François Truffaut: películas para preferir la vida

“Siempre he preferido el reflejo de la vida a la vida misma. Si he elegido los libros y el cine desde la edad de once o doce años, está claro que es porque prefiero ver la vida a través de los libros y del cine.”

¿Quién ve hoy en día las películas de François Truffaut?.

Quizás las vea el cinéfilo melancólico y resabiado con la vida que malinterpreta sus afamadas declaraciones. Hordas que se identifican con un director que jamás rehuyó la vida ni utilizó los libros o las películas para esconderse de ella, sino que ambos fueron, al igual que sus mujeres, su propia vida.

Quizás las vea el discípulo de Hitchcock y el afamado libro, tan recomendable para ayudar a un adolescente que empieza a ver películas a entender la grandeza y la especificidad del cine como medio de expresión. Tan peligroso si se entiende de forma bíblica, como de hecho sucede con cualquier otro libro canónico.

Quizás las vea el amante del cine francés o europeo en rebelión contra la cinematografía estadounidense, cuando pocos como Truffaut entendieron que los mejores americanos y los mejores europeos obedecieron a una sola patria llamada Cine que los aglutinaba gustosa a todos.

Truffaut es un olvidado en tiempos de redes sociales pendiente de aniversarios, tendrá que esperar hasta el 2019 con los 35 años de su muerte. Un Truffaut a caballo entre el rupturismo de la nouvelle vague y la imputación de academicismo de su última etapa. Falsamente enfrentado a Godard. Consumido por los tópicos, sin poder ser él.

Hace algunas semanas vi Diario íntimo de Adele H., el último de los 21 largometrajes que dirigió que me faltaba por ver. Ésta era de las “pérfidas” académicas pero yo detecté en su locura romántica mucho de lo que había visto en La sirena del Missisipí o Las dos inglesas y el amor.

Que me faltaba por ver, risa me da, de hecho los he ido viendo a lo largo de casi 30 años, con lo que muchos de ellos están en posición perfecta de ser descubiertos como si fuera la primera vez.

Además de esos 21 largometrajes tiene un par de cortometrajes que no me habían maravillado en su día pero que revisados me han parecido extraordinarios y la quintaesencia de su cine.

Dónde limitan crueldad y deseo

La leyenda cuenta que François Truffaut deslumbró a Cannes y al mundo con un relato autobiográfico llamado Los 400 golpes. Que el mundo descubrió a un director y a un movimiento con esta película sin duda extraordinaria.

No lo supe ver en su día con la suficiente intensidad pero ya todo estaba descubierto en tan solo 17 minutos. Les mistons es un relato evocador que comienza de forma imponente con un paseo en bicicleta de Bernadette Lafont al son de una música de Maurice Leroux.

Una voz en off ya explica de forma unívoca que la imposibilidad de nuestros “mocosos” de amar a Bernadette, por una cuestión de edad, fue la que los inclinó a torturarla a a ella y a sus amantes.

En un primer visionado puede dar la impresión engañosa de relato iniciático a estas alturas mil veces visto.  Nada más falso. Con la misma intensidad que en su celebérrima opera prima pero contando solo con 17 minutos, Truffaut impulsa con su voz en off ( es uno de los más grandes que han existido manejando tan controvertido recurso) una oda agridulce a la vida y al paso del tiempo, al violento descubrimiento de la belleza y el erotismo, con un ajuste del tono y una  presencia de la Naturaleza absolutamente pluscuamperfectos que debería enorgullecer a Jean Renoir, uno de sus maestros.

A mí no me parece una película inferior a Los 400 golpes en modo alguno, en qué habría de ser inferior. Aunque ya se sepa que la mítica privilegia a unos títulos sobre otros.

Juventudes musicales

Después de Jules et Jim, una película mítica en su filmografía que últimamente había sufrido una extraña depreciación, Truffaut se mete en una película de episodios, de las que eran muy típicas en los años 60 y dieron salida en su gran mayoría a los mejores trabajos en corto de las luminarias de la época. Fellini, Godard, Visconti y sobre todo Pasolini, que dio verdaderas lecciones de maestría en este formato, entregaron algunas de sus mejores obras, que no hubiesen sido comercializadas con idéntica fortuna si no fuera por estas películas recapituladoras.

El amor a los 20 años es un título insólito. Apenas encuentro rastro de ella y de sus diferentes segmentos salvo el de Truffaut, que constituye la segunda entre de las desventuras del protagonista de Los 400 golpes, Antoine Doinel, que gozaría de tres entregas más en los siguientes quince años.

Vemos un Doinel que ha crecido y ha ganado su anhelada independencia, que trabaja e una un fábrica de discos de pasta y asiste a las juventudes musicales, y cómo no está en edad de enamorarse.

Truffaut rueda el enamoramiento con el ritual y el fetichismo de un Alfred Hitchcock pero afortunadamente mezclado con la comedia, el realismo y la propia mirada sobre el torpe acecho amoroso del personaje principal.

También este segmento de Truffaut, llamado Antoine et Collette me parece una pieza con la sensibilidad y el acierto de sus mejores obras. Una pieza que deseas que no termine nunca, como no termina nunca el buceo en el universo de un creador cinematográfico inimitable que, como Bergman, Hawks, como Allen, como Dreyer, como John Ford, prefiriendo el cine nos hizo amar a todos mucho más la vida.

Sergio Sánchez

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