Dos películas pensadas y diseñadas para atraer al gran público, estrenadas en España el año pasado, tienen suficiente calidad artística como para merecer ser comentadas, una es “Sinners” de Ryan Coogler, a la que habrá tiempo de volver, y la otra “The life of Chuck” de Mike Flanagan, director de películas bastante anodinas e insustanciales, que ahora consigue una película redonda, emocionante, vital, pero consciente de nuestra limitación. La vida de Charles Krantz, el Chuck del título, toma como punto de partida un relato de Stephen King. Ello lleva inevitablemente a pensar en el componente fantástico o de terror de la ficción imaginada por el escritor y, por derivación, del cineasta. Y aunque es inevitable reconocer que, cualquiera que sea la lectura que se haga de ella, en la película no puede olvidarse la dosis de sucesos irracionales que la acompañan, cabe una interpretación de lo visto como algo mucho más terrenal y doméstico, algo ligado al leitmotiv de la película, que no es otro que al hecho de vivir le acompaña un contrapunto que tratamos de obviar, el de la muerte. Puede leerse la nota de prensa de la distribuidora, mientras el mundo se desmorona Chuck recuerda episodios de su vida antes de morirse y cómo todos dejamos una huella en «nuestro universo». Es una interpretación sencilla de la historia, bastante provocada por la propia estructura de la película, que empieza por un golpe de efecto tremendo en su primer episodio del que resulta muy difícil abstraerse durante el resto de la proyección, pero como en “Rayuela” de Cortázar, propongo a los espectadores que no sigan la linealidad del relato y jueguen a mezclar escenas de las tres partes, incluso a buscar concordancias de las imágenes en cada una de las partes que, agitadas y remezcladas, permiten pensar que no estamos asistiendo más que a la mente de Chuck en sus últimos momentos, todo lo que vemos no es “real” sino fruto de ese cerebro enfermo y terminal del protagonista, que cuanto más cerca se encuentra del final más caótico e incomprensible resulta.




La película se estructura en tres capítulos, el primero es catastrófico y liminar, el mundo avanza hacia su autodestrucción porque el universo está desapareciendo, ya ha habido señales de colapso, pero el definitivo será la caída de internet y la imposibilidad de usar los teléfonos móviles. Suena a exageración pero no hace falta irse muy atrás, menos de un año un apagón de varias horas sumió al país en el caos. La dependencia tecnológica ya es de tal calado que su desaparición, aunque sea momentánea, se acerca al sinónimo del fín de los tiempos y afecta psicológicamente hasta la ansiedad a muchos usuarios. Y en este segmento de la película las cosas van desapareciendo poco a poco, la gente no puede desplazarse, los suministros no llegan, los teléfonos no sirven, los hospitales dejan de atender, y en ese fin anunciado, esperando el colapso del planeta un profesor siente la necesidad de reencontrarse con su exesposa para pasar juntos los últimos minutos de la humanidad, y sin embargo, ¿qué pintan por todas partes esos carteles agradeciendo a Chuck su existencia? Cuanto más cercano es el fin y más cercano el reencuentro de la pareja, más visible se hace la presencia fantasmal de ese Chuck al que nadie conoce; recordemos esas apariciones publicitarias para unirlas con el tercer episodio. El segundo capítulo es el del goce, en un breve pero intenso interludio, vemos a Chuck caminando por una zona comercial de un puerto deportivo; algo le llama la atención sumido en sus pensamientos, un ritmo, una joven toca una batería y ahí Chuck, majestuoso Tom Hiddelston, se marca el baile de la década. Trajeado, encorbatado, con sus zapatos de estilo inglés, parece que, por primera vez en su vida se deja llevar por el momento y disfruta de algo temporal, pero que queda grabado en su memoria a fuego, tanto que no duda de invitar a una extraña que sigue el ritmo a compartir el baile con él, (Karen Gillan), en una de las escenas más brillantes, vitales y emocionantes del año. Fin del baile, fin de la jornada y cada uno a su vida rutinaria con un recuerdo imprevisto para el futuro, recordemos esta escena porque tiene su espejo en el último episodio.



Y el tercer segmento es el de la conclusión y cierre, el que permite aventurar que el primero es una invención enferma de un Chuck terminal de un cáncer cerebral que ya le avisa en el segundo episodio, un Chuck que recuerda su vida marcada por la muerte, la de su familia siendo niño, la de su abuela cuando apenas es adolescente, la de su abuelo ya recién alcanzada la mayoría de edad… la muerte, esa realidad que todos encerramos en nuestra mente, pero que no queremos afrontar y que en la película se visualiza en ese cuarto del ático, un cuarto cerrado con cadena y candado, un espacio que hay que abrir lo justo porque condiciona nuestro futuro. Si supiéramos la fecha exacta y el cómo vamos a morir, ¿viviríamos igual?¿tomaríamos las mismas decisiones? ¿seríamos capaces de vivir? Esa conexión entre el primer y tercer capítulo aparecen en la casa familiar de Chuck que es la misma que la del profesor, en el sonido de los bip-bip del hospital con los que Chuck está oyendo mientras desfallece sedado, en la aparición de un notario aficionado a la astronomía que luego simplemente habla de astronomía caminando por la calle diciendo lo mismo que Chuck ha oido de niño contar a Carl Sagan en televisión, en ese “te quiero” interrumpido entre la pareja ficticia y la real esposa de Chuck al despedirse de él, en la existencia del mismo cuarto prohibido en la memoria de Chuck y en la vivienda del profesor…….La estructura da cierta complejidad a la película que, de esta manera abandona la tesis de “película de buenos sentimientos y autoayuda”, que no existe por ningún lado, para mostrar el lado sombrío y oscuro de nuestra existencia, su limitación temporal y los duros golpes que sufrimos con el paso de los años si sobrevivimos a los que queremos. Claro que hay una invitación a disfrutar del momento, a coleccionar recuerdos agradables que disminuyan el efecto negativo de los dolores anímicos, pero lo que Chuck nos recuerda, a golpe de músicas y familiares, es que la lucha está perdida desde el inicio, y que por muy acompañados que estemos, en el momento de morir estamos solos, como esa habitación prohibida donde se proyecta el futuro de cada uno y aparece el final sin ninguna posibilidad de compartirlo.
“La vida de Chuck” es una película que sorprende por su ambigüedad, estando pensada para cualquier espectador, es una película que no incide en sentimentalismos ni hace chantaje moral al espectador aunque es verdad que ¿quién es el narrador que nos cuenta la historia?, ¿es una voz divina y omnisciente que conoce todo de todos? no habría que descartar también una tesis religiosa en la película, pero mejor no seguir esa teoría por si se nos desmorona el relato, que avanza desde el terror sobrenatural a la línea blanca de una historia familiar acompañada por la muerte. ¿Qué es más aterrador, asistir a la desaparición progresiva de tu familia o saber que el mundo se acaba? No será, en el fondo, que da lo mismo lo que le pase al mundo porque éste acaba con nosotros, cuando morimos todo se apaga, llega la noche, dejas de sentir, y las estrellas colapsan, justo como sucede en el primer episodio de la película que, sinceramente, debería interpretarse como el colofón de la enfermedad de Chuck, el último aliento, el último pensamiento, el último resquicio de luz que no deja terminar ni la última frase pensada, porque la muerte llega siempre en un momento imprevisto, casi como los dos bailes de Chuck, imprevistos, felices, gozosos, inolvidables, porque, como nos recuerda la película “soy inmenso, contengo multitudes”.

Título Original: The Life of Chuck. Estados Unidos. 2024. Duración: 1h 50m. Dirección: Mike Flanagan. Guion: Mike Flanagan. Basado en la novela La sangre manda de Stephen King. Fotografía: Eben Bolter. Montaje: Mike Flanagan. Música: The Newton Brothers. Producción: Mike Flanagan, Trevor Macy. Elenco: Tom Hiddleston, Chiwetel Ejiofor, Benjamin Pajak, Mia Sara, Carl Lumbly, Karen Gillan, Jacob Tremblay, Mark Hamill.