I
Pensé que era una piedra, hasta que los contornos desordenados de sus plumas me sacaron del error. Asumí que era un gorrión pequeño con carita como malgeniada. Quizás se había caído de un árbol durante sus primeros torpes intentos de vuelo. Se movía dando saltitos que alternaba con una quietud absoluta. De piedra. Buscando en internet descubrí su nombre: era un volantón. En Bolivia, a las cometas se les llama volantines. Y esa similitud me hizo sonreír, aunque luego recordé que nunca fui muy buena haciéndolos volar. Ojalá no fuera un presagio. Llamé a F. para que me ayudara a hacer algo porque yo estaba con los bebés. Buscamos en internet para saber qué era lo correcto y para averiguar a qué teléfonos llamar. Nadie nos cogió. Una mujer que pasaba por allí nos dijo que nadie haría nada porque no era una especie protegida. De esos hay muchos, dijo, me lo ha dicho mi amiga ecologista, sentenció.

II
No me gusta la palabra mascota. Prefiero decir familia. Así de incomprensible y de provocador como quizás suene para algunos. En mi caso, es una palabra absolutamente certera, porque fueron Grumo y Grisini, mis gatos compañeros, quienes resignificaron por completo lo que una familia podía significar. Familia multiespecie, familia animal, familia felina. Curiosamente, a falta de otro término, he acabado usando uno que siempre me incomodó. Me sigue pareciendo increíble que al enterarse de la muerte de un animal que se ama, con el que se comparte la vida con una cercanía muchas veces mayor a la que se tiene con cualquier ser humano, muchas personas ni siquiera den el pésame, que no digan ni una sola palabra de aliento, aunque sea una formalidad. Sin duda sí lo harían de haber muerto un miembro de una familia humana, aunque con este último quizás no se comparta ninguna cotidianidad y no se tenga un vínculo estrecho. El duelo por los animales de nuestra vida es incomprendido, invisibilizado y juzgado. Todo junto.

III
Pasados unos minutos, descendió un mirlo gris y yo temí que fuera a atacar al volantón. Tuve el impulso de taparme los ojos. Sin embargo, empezó a alimentarlo por el pico. Seguramente era su madre. Así descubrí que en realidad no era un gorrión. El tiempo pasaba y era evidente que el mirlo pequeño no iba a volar. Temimos que lo cogiera un perro o que lo atropellara una bicicleta o una moto. Lo pusimos en lo más parecido que encontramos a un arbusto en el pasaje en el que estábamos, como aconsejan todas las páginas que consultamos. Mientras, la madre nos observaba desde un árbol. Me fui y volví después de un rato. El mirlo se había desplazado hasta una pared donde caían gotas de un aire acondicionado. No vi a la madre. Durante un breve instante, pensé en llevármelo. Pero me pareció cruel quitárselo. La típica buena acción humana que interfiere y acaba haciendo daño.
Al día siguiente del encuentro con el volantón, volví a pasar por el mismo sitio. En un primer momento no lo vi, así que pensé que seguramente había conseguido volar. Fui observando todos los alcorques del pasaje y en unos de ellos lo vi. Estaba tendido en la tierra, muerto. Sentí tristeza y culpa, aunque habíamos seguido todas las instrucciones que encontramos. Su pequeño cuerpo estaba cubierto de un manto negro en movimiento. Me sorprendió la rapidez con la que la materia que era había pasado de pequeño pájaro a territorio ideal para el despliegue de hormigas. Frenéticas, lo recorrían entero. Era como si por las venas, los huesos y las plumas del pequeño pajarito circulara un flujo nuevo hecho de cuerpecillos organizados. En esas horas en las que yo me había ausentado, la vida, implacable, había seguido su curso. Mi tristeza parecía anacrónica, anclada en la memoria de un volantón que ya no era. Dejé una florcita amarilla sobre su cuerpo. Un contraste con el color de las miles de hormigas que lo habían transformado en territorio alimenticio.
¿No es la memoria siempre anacrónica? ¿No lo es acaso todo duelo? Y ese desfase con el paso del tiempo, ¿no es acaso una forma de compromiso?, ¿una muestra de amor?

IV
Digo mi familia animal porque, de momento, no dispongo de otra palabra. Cuando me crucé con el volantón, Grisini, mi amado gato compañero, había muerto tan solo dos semanas atrás. Después del escalofrío que sentí al ver al pajarito tendido en el alcorque, me quedé pensando en lo que implica contemplar un cuerpo muerto: esa materia que sigue presente aun cuando la vida que albergaba ya no está. Ese cuerpo es la señal de lo irreversible y al mismo tiempo es una forma misteriosa de pervivencia, incluso cuando se transforma en otra cosa, en alimento para los insectos o en ceniza dentro de una cajita de madera colocada en una estantería de libros.
Los animales no son equivalentes a los humanos pero tampoco son su opuesto. No son lo mismo ni su radicalmente otro. Son algo más y el vínculo que nos ata a ellos es indisociable de lo que somos, aunque muchos vivan de espaldas a él. Pienso en las muertes animales, insignificantes para la indiferencia humana, a pesar de que en ellas nos confrontamos con nuestro destino común: convertirnos en materia inerte, posible alimento o paisaje para otros cuerpos, para otras vidas. Cada vez estoy más convencida de la importancia que tiene hacerle lugar en nuestra memoria a las muertes animales que presenciamos. Una especie de compromiso ético que alcanza a otras formas de vida. Se me ocurren pocos espacios más adecuados para albergar la memoria de los animales que nos atraviesan, ya sea en un encuentro casual o en una convivencia cotidiana y familiar, que la escritura.

V
Se escribe para los animales que mueren, dice Deleuze. Y pienso en la escritura como una suerte de hormigas-luciérnagas que iluminan el cuerpo del animal recién muerto, convirtiéndolo en algo más que memoria, en algo más que ausencia, en algo más que tristeza. La escritura como el mecanismo para revelar que, en realidad, también somos todos los animales con los que hemos compartido de formas diversas la vida: materia atravesada por materia, cuerpos que se encuentran con otros cuerpos en el proceso de transformarse en otros paisajes, en otras presencias, en otras vidas.
Antes de encontrarme con el volantón, el pasaje en el que todo sucedió era un camino anónimo, un lugar cotidiano del barrio. Ahora siempre que paso por ahí, lo recuerdo y pienso también en si su madre seguirá por allí o si quizás, al igual que hacen algunos tipos de elefante cuando entierran a sus crías, ya no volvió nunca a pasar por el mismo sitio. Sabemos tan poco de los duelos animales y, al mismo tiempo, no somos capaces de hacer un duelo por los animales cuyas muertes presenciamos.

VI
Con el final del verano, la trayectoria del sol ha empezado a cambiar, así que las zonas del salón que se iluminan por las mañanas están variando poco a poco. El otro día me sorprendí observando con tristeza un haz que entraba por la ventana. Ante la ausencia del gato de la casa, que sabía a la perfección donde posicionarse para disfrutar el mayor tiempo posible de luz, me pareció un sol huérfano, desgatado. Y sin embargo, me fue imposible no sentir que Grisini estaba presente en la forma en la que el salón se iluminaba, como si con sus patitas hubiera dibujado en el suelo un mapa invisible que es el que cada mañana de otoño y de invierno obediente seguirá el sol.
Todos los días paso por el que ahora he rebautizado como el pasaje del volantón. Muchas veces creo verlo, pero en general se trata de trozos de palmeras, fragmentos de troncos o, incluso, cacas de perro. En esta observación confundida y miope se revela que en mí el pequeño mirlo sigue existiendo y que, de alguna forma, eso ha logrado que ya todo sea un poco volantón, también las piedras. De igual manera, me inclino a pensar que el sol que entra en el salón es también un poco un gato gris que ya no sufre por la enfermedad y que ronronea más allá de la muerte.