles aumentos del SMI, las pensiones o los salarios públicos y a finales de mismo con unos presupuestos –por fin después de 4 años-, de la misma manera, la pandemia y todas sus derivadas van a trastocar en buena lógica sus proyectos y sus plazos.

Pero, aun teniendo que ser conscientes de ello, no puede haber excusa para volver a perder el rumbo y, como ocurriera tras la crisis de 2008, hacer de España un país que crece y crece exponencialmente en términos macroeconómicos mientras la pobreza se extiende de manera generalizada por todo el país.

En España, ni siquiera una jornada laboral de 40 horas te exime de ser pobre, no digamos ya cuando la tasa de temporalidad duplica la media europea, y eso debería resulta inadmisible en un país súper desarrollado que reza como la cuarta economía de la UE.

Buena parte de la alta sociedad de nuestro país, heredera de otros épocas tal como recoge el Ibex 35 entre las familias que lideran las mayores cotizadas, se diría que se empeña en mantener esa condición de rancio abolengo que le ha mantenido en la cúspide de la pirámide social desde hace siglos y le cuesta más que en cualquier otro país de nuestro entorno renunciar a una parte de sus privilegios.

Los hechos

En lo político, mientras que sus colegas centroeuropeos rectifican estrategias pasadas, el Partido Popular, el principal partido de la oposición, sigue aferrado a la ortodoxia neoliberal que tantos estragos ha causado a lo largo y ancho de todo el planeta desde su irrupción y consolidación como modelo de desarrollo a finales del siglo pasado.

Es indiscutible que el neoliberalismo ha generado extraordinarios beneficios solo para una minoría y provocado a la vez los mayores desequilibrios sociales tras la II Guerra Mundial. Pero, además, su modelo de crecimiento perpetuo en un mundo de recursos limitados ha puesto al borde del colapso la supervivencia misma del planeta.

Y España es un excelente ejemplo de ello.

Para colmo, su estrategia de la crispación que introdujera en la política española José M.ª Aznar desde aquel «márchese Sr. González» hasta su continua puesta en duda de la legitimidad del gobierno actual, pasando por las descalificaciones al gobierno de José L. Rodríguez Zapatero sobre el que llegó a construir una teoría conspirativa en la que le implicaba en los atentados del 11M , hace aún más difícil un entendimiento entre las partes que fructifique en una nueva hoja de ruta y se traduzca en un mejor reparto de la riqueza generada entre todos.

El SMI, las pensiones, el CGPJ, la educación, el estado de alarma, la desescalada, la gestión de las autonomías, hasta la presentación de la primera entrega de las vacunas y su distribución y reparto e incluso las campanadas de fin de año son motivo de algarada en cualquier acto de la manera más abrupta. Evitando de este modo cualquier intento de aproximación y menos todavía de progreso.

Tampoco el PSOE ha sabido, ni quizá se haya esforzado en exceso, rebajar el tono de forma adecuada a lo largo de todos estos años y lo que debería haber sido una crítica constructiva y en algún momento ciertamente más o menos ácida si cabe, ha derivado en general en un espectáculo cerril que ha convertido el parlamento hispano en un escenario deplorable.

Con esa facilidad para decir una cosa hoy y mañana la contraria que tiene la jerga política en general que se justifica siempre como sacada de contexto. Diría yo como si los que estamos en ello fuéramos tontos o lelos.

Escenario al que se han ido sumando otras fuerzas políticas de nuevo corte sin que ello haya servido para rebajar la tensión ni entre los dos primeros ni entre unos y otros. Propiciando por contra perfiles como el caso de Vox, en sintonía a sus homólogos del resto de Europa, en los límites mismos de la democracia.

La avasalladora consolidación de las redes sociales como medio de persuasión y propaganda –no se pierdan «El dilema de las redes», un reciente y magnífico documental al respecto-, ha acentuado todavía más la polarización entre los ciudadanos, víctimas de noticias falsas cuando no debidamente manipuladas y perfiles inexistentes con los que soliviantar a los mismos en pos de beneficios de terceros.

El gobierno

El actual gobierno de coalición representa un auténtico reto por cuanto a una nueva experiencia en la política española reciente. Toda una anormalidad en la misma muy por el contrario a lo que ocurre por lo general en el resto del continente y que por ende, más especialmente en nuestro caso, presenta también sus disfunciones.

Desencuentros que, en buena lógica, podrían resultar productivos en cuanto a intercambio y consolidación de propuestas, pero sus integrantes parecen más preocupados en la fuerza del relato y los posicionamientos de cada cual más con miras al electorado que al interés común de los españoles.

Un nuevo ejemplo de ello el que nos ha traído el fin de año con el anuncio de la inminente salida del gobierno de Salvador Illa, responsable precisamente de la cartera de sanidad, que parte con destino a encabezar las listas del PSC cara a las próximas elecciones catalanas.

Es cierto que el Ministerio de Sanidad en España es un ministerio vacío –apenas si cuenta con unos 1.200 trabajadores en todo el país-, por cuanto tiene transferidas la práctica totalidad de sus competencias desde hace décadas a las CC.AA. Y que nadie puede poner en duda las ilusiones y ambiciones políticas de cualquier persona. Pero no parece de recibo que en una coyuntura como la actual, con una pandemia de por medio a la que todavía le queda un largo y tortuoso camino por recorrer, el ministro del ramo abandone su cargo por meros intereses de partido.

La política exige también sacrificios pero cuesta creer que eso en España sea un valor a tener en cuenta. De ahí, ante la sorpresiva salida del ministro, la crítica de formaciones políticas de cierta afinidad con el gobierno como Compromis, los Comunes o Más País.

Críticas que, desde el otro lado, huelga tomar en serio de los que por activa y por pasiva ya venían pidiendo la dimisión del ministro desde casi el inicio de la pandemia. Pero, en cualquier caso, munición a la que intentar sacar tajada. Y ruido, sobre todo eso, mucho ruido.

En fin, este es el escenario y las acuciantes necesidades de un país como España al que le cuesta tanto siempre asomar la cabeza. Que tarde o temprano volverá a salir de esta crisis con esos datos tan abstractos de la marca España que poco o nada tienen que ver con la realidad de los ciudadanos.

Pero España lo que necesita es que, de una vez por todas, los españoles en su conjunto vean debidamente recompensado su esfuerzo y su trabajo en la justa medida que les corresponde y dispongan a su vez de unos servicios públicos capaces y suficientes.

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