The student (Kirill Serebrennikov, 2016)

Una madre y un hijo discuten dentro del domicilio, el adolescente reivindica su derecho a comportarse como le dicta du religión. “Tú no tienes religión” contesta la madre. El devenir de Veniamin de niño modelo a contestatario integrista religioso sorprende a todos los que le conocen. Hijo de padres divorciados, deportista, buen estudiante, se convierte, sin que nadie lo advierta, en un fanático defensor de los dogmas ortodoxos sin admitir otra vida que aquella que aprende de modo autodidacta y excluyente leyendo la Biblia, única lectura admisible y única actividad a la que se va a dedicar con empeño en un mundo donde, para él, todo es pecado, ofensa a Dios y lujuria exhibicionista. Lo que rodea a Veniamin refuerza su idea de militancia agresiva en defensa de la fe, desde el pope que imparte religión en el instituto al que le acusa de fariseismo hasta la profesora de ciencias naturales que representa el demonio en las aulas, pasando por una madre a la que llama “adúltera” por haberse divorciado; todo lo que ve es un ejemplo de la debilidad del cristianismo para reafirmarse como modo de vida, una debilidad que resiente la fortaleza de un país frente a la pujanza del islam en Chechenia y otras repúblicas islámicas vecinas. Biblia y espada parecen convertirse en los únicos argumentos de Veniamin en su discurso diario plagado de afrentas, de amenazas, de tentaciones, de incomprensiones.

El título ruso de la película contiene el verdadero sentido de la representación, “uchenik” es estudiante, “muchenik” es mesías, y ambas palabras definen perfectamente al personaje de Veniamin. Es un estudiante que decide apartarse de los estudios seculares, altamente perniciosos para ser consecuente con su idea de la religión y su modo de vivirla, optando por aprender los textos bíblicos con la misma malsana memorización de quien acumula saber sin ser capaz de adaptarlo a la realidad del tiempo en que vive, y es un mesías porque, como si de un nuevo Jesús se tratara, intentará predicar su palabra en un entorno de naturaleza hostil, donde es despreciado, cierto, pero donde ningún compañero le acosa ni maltrata, y, al mismo tiempo, despierta los instintos sexuales de las compañeras que quieren demostrar su doble moral hipócrita haciéndole caer en la tentación carnal que tanto aparenta despreciar. En un sistema educativo de aparente tolerancia, aparente porque todo funciona más o menos con libertad mientras nadie critique el sistema, puede coexistir una loa al modelo económico stalinista con una clase de religión a cargo de un pope que organiza bautizos y procesiones en el gimnasio; pero ese sistema empieza a resquebrajarse y a dar muestras de debilidad cuando un alumno se enfrenta, desde su radicalismo religioso, a las mínimas reglas de convivencia y respeto mutuo, exigiendo ser respetado en su diferencia sin que él respete ninguna opinión contraria. A la desobediencia civil por la vía de la regresión intelectual, boicotear una clase sobre reproducción sexual o sobre la teoría de la evolución termina volviéndose contra la profesora que intenta desenmascarar al idóloatra en vez de contra el alumno rebelde.

La visión de M(uchenik) resulta compleja si queremos desentrañar una intención en su director, no la hay de generar empatía con el personaje del joven, notablemente repelente y creado a consciencia de esa manera para sentir un temprano rechazo hacia su pose enfermiza y de aparente ascetismo eremita. Tampoco podemos sentirla frente a un rebaño de seres que se abstienen de cualquier pensamiento abstracto, de cualquier compromiso, un rebaño que se compone de alumnos, pero también de profesores, donde no existe un compromiso hacia el racionalismo y la ciencia, porque el mismo personaje de la profesora “liberal” de ciencias naturales se presenta, a mi juicio de manera desacertada, como la antítesis progresista de la reacción de Veniamin, y de esta manera parece que se intenta convencer al espectador que ambos personajes son simétricos y equivalentes, lo que induce a concluir que tanta razón, o sinrazón, tienen el alumno como la profesora, cuando es la masa silenciosa y que va derivando hacia una insana aceptación de la diferencia del alumno, bien como espectáculo o como sinónimo de madurez, la que debería ser juzgada sin ninguna piedad en una deriva cómplice hacia el absurdo; en la que fanatismo o ciencia parecen merecer iguales dotes de castigo frente a la indiferencia, cuando no recelo, que provoca la combatividad de la profesora para advertir el peligro que supone, no sólo para él o su entorno, sino para la estabilidad del propio instituto y su profesorado.

Los actos integristas del alumno obtienen una progresiva aceptación, para los compañeros no deja de ser el outsider que proporciona momentos de distracción en medio de clases que no interesan, y que son una antesala necesaria para la ostentación del cuerpo (hay un abuso del erotismo a lo David Hamilton en un catálogo de jóvenes modelos masculinos y femeninos en un entorno donde la fealdad parece reservada al profesorado), para los profesores que quieren mantener el status quo, el nuevo mesías es un modo de reafirmarse en sus valores mostrándose permisivos con el diferente a costa de hacer la vida imposible a quien ha traído nuevos métodos de enseñanza y se enfrenta abiertamente con la dirección, porque la figura del estudiante no deja de ser un revulsivo para la contrarreforma de estructuras anquilosadas en un pasado de nostalgia imperial que se ven zaheridas por nuevos métodos que intentan inculcar racionalidad, espontaneidad y visión del mundo que les rodea a un grupo de jóvenes completamente desacomplejados en lo sexual y absolutamente faltos de compromiso en lo social. Cuanto más avanza la historia, más pequeña va haciéndose la figura de la profesora y más va creciendo la de ese alumno que, no recibiendo castigo alguno a sus constantes provocaciones, utiliza, de manera cada vez más audaz y agresiva, su discurso frente a aquellos a los que quiere eliminar

En la película de Serebrennikov hay un reconocible estilo «ruso» contemporáneo en la forma de tratar las imágenes, interiores asfixiantes y exteriores poco confortables, oscuridad interior de los personajes y exterior de los fotogramas, austeridad en la puesta en escena con cámara al hombro para seguir los paseos y adoctrinamiento de Veniamim a su discípulo, obviamente otro marginado, en este caso no por su desviación mental, sino por su discapacidad física que le excluye del grupo de los perfectos cuerpos adolescentes que se exhiben sin pudor en cualquier espacio público. De German Jr a Zvyagintsev, de Balagov a Bikov, hay un nihilismo y una deshumanización evidente en el cine, poco, que puede llegar a verse procedente de Rusia, y menos aún en las carteleras españolas, territorio acotado al cine de Zvyagintsev. El espectro de una sociedad sin rumbo, a medio camino entre las décadas de dirigismo ideológico y la lucha de los poderosos por ocupar el espacio abandonado por una doctrina que produce rechazo y atracción al mismo tiempo, genera individuos desmotivados, hiperviolentos, susceptibles a la demagogia y a la agitación de viejos fantasmas imperialistas para restaurar el orden que se concibe natural para la madre Rusia. Ese camino produce frustración, ira, violencia, vacío espiritual o anímico ante la ausencia de referentes creíbles en una sociedad fracturada entre ricos y pobres, donde hay un evidente caldo de cultivo para el radicalismo excluyente con el beneplácito de los rebaños silenciosos.

Ficha técnica


Título: The student. Año: 2016. Duración: 118 min. País: Rusia. Dirección: Kirill Serebrennikov Guion: Kirill Serebrennikov Reparto: Viktoriya Isakova, Yuliya Aug, Pyotr Skvortsov, Aleksandr Gorchilin, Aleksandra Revenko. Productora: Hype Film

Miguel Martín Maestro

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