De golpistas, la Constitución y… la monarquía

Ruido de sables «oxidados»

No, la frase no es mía es de Enric Juliana. Pero viene a definir en tan breve trazo lo ocurrido hace unos días entre una parte de la vieja guardia de nuestros ejércitos que nunca aceptaron de buen grado la democracia, más allá de la mera cuestión jerárquica.

Sobre todo cuando el régimen anterior les permitió una serie de privilegios de difícil catadura. Más o menos, lo mismo que ha ocurrido y sigue ocurriendo en aquellos países donde la democracia brilla por su ausencia.

Tal es el caso hoy de regímenes tan extravagantes como los de Irán, Corea del Norte o Arabia Saudí, pseudodemocracias como Bielorrusia, Marruecos o la tan manida Venezuela, cuando no anomalías democráticas como puedan serlo Polonia o Hungría en el mismo seno de la Unión Europea. O la misma China, aunque se nos olvide muchas veces.

Los que hicimos la Mili, el Servicio Militar Obligatorio, allá por la Transición, sabemos muy bien de qué iba esa gente. Había excepciones como la de Félix Sanz Roldán, hasta hace poco jefe de los espías, que fue mi capitán por aquel entonces y que ya se le veía de otra hechura. Siempre correcto, sin una voz más alta que otra, que se daba cuenta que entre los cometidos del ejército de España no podía seguir estando el de controlar a los españoles.

Pero otros muchos, independientemente de su escala pero de ordeno y mando sin mejor criterio, seguían y siguieron viviendo en el pasado presa tanto de su franquismo instintivo como de la nostalgia de su inmunidad y sus gracias.

Para colmo y como ha ocurrido a lo largo de la historia es fácil para el que la repudia acudir a la democracia poniéndola por testigo e incluso hasta arrogarse la misma, para renegar de esta una vez logrado el objetivo. Nada más hay que ver a uno de los firmantes del manifiesto de marras condenado por la intentona golpista del 23F.

O, si nos queremos retrotraer más en el tiempo, tal como ocurriera en la Alemania de los años 30 del siglo pasado cuando los nazis del NSDAP se valieron de la democracia en unas circunstancias que puestos a descontextualizar podrían tener ciertas similitudes con la cadena de sucesos actual desde hace más de una década. Ya sabemos lo que ocurrió después con semejantes delirios.

El que el actual gobierno no le guste a muchos y sea criticado como lo es cuando toca desde esta misma tribuna, es una virtud de la realidad democrática de este país.

Pero de ahí a declararlo ilegítimo, no sólo ya desde tan amenazantes panfletos en los que se llega a afirmar la necesidad de ejecutar a 26 millones de españoles, si no con ese continuo machaqueo desde la derecha política y mediática, lo único que hace es azuzar un fuego que debería tenerse por desaparecido en la España del SXXI.

Por eso resulta harto preocupante que desde esas mismas tribunas, lo que debería haber pasado como una triste anécdota de viejas glorias del pasado, de alguna manera, se justifiquen semejante soflamas sin condenarlas de una manera absolutamente decidida y contundente.

Se diría que incluso ha tenido que hacerlo a regañadientes el líder del principal partido de la oposición tras pasar varios días de que salieran a la luz tales arengas.

De dimes y diretes

Es cierto que muchas de las propuestas del actual gobierno son contrarias al modelo neoliberal dominante hasta ahora, el mismo que ha sacudido la economía española y europea las últimas décadas.

Pero no lo es menos que ese cambio de rumbo encaja y así ha validado los PGE la Comisión Europea con las recientes manifestaciones sin tapujos de personajes tan poco sospechosos como Ángela Merkel, la presidenta de la Comisión Ursula von der Leyen o la propia Christine Lagarde en el BCE.

Más aun Kristalina Georgieva, la actual directora del FMI, viene advirtiendo reiteradamente de la necesidad de un giro copernicano en las políticas aplicadas los últimos años, dejando de un lado las políticas de austeridad en favor de políticas claramente expansionistas, lo que podría considerarse casi un gesto de lo más libertario en los feudos neoliberales.

Como debe ocurrir por estos lares ya que no parece haber hecho mella en el liberalismo español y así se refleja en las declaraciones de sus fieles del arco parlamentario que siguen resistiéndose a cualquier atisbo de cambio en el modelo económico, inmersos en sus repetidas propuestas de bajadas de impuestos, austeridad, del turismo y una vez más vuelta al ladrillo.

Se diría que a los conservadores españoles, en esto como en otras tantas cosas, les gusta nadar contracorriente y son incapaces de despojarse de los lastres que han marcado la historia reciente de nuestro país.

O es otro gesto de la denostada clase política española en general de oponerse por sistema a lo que diga su oponente sin más. Porque, que de dichos presupuestos lo que más haya trascendido sea quienes los han apoyado y no las entrañas de los mismos da una idea de la baja calidad de nuestros próceres.

Otros más que no quieren que se vayan

Se olvidan Ciudadanos y, sobre todo, PP y Vox -este último por su ascendencia popular-, así como la vieja guardia del PSOE y sus renovados acólitos, que fueron Felipe González y José M. Aznar, cuando ETA no dejaba de golpear, los que más presos han trasladado al País Vasco, casi un millar. Mientras que en tiempos de paz, hasta el día de hoy, Rajoy y Sánchez apenas si lo han hecho con poco más de un centenar de ellos.

Y a pesar de eso desde el Partido Popular señalan a EH Bildu como simpatizante de terroristas en Madrid, mientras en el País Vasco llegan a acuerdos con los mismos por «pura normalidad democrática». Del mismo modo que ha votado con estos en Madrid hace solo unos días en las enmiendas a los presupuestos.

Una u otra cosa pudiera ser pero ambas a la vez resulta más que cuestionable o más bien quizá oportunismo político.

A este país parece que le cuesta demasiado pasar página. Incapaz de dar carpetazo a periodos tan oscuros de la reciente historia española como siempre lo son una dictadura o los crímenes de una banda terrorista.

Incluso se diría que en estos convulsos tiempos de pandemia que corren a algunos no les haría ascuas regresar a tiempos pretéritos de censura, represión y tiros en la nuca. Pero esos tiempos, a pesar de ellos, pasaron definitivamente.

Y dale con la Constitución

Por su parte no estaría de más que tratándose de una cuestión de jerarquía, como ocurriera en su día, fuera el propio rey el que saliera al paso de tantos empecinados manifiestos y quedara bien claro que España es una democracia que no va a volver atrás en su enunciado y, de paso, recordara que el actual gobierno de la nación está absolutamente legitimado por la Constitución.

Una Constitución que, como hemos repetido en numerosas ocasiones, a muchos les sirve para llenarse la boca pero que, en general, todo quisqui se salta a la torera continuamente.

Por no decir negando la mayor e impidiendo cualquier reforma de la misma, aun fuera dictada en un contexto histórico absolutamente diferente del actual y no la hayan votado más del 60 % de los españoles que forman hoy el censo electoral.

Podría decirse que la Constitución Española ni se mira ni se toca. Con respecto a sus homólogas europeas es la menos reformada desde su aprobación. Solo lo ha sido en dos ocasiones, la primera en 1992 para adecuarla a nuestra entrada en la UE y la última en 2011 con la controvertida reforma de su artículo 135 que prioriza la estabilidad presupuestaria sobre las necesidades de los ciudadanos. Neoliberalismo en estado puro.

Este último en tiempos de José Luis Rodríguez Zapatero como presidente del gobierno. Al que hoy llaman amigo de Venezuela. Ay qué ver las cosas que depara la vida.

Por citar solo algunos ejemplos en el otro extremo Austria ha modificado su Carta Magna, desde 1930, en más de 100 ocasiones. Alemania, lo ha hecho, desde 1949 más de 60 veces y, por quedarnos más cerca, Portugal desde 1976, ha revisado su Constitución en 7 ocasiones.

Sin embargo, está claro que dado el estado de crispación reaccionaria alentado desde la derecha y en general tal grado de improperios e impertinencias, también desde el propio gobierno, no es el momento más adecuado para ello. Menos aún en tiempos de pandemia.

Pero es algo que, más temprano que tarde, debería considerarse de lo más normal para adecuar la ley más fundamental a la realidad de los tiempos y al juicio de los ciudadanos.

En España, por el contrario, la falta de valentía de unos y el exceso de conservadurismo de otros, por cierto los mismos que la aprobaron a regañadientes en su día, hacen extraordinariamente difícil esa adaptación a las necesidades del país.

A pesar incluso del altísimo grado de incumplimiento en cuanto a derechos y deberes reconocidos por la misma como decíamos antes.

Desde los principios de igualdad en un país donde cada vez aumentan más los desequilibrios, hasta el inalienable derecho a la vivienda. Pasando por la perpetuada vulneración de aspectos tan reconocidos como el de un sistema tributario progresivo, del deber de trabajar eficazmente o el derecho a un salario justo y suficiente.

Del gobierno, la oposición, el ruido y las nueces

Visto lo visto, tras la moción de censura que le dio el gobierno a Pedro Sánchez, era presumible que una avalancha de descréditos arreciara desde un espectro tan numeroso y profundamente conservador como el del escenario político español.

Evidentemente no de la misma manera que se destrozó a Syriza y, de paso, al país heleno por mucho que con el tiempo acabarán recibiendo las disculpas de la propia Comisión Europea.

Pero sí en la misma línea que se vapuleo a Corbyn, al frente de los laboristas británicos, hasta que no pudo soportar la presión desde las filas más reaccionarias de su propio partido lo que le repercutiría tan negativamente en las urnas. Del fenómeno Melenchon en Francia, no parece de momento que quede mucho por descubrir.

Solo al gobierno socialista de Antonio Costa en la vecina Portugal, se le ha permitido cierto crédito quizá por su bajo perfil y una vez comprobados los desastrosos resultados de las políticas de austeridad impulsadas desde las sedes de las instituciones europeas tras el paso del tiempo.

Ni España se va a romper, porque entre otras cosas el pueblo catalán no está tan por la labor como manifiestan los más entusiastas de la cuestión, tal como indican las encuestas, ni ETA va a retomar la lucha armada.

Lo primero porque el ruido desatado los últimos años entorno a la cuestión catalana no es más que la consecuencia del interesado despertar de la bestia nacionalista para desviar la atención del austericidio declarado por la antigua Convergencia en los momentos más álgidos de la crisis económica.

El «España nos roba» resulta tan estimulante en momentos de precariedad como el «Europa nos roba», otra falsedad que acabo conduciendo al Brexit. A Convergencia le vino bien, tanto como al gobierno de Rajoy en su mismo contexto a la hora de explotar el nacionalismo más incluyente.

Lástima que ni uno ni otro midieran las consecuencias de avivar semejante monstruo. Del que las porras de la policía, las calles en llamas y el tristemente famoso «a por ellos» han dado buena cuenta.

De las Vascongadas a Euskal Herria o al revés

EH Bildu es una coalición de partidos integrada por Eusko Alkartasuna, Alternatiba y Sortu. El primero de una escisión del PNV y la segunda del PCE vasco, que se han opuesto siempre a la violencia.

Sortu, sin embargo, resulta la heredera de la antigua Batasuna y si bien es cierto que su proceso de legalización resultó bastante enrevesado y que nunca ha condenado expresamente los crímenes de ETA, a la vista de sus actos no puede decirse ni de lejos que sus intenciones al día de hoy pasen por retomar la violencia como un medio para lograr sus objetivos.

En cualquier caso no estaría de más que, de una vez por todas, si realmente quieren que los fantasmas de ETA desaparezcan para siempre, evitaran homenajes y demás consideraciones con aquellos que, en democracia, pudieron defender sus ideas desde una tribuna y no disparando a otros por la espalda.

Sin olvidar que ya algunas víctimas de la violencia terrorista manifiestan su hartazgo y sus deseos de dejar de ser utilizadas caprichosamente por meros intereses partidistas tanto en los medios de comunicación como en las instituciones.

En su caso, tampoco el Partido Popular se ha prestado nunca a reprobar de forma clara la dictadura franquista y nadie pone en duda su carácter democrático por ello, a pesar de la verborrea exhibida en ocasiones por algunos de sus portavoces.

Dicha ambigüedad le ha acabado perjudicando al cabo de los años por no haberse sacudido nunca semejante epitafio. Sobre todo tras la irrupción en escena de un partido como Vox por su derecha que ha recogido las esencias de una parte de la opinión pública desencantada con todo y la nostalgia de otro régimen y otra época que el PP se empeñó en mantener viva sin sentido alguno y ahora le pasa factura en las urnas.

Por eso resulta como poco sorprendente que desde la bancada conservadora se acuse tan reiteradamente a este gobierno de autoritario y dictador, incriminándolo con todo tipo de improperios con absoluta libertad, mientras, todavía no han sido capaces de condenar de forma explícita el régimen anterior.

Un régimen que, a buen seguro, a muchos como al que suscribe esta columna periódica hace tiempo hubiera dado por exiliado, condenado, encarcelado o simplemente desaparecido.

Otra vez del gobierno y el arte de no hacer amigos

Por otra parte no se puede negar que el actual gobierno de la nación, a pesar de remar en la buena dirección –dejando al margen cuestiones de pandemia donde ha pecado de la misma prepotencia que el resto de países occidentales-, no es que sea precisamente un alarde ganando amigos.

No es menos cierto que si bien en Europa se dan casos como el de Dinamarca, una democracia de largo bagaje en la que en los 100 últimos años sus sucesivos gobiernos han sido fruto de una coalición entre varios partidos, en España dicha experiencia es la primera de una democracia aún en estado adolescente.

Pero ello no debería ser óbice para que además de los lógicos encontronazos entre los integrantes del gobierno, diera la sensación que desde su interior se le da más importancia a la fuerza del relato de forma partidista que a una mejor interacción con el electorado y con el resto de formaciones políticas.

Aun en este último caso a pesar de la despiadada oposición de un partido de estado como el PP que desde el primer día de la legislatura ha puesto tierra de por medio y que al contrario que en el resto de Europa ha intentado valerse de la pandemia para socavar el gobierno de la nación, en busca de esa otra coalición PP/PSOE tan deseada desde la caverna mediática para que nada cambie y todo siga igual.

La democracia -la historia como veíamos antes sienta dramáticos antecedentes en este sentido-, no está obligada siempre a poner la otra mejilla pero no puede permitirse caer en la impudicia y convertir el Parlamento de la nación, más allá de un diálogo de sordos, en una continua refriega barriobajera en la que el gobierno se preste a entrar al trapo.

Que Pedro Sánchez es capaz de vender su alma al diablo para mantenerse en la cresta de la ola, a nadie le cabe la menor duda. Del mismo modo que resulta evidente que en el gobierno la disputa entre sus dos almas, Unidas Podemos y la mitad de los ministros del PSOE de un lado y del otro la otra mitad restante encabezada por el propio Sánchez, se encuentra en un permanente estado de ebullición entre socialdemócratas y liberales.

Algo que, sin embargo, si se sabe aprovechar debidamente puede hasta resultar beneficioso para el devenir de la propia coalición.

Pero de ahí a seguir alentando falsedades como que este gobierno es ilegal, que ha dinamitado la democracia o que está al servicio de terroristas y traidores solo puede servir para alentar a la muchedumbre por unos derroteros incendiarios que ni son acordes a la realidad, ni conducen a ninguna parte y postergan un necesario cambio del modelo social, económico y productivo.

Qué pasó con la monarquía

Para terminar, poco que decir de una monarquía que está propiciando por sí sola y de manera tan sorprendente un cambio en el modelo de estado. Porque, a fuerza de ser sincero, no hay nadie que le esté haciendo mayor daño a la monarquía que ella misma.

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