La semana del asesino (Eloy de la Iglesia, 1971)

Durante los años setenta y comienzos de los ochenta, el cine de Eloy de la Iglesia fue tratado injustamente y casi nunca se le concedió el beneficio de la duda. Sus obras eran atacadas, vapuleadas, minusvaloradas por la crítica casi por sistema. No se supo ver más allá de la provocación, de la polémica, del morbo, del sensacionalismo que desprendían. Muy pocos cayeron en la cuenta de que estaban ante el autor de una obra coherente y abigarrada. Muy pocos lograron adentrarse más allá de la superficie de sus películas toscas, directas, punzantes, agresivas, efectistas, repletas de malos modos y carentes de concesiones, sin molestarse en descubrir que escondían un perceptivo y lacerante retrato hiperrealista de la sociedad española realizado con las entrañas (ese mismo retrato del que el cine español, desde finales del siglo XX, huye o fracasa cuando en contadísimas ocasiones intenta abordarlo de un modo calculado, cobarde e impostado).

De la Iglesia fue el mejor y más necesario enfant terrible de su época en España, personalísimo cineasta que hizo gala de una insolente, pionera y revolucionaria incorrección política nunca vista en una cinematografía hasta entonces asfixiada y coartada por los parámetros de una cruel dictadura que quebró sistemáticamente la libertad y la creatividad de muchos directores a lo largo de cuarenta años. Eloy pudo optar por el camino de la alegoría, de la metáfora, del rigor formal, del cine hecho con la razón, pero prefirió la nada despreciable senda del exceso, de la concienzuda estética feísta, del cine elaborado con las vísceras, para abordar como nadie sus temas favoritos: la homosexualidad, el fracaso del modelo familiar tradicional, la delincuencia juvenil y el universo de las drogas. Y lo más sorprendente es que sus obras se mantienen intactas, frescas: no han perdido un ápice de su rebeldía y de su descaro, motivo por el que merecen ser amadas, comprendidas y reivindicadas. Entre ellas, debe encontrarse forzosamente “La semana del asesino”.

Tras su paseo dominical, a Marcos y a su novia Paula se les hace tarde y cogen un taxi. Dentro del mismo, comienzan a besarse y abrazarse. Al darse cuenta, el taxista los obliga a bajarse del coche y los increpa. En mitad de la discusión, Marcos golpea al hombre con una piedra en la cabeza y lo mata. Este suceso fortuito lo empuja a una espiral violenta y asesina que se prolongará a lo largo de una semana.

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Si algo llama la atención de esta película, es la perfección con que Eloy de la Iglesia dibuja a su protagonista, ese trabajador de clase baja que tanto abundaba en la España franquista: un hombre de mediana edad, de escasa formación académica y poca capacidad expresiva que dedica su vida al trabajo en una fábrica de sopas, que malvive en una mísera y sucia chabola, llena de humedad y con el añejo y más preciso mobiliario, que sufre una terrible soledad y que, de vez en cuando, pasa el rato con su chica o con cualquier mujer que se le ponga por delante. Su vida tiene tan poco sentido como los crímenes que se ve obligado a cometer: no mata para prosperar económicamente y llevar una vida mejor como hicieron tantos ilustres asesinos del Séptimo Arte. No hay una intencionalidad en su matanza, sino más bien una especie de defensa primaria, de rebelión ante una sociedad clasista y represora, a la que sirve, que le explota y de la que no obtiene nada a cambio. Por todo ello, el nihilismo que desprende esta historia resulta impactante, atroz e incluso lógico. No hay un momento de la película en que este asesino nos repugne o que provoque nuestro rechazo: somos conscientes de la brutalidad de sus crímenes, los reprobamos, nos horrorizan, pero en el fondo -y ese es el gran logro de su director- comprendemos la locura de la que es víctima durante toda una semana.

Otro gran acierto reside en la sensación incómoda y desagradable que una obra tan física y sensorial como esta consigue transmitir al espectador que la ve. Nos angustia la mustia chabola donde perpetra unos asesinatos tan gratuitos. Nos inquieta el hecho de saber que tras la puerta de su dormitorio, Marcos esconde y acumula los cadáveres disponiéndolos en curiosas composiciones y que luego va descuartizando con su hacha por tandas. Casi sentimos el hedor de los cuerpos en descomposición. Nos molesta el insistente zumbido de una moscarda que no deja de revolotear por el cuarto y que nunca vemos… o los perros que no dejan de acechar el exterior de la casa. Nos desconciertan y desazonan los elementos sonoros tan tensos, filosos y cortantes de los que se sirve Eloy para horrorizarnos (el del hacha mismamente o el de la máquina trituradora).

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Puede que las situaciones que dan lugar a los asesinatos sean demasiado forzadas. Puede que se eche en falta una mejor resolución de algunas escenas… pero benditas sean las hermosas imperfecciones de “La semana del asesino” y la voluntad de Eloy a la hora de aportar con esta película una mirada nueva, provocativa, áspera, rompedora y desafiante, repleta de acidez y humor negro (ese Contamos contigo que figura en el maletín de trabajo donde transporta los trozos de sus cadáveres para triturarlos en la fábrica) así como de extraordinarios apuntes e inolvidables detalles (el relato sensacionalista de la muerte accidental de la madre de Marcos por parte de un compañero, el ascenso que el Jefe de Personal le comunica vendiéndole las bondades de la empresa como si lo estuviera haciendo con una enciclopedia, o la amistad -llena de tintes homosexuales- que le brinda su joven vecino Néstor, la única persona que, además de observarlo desde su particular ventana indiscreta, le ofrece compañía y comprensión).

A modo de conclusión, esta película masacrada por la censura (afortunadamente, no la llegó a desfigurar) no se parece a ninguna otra española estrenada en su año de producción: fue una apuesta original, de una sordidez extrema, una especie de thriller pasoliniano poco o nada frecuente hasta entonces en el cine español que sirvió a Eloy de la Iglesia para realizar con su personal estilo un retrato implacable de una cierta España profunda, paupérrima, poblada por clases proletarias y marginales de la periferia de las grandes ciudades, una España que no se parecía en absoluto a la que nos querían vender a raíz del desarrollismo de los años sesenta, a ese escaparate que mostraba al mundo lo mejor, lo que solo unos pocos privilegiados podían alcanzar o disfrutar, y escondía en la trastienda -como en el dormitorio de Marcos- la cruda y mísera realidad de un país subdesarrollado sometido a una dictadura.

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