Yo he venido aquí a hablar de su libro – Manuel Rebollar Barro

Daniel Pérez

(Foto: Daniel Pérez)

Manuel Rebollar Barro nació en Écija, la sartén de Andalucía, allá por 1971. Conocedor de las altas temperaturas que por esas tierras detienen a los circunspectos termómetros, lo hizo en febrero ―«sudaré, sí, pero cuando sepa de qué va esto de la vida», dicen que dijo―. Quiso ser dibujante, pero sus pinturas solo podían competir con las de Altamira ―maldito mundo tridimensional―. Así que, al ver lo bien que le salían las letras, comenzó con «mi mamá me mima» y desde entonces no ha dejado de dibujar ni un solo día el alfabeto.

Ina Hristova pronunció sus primeras palabras en búlgaro, allá por 1988. Conocedora de las bajas temperaturas que por esas tierras detienen a los circunspectos termómetros, lo hizo en julio ―«pasaré frío, sí, pero cuando sepa de qué va esto de la vida», dicen que dijo―. Quiso ser escritora, pero las palabras se le atragantaban. Así que, al ver lo bien que le salían las imágenes, comenzó con figuras que representaban animales, seres antropomorfos y dibujos abstractos y desde entonces no ha parado de escribir ni un solo día con sus ilustraciones. Al fin y al cabo, todos venimos de Altamira.

Hoy nos presenta su libro de microrrelatos “La vida sin Murphy”.

Comenzaste escribiendo novela, por circunstancias te pasaste después al microrrelato. A la hora de escribir, ¿con qué te encuentras más cómodo?

 

No es un problema de comodidad, con ambas me siento a gusto, es más una cuestión de tiempo. La novela te exige una planificación, una guía, unos personajes a los que hacerles vivir una serie de peripecias, con todo lo que eso conlleva, un ritmo diario de trabajo que solo puedes conseguir si tienes tiempo. Cuando careces de él, como fue el caso al llegar mi primera hija en 2009, el microrrelato se me abrió como un mundo creativo perfecto, que he intentado explotar, ya que cuando te sientas a escribirlo está muy macerado en la cabeza, sabes hacia dónde vas, el giro que quieres darle y, al ser una estructura cerrada, el tiempo de escritura, que no el de pensamiento y corrección, es menor. Por eso llegó este libro. Tal y como reflejo en la dedicatoria, los culpables directos han sido Maia y Darío, mis hijos, dos auténticos ladrones de tiempo.

 

La vida sin Murphy. «Si algo puede salir mal, probablemente saldrá mal», decía este ingeniero aeroespacial norteamericano. ¿Es el sino el culpable de nuestra mala suerte o deberíamos ser más conscientes de nuestra responsabilidad al dirigir nuestras vidas?

 

No creo en el destino. Ni en la mala (o buena) suerte. Tengo muy claro que todo obedece a una simple serie de causas-consecuencias, sin más. Todo tiene una lógica y unas probabilidades. El problema, como siempre, está en el foco, en aquello a lo que le damos importancia. A lo largo de un mes son muchas más las veces en las que llegamos a la parada de autobús y este nos recoge sin tardanza que las que tenemos que esperar lo que nos parece una eternidad. En ese momento de espera es cuando sentimos que siempre sucede lo mismo porque experimentamos la misma sensación que la última vez que nos sucedió; pero nada más lejos de la realidad. Si aplicásemos la objetividad, Murphy, como los dioses, hace tiempo que no existiría.

 

En este mismo sentido, ¿qué pasaría, como planteas en tus textos, si se desordena el caos, si «matas» a Murphy? ¿Cómo sería el universo humano de lo cotidiano sin normas ni criterios establecidos? Creo que en el fondo, bien podría ser esta la semilla de todo creador de ficción. ¿Qué opinas?

 

Si Murphy muriese, ya no tendríamos excusas para buscar —y encontrar— lo que realmente queremos. Sería un poco el espíritu sartriano de estoy solo, arrojado al mundo, y todo depende de mí, lo bueno y lo malo, aquí y ahora. Pero esa posibilidad nos da mucho vértigo. Todos necesitamos un pilar sobre el que agarrarnos para vivir, un faro que nos proporcione certezas. Si estas cambian, el universo también lo hace y hay que adaptarse. Como bien dices, es lo que sucede en todas y cada una de las historias habidas y por haber. «Érase una vez alguien en algún estado confortable al que, de repente, le rompieron su estabilidad y debió buscar una nueva». Ese es, básicamente, el esquema de la literatura y el de La vida sin Murphy, obviamente.

 

Tostadas y Gatos. Esos son los epígrafes bajo los que agrupas los relatos. Cuéntanos un poco el criterio que seguiste. Y aunque en la introducción al libro el escritor Manu Espada nos detalla de forma muy amena por qué escogiste esos nombres, haznos si puedes un pequeño resumen.

 

Murphy siempre ha estado ahí, es un recurrente en mi existencia a modo de broma interna. Hace unos años, en un curso de cine, escribí un guion titulado «La muerte de Murphy». No pasó de ahí, pero la idea permaneció. Cuando pensé en el libro de microrrelatos tenía claro que este sería el primer texto. Al principio metía todo lo que escribía en una especie de contenedor llamado Cuentos del aBREVEdero, nombre que dejó paso al actual cuando empecé a armar lo que sería el libro definitivo. Sobre las partes en las que está dividido, es curioso comprobar cómo todo influye y hasta qué punto un libro permanece abierto hasta que se cierra la edición. Manu Espada leyó el protolibro y de él hizo su magnífica introducción. Allí las partes no se dividían de esa manera, sino en Una (palabra), Dos (palabras), Tres (palabras) Y (palabras), haciendo referencia al número de vocablos que había en cada título. Pero a mí me gustó lo que Manu decía de gatos y tostadas, así que decidí aprovecharlo y sustituirlo por Gatos, Tostadas, Tostadas y gatos, La vida sin Murphy y cerrar aún más la idea de cómo fluye cada uno de los micros, algo que se ve perfectamente en los dos últimos textos, que son los que mostrarían un mundo ya sin Murphy Y ahora tú, Yocasta (eterno Edipo), que marca ese momento en el que nuestros menores rompen las cadenas, y El cuento más largo del mundo, que da rienda suelta a todo aquello que queramos buscar —y encontrar—.

 

En tus textos, aparecen constantemente escenas cotidianas. ¿Qué elementos/personas/situaciones te resultan más inspiradores? ¿Es un combinado de varios, al estilo el binomio fantástico?

 

Nunca busco recursos para que salgan historias al estilo de la propuesta de Rodari. No me exijo escribir a diario, los textos surgen sin más. Lo que sí creo cada día es contenido para mis clases, eso me mantiene en forma y hace que tenga que estar ágil en las múltiples situaciones extrañas que se dan en el instituto en el que trabajo, de las que aprendo mucho y plasmo, en ocasiones, en alguno de mis textos. Los exámenes que yo configuro son pequeños microrrelatos que se leen en clase, con variantes que consiguen que los alumnos se queden perplejos y afronten la prueba con otra actitud; no significa esto que vayan a aprobar, pero al menos los sorprendo y ellos son, algunos a su pesar, mis fieles lectores.

 

¿Cuáles crees que serían los temas recurrentes a lo largo de tu escritura? Me da la sensación de que es la extrañeza, la perplejidad de algunos de tus personajes ante determinadas situaciones, con lo que disfrutas escribiendo.

 

Sin duda. Me encanta introducir esa variante que hace que todo parezca igual aunque no lo sea. Personalmente siempre me ha gustado cambiar la realidad, producir situaciones extraordinarias a mi alrededor para observar la reacción de los que me rodean. Ya no las aplico de manera literal —hubo un tiempo que sí—, pero las sigo pensando, y, de esa posibilidad que yo introduzco en mi cabeza, sale un posible texto que luego intento atrapar en un papel.

 

Me interesa conocer alguno de tus escritores de referencia, aquellos que te han marcado, tanto literariamente como en lo más profundo de tu ser, (que realmente viene a ser lo mismo).

 

Puf, escritores de cabecera, qué difícil es eso. Creo que el testigo de la literatura pasa por todos los autores que leemos y también por los que no, ya que la semilla de la palabra atraviesa en estado latente todas las creaciones humanas, con lo que, por poner un ejemplo, sin haber leído a Rulfo, sí puedo haberlo hecho a través de García Márquez, quien lo leyó con devoción y, de alguna manera, también nos llega a nosotros, como genes recesivos que, de repente, emergen dominantes. Aunque, si he de pensar en autores que me hicieron replantearme todo aquello que leía, más allá de los entretenimientos de mi infancia a través de los clásicos de Bruguera y las joyas literarias o el mundo Marvel de los cómics, recuerdo El perseguidor, de Cortázar, Pedro Páramo, de Rulfo y Niebla, de Unamuno. Cada uno en un momento clave de mi vida me hicieron detenerme no tanto en qué estaba leyendo sino en cómo estaba escrito lo que estaba leyendo. De ahí surgió mi fascinación por ellos y la lectura compulsiva de casi toda su obra. Obviamente, algo de su literatura reside en mí y en lo que escribo. Del microrrelato, más allá de mis coetáneos, me produjeron sensaciones similares Monterroso, Mrözek, Gonzalo Suárez y Gómez de la Serna.

 

En uno de los cuentos, La Dignidad, se trata el asunto de las faltas de ortografía. Como profesor de Lengua y por hallarte en contacto con una nueva generación, dinos en qué estado de salud (o enfermedad) se encuentra nuestra gramática.

 

Yo creo que está como siempre: no muy boyante. Una anécdota: hace tres años, la televisiva Belén Esteban escribió una carta desde “Gran hermano”, la cual, además de carecer de ninguna coma o signo de puntuación, estaba llena de faltas de ortografía. La noticia saltó a los medios y mis alumnos se burlaron de ello. El día del examen les llevé la carta tal cual había salido de la mano de la princesa del pueblo. La leí, interpretando correctamente las pausas, y les hice una única pregunta: Corrige las faltas de ortografía y coloca los signos de puntuación. Todos partían con 10 puntos y cada falta que se les pasase o hicieran erróneamente les restaba 0,25. Solo aprobaron tres personas, y hubo más de uno que se quedó debiéndome puntos. Olvidamos que el lenguaje sirve para comunicarnos y que la ortografía es un ideal que, en los tiempos que corren (que corren), no se alcanza. Independientemente de ello, creo que siempre ha sido así, tenemos mitificada la ortografía, como si en el pasado todo el mundo supiera usarla con corrección, algo que no sucedía, ni por asomo. Las pintadas aparecidas en Pompeya con ese mítico latín tan poco académico o los muchos casos de autores famosos con un sinfín de faltas de ortografía, García Márquez incluido, son una muestra clara de cómo ha sido siempre esta cuestión. Otra cosa es que le haya sacado mucho partido literariamente, llegando incluso a crear una parafilia, la anortografofilia, con «El dictado», cuento que salió en Perversiones, de la editorial Traspiés.

 

El libro comienza con 10 nanorrelatos a modo de cuenta atrás antes de que Murphy muera y termina con otros 10 nanorrelatos. ¿Por qué la inclusión de estos textos?

 

Me gustan mucho las greguerías, los aforismos, la frase corta e ingeniosa. Considero que un buen nanorrelato, que es como se llama ahora a estas frases breves repletas de eso tan difícil de explicar que es la narratividad, es un goce literario que comparten escritor y lector, lleno de agujeros por los que transitan todos los «colorín colorado» habidos y por haber, una especie de rompecabezas que hay que encajar. Por ello, y por el ritmo que tienen, creo que son, a modo de reloj que marca el final del mundo conocido con Murphy y el comienzo de uno nuevo sin él, el mejor prólogo y epílogo que pudiera haber.

 

Por último, es importante resaltar la portada en la que se muestra a un bebé rompiendo el cordón umbilical en una especie de cosmos amniótico, así como las ilustraciones de Ina Hristova, que acompañan a cada uno de los 35 relatos. ¿Por qué ilustrados? ¿Qué pretende decir la portada?

 

Cuando pensé en un libro de microrrelatos, quise ofrecer algo diferente a los muchos —y buenos— libros de microrrelatos existentes. Así que decidí complementarlos con ilustraciones. La casualidad hizo que apareciese Ina Hristova, una artista búlgara ubicada en Barcelona, a la que propuse el proyecto y que se implicó desde el primer momento. Ambos queríamos que se pudiese ver como un micro ilustrado o una ilustración relatada, que fueran complementarios, algo que creo que hemos conseguido. Sobre la portada, dependerá de quién lo vea. Cuando Ina me la mostró, le dije que había plasmado perfectamente que matar a Murphy implicaba deshacerse del confort que nos proporcionaba el útero materno y salir a buscarse la vida. Y esto, que parecía muy arriesgado, no era del todo cierto, ya que conservábamos un casco para seguir protegiéndonos, una especie de plan B que no nos descolocase tanto. Ina sonrió, porque no había sido esa su intención, lo que ella pretendía era… Podría contar aquí lo que ella quiso, pero qué sería de una obra sin un misterio. Dejémoslo para cuando Murphy, que lo hará, resucite 😉

 

Como guinda, terminamos con algunos microrrelatos del libro. Gracias por tus respuestas, Manuel.

 

DESCERRAJADO

 

Sus ojos, imberbes todavía, miran con el brillo de lo novedoso la copia que el ferretero está realizando. Se siente como el guerrero al que le estuvieran haciendo una espada, arma que podrá guardar en su bolsillo y emplear cuando le venga en gana. Ya está, una vez terminada, su madre se la entrega para que la estrene. Nervioso, llega a casa, saca su llave del bolsillo, abre y, sin llegar a comprender del todo lo que sucede, cierra tras de sí la puerta de la infancia.

 

LA DIGNIDAD

 

En momentos como aquel se acordaba mucho de su profesora de Lengua del instituto. Su vehemencia a la hora de defender la importancia del estudio y del lenguaje como elemento vertebrador de todo lo que somos, su convicción de que no había mejor embajadora de uno mismo que la palabra, capaz de mostrar la excelencia de cada uno de nosotros a la hora de trasmitir lo que pensábamos, su certeza de que ahí, en el paso exitoso del pensamiento a la escritura, residía la diferencia entre unos y otros, su… Así que, cuando acabó de escribir su mensaje y miró los de los demás, se sintió extrañamente bien al comprobar que, de todos los carteles expuestos por los múltiples pedigüeños que cercaban la iglesia, el suyo era el único sin una falta de ortografía.

 

EL DESGRACIADO

 

El delantero está a punto de lanzar el penalti que puede dar a su equipo el título de campeón. El aficionado está nervioso delante del televisor, a la espera de que el delantero chute. Si cambiara de canal en ese momento, podría ver en las noticias que un terremoto ha causado más de mil muertos, que una guerra cualquiera ha acabado con la vida de muchas personas, que millones de niños en el mundo están siendo explotados en condiciones de trabajo inhumanas, que… El delantero falla el penalti y su equipo pierde. El aficionado no cree que haya nadie en el mundo más desgraciados que él en ese momento, y, mira tú cómo son las cosas, en eso estamos de acuerdo.

 

VARIABILIDAD DEL TIEMPO

 

Al amigo puntual lo que más le molesta de su amigo impuntual es que, cada vez que quedan, llegue tarde entre 20 y 30 minutos. Sin embargo, al amigo impuntual lo que más le molesta de su amigo puntual es que no haya sabido aprovechar el tiempo de espera. Mientras llega tarde, otra vez, echa cuentas y calcula que, en los más de diez años de amistad conjunta, el amigo puntual podría haberse leído varios libros (siempre dice que no tiene tiempo para leer), podría haber acabado la carrera (siempre dice que no tiene tiempo para estudiar), podría tocar el clarinete (siempre dice que no tiene tiempo para practicar), podría haber… Por eso, cuando llega a la cita y ve que el amigo puntual se golpea, como siempre, varias veces el reloj de la muñeca para recriminarle su tardanza, le da un puñetazo en la cara. Por mentiroso.

 

     LA INTIMIDAD CORRECTA

Esperas a que se haga más de noche, ya sabes cómo es el vecindario y lo que dirían si te vieran salir a estas horas. Ya está, es el momento, ya no hay luces que puedan delatarte. Aprovechas la oscuridad y avanzas por el callejón hasta llegar al garito que, oculto, te espera. Saludas al portero, entras y vas al baño de caballeros. Cierras con pestillo. Ahí está. Notas la excitación, palpas el bulto de tu pantalón. Lo sacas, le quitas el capuchón y gimes de placer cuando, sobre la puerta, marcas con bolígrafo rojo las faltas de ortografía.

 

 

 

 

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