Aquelarre

Cuando esta puñetera pandemia se acabó consumando en todo el planeta como la mayor catástrofe de nuestro tiempo algunos creyeron ingenuamente que la estupidez humana quedaría aparcada, al menos, el tiempo que durara esta.

Ya vimos de principio que eso en España iba a ser difícil y así lo ha acabado siendo sin que quepa aquello de «mal de muchos…», por muchos otros que a lo largo de la geografía planetaria hayan pecado del mismo modo.

La realidad es que ha transcurrido un año del alumbramiento de la pandemia y la cosa va cada vez peor mientras los representantes públicos siguen mirándose el ombligo. Ni siquiera para dar rienda suelta a las tan deseadas vacunas son capaces de cumplir en la forma debida.

La cosa va para rato y da para mucho que hablar, sobre todo por el cinismo de quienes dicen representarnos. Tanto es así que parecen haber perdido el norte, envueltos entre dimes y diretes, más preocupados por la fuerza del relato que de los hechos y pensando siempre en el rédito electoral a cualquier precio.

La política, se diría, ya no es cosa de políticos sino de una piara de advenedizos asesores de imagen sin escrúpulos que pueden despachar a todo un ministro de sanidad en medio de una pandemia como reclamo electoral o poner a dar paladas en la nieve, delante de un centro de salud cualquiera, al líder de la oposición.

Más carnaza todavía para los que en los límites del sistema, cuando no más allá de la mismísima democracia, rabiosos de inusitado patrioterismo, lanzan soflamas envenenadas y mensajes simplistas a problemas altamente complejos.

Cuando no conspiraciones a tutiplén a las que se añaden negacionistas, anti vacunas y demás tribus.

Que se lo digan a Joe Biden, Kamala Harris y sus amigos del establishment que tienen más que difícil a estas alturas del metraje poner coto a tanto desasosiego.

Lo peor es que si bien la pandemia ha saltado todas las alarmas, la cosa viene de lejos. No se puede practicar tanta mezquindad durante tantos años sin que ello acabe pasando factura entre los ciudadanos.

Andábamos a la espera de la llegada de un prometedor 2021 pero no podía haber entrado peor por estos lares, con el bicho desbocado, el gobierno a por uvas, las CC.AA. cada una por su lado y el principal aspirante de la oposición en un continuo brete y atenazado por sus lastres del pasado.

Menos mal que siempre nos quedará una Díaz Ayuso que será la única que muy a pesar nuestro haya arrojado sinceridad en extremo. Quizá suene a locura pero la buena mujer no ha dejado nunca de repetirse una y otra vez para recordarnos que la economía es lo primero, que eso de prevenir será cosa de otros y si alguien cae enfermo que se vaya a su nuevo hospital que para eso se ha hecho.

Así, con bondades como esta en boca de quienes gobiernan, cada vez recuerdo más a un buen amigo que desde que comenzara esto de la pandemia, las advertencias sobre otras futuras y el cambio climático de por medio no deja de asegurarme que estamos en los prolegómenos del fin de los tiempos.

Hasta ahora tamaño envite solo me había provocado alguna ligera sonrisa pero visto los derroteros que ha tomado la pandemia este 2021, después de ver a un tipo con cuernos en la tribuna del Capitolio, la borrasca Filomena y otros desastres de por medio, uno que es de Blade Runner, empieza a tener sus dudas y a sospechar si la distopía no acabará siendo algo más que un mal sueño.

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