
La vertiente lateral del río se desliza hacia el mar y cubre el socavón del valle que ha ido hundiendo las aldeas históricas en una suerte de pantano terrestre. Escondidas bajo el artificio del desarrollo y la obra pública las antiguas casas siguen levemente habitadas por seres que se resisten a la modernidad de la autovía, al turismo y a los grandes centros comerciales. Como en Perlora, esa cooperativa de vacaciones al pie del mar en Asturias, que ahora es simplemente una huella tridimensional, una atracción para amantes del terror. Algo un poco más onírico que el resto de lugares que habitamos con normalidad, solo que un poco menos real.
Hace meses que dejé de ir a la playa, demasiado tráfico, demasiada gente esperando su turno para poder disponer del espacio que cada mañana el ayuntamiento asigna a los que vacacionan ininterrumpidamente y a los que vamos a pasar el día. Siempre me usurpan un poco de mi pequeña parcela, lo suficiente para no poder disfrutar con holgura y placer del sonido de las olas, de la brisa del atardecer, del efecto antiinflamatorio que las piedras calientes producen en el cuerpo. Las familias lo ocupan todo, se saltan las restricciones que marcan las cintas demarcadoras, mueven las cuadrículas, se aprovechan de las que como yo vamos solas al mar. Así que he decidido quedarme en la ciudad a expensas de los vaivenes climáticos, de los ruidos que, de repente y sin razón, lo inundan todo. De este viento que ruge como el fin del mundo y que marca el ritmo constante de los días aquí abajo. Los vecinos dicen que se aproxima una desgracia, un huracán, una lluvia ácida, un desplome térmico. Yo les digo que no sean ingenuos, que todo eso ya ha sucedido. Como en Perlora entonces, cuando no nos quedó ya más remedio y tuvimos que irnos a regañadientes porque solo estábamos nosotras y empezaba a ser peligroso por las alimañas y los deslizamientos del terreno y la amenaza de un mar descontrolado.
Aquí, sin embargo, mi rutina es ejemplar y la he ido perfeccionando a lo largo de los años, aunque, de vez en cuando, me permito algunas licencias. Disfruto de la silueta de las montañas y el gris plomizo de la sierra, las diferentes alturas y el verde tímido cuando el sol está en el ángulo adecuado. Así que cuando ya no lo soporto más, conduzco hacia el oeste porque me siento protegida dentro del coche y me relaja. Pero ese día no controlé bien el depósito de gasoil, no me di cuenta de que se había encendido la reserva, cuando fui consciente de la situación, la tarde había dado un giro dramático, sin ninguna gasolinera en menos de cincuenta kilómetros y el coche se paró.
En el túnel había una fuente, un antiguo cartel con un mapa y líneas de colores que indicaban los distintos senderos por los que se podían transitar. Me quedé allí parada y me cayó la noche. La fuente lanzaba agua a trompicones y era hipnótico sentir su ritmo, como en los sueños cuando el tiempo se dilata y luego se acelera y pasas de una escena a otra sin ninguna coherencia aparente. Aquel chorro de agua parecía actuar de esa manera.
Me metí en el coche, mandé algunos mensajes sin mucha esperanza. Llamé al seguro. Nadie respondió.
Pensé que la suerte me había conducido a un final de lo más absurdo: al costado de esa fuente, en la boca de aquel túnel, con la noche echada encima y arropada por un valle cóncavo y movedizo.
Y entonces aparecieron. Con un coche bastante más antiguo que el mío. Sonrientes, arreglados como cuando se podía ir a cenar fuera y con dos garrafas vacías, que la danza del agua les fue llenando tranquilamente. Bajé y les informé sobre mi situación. Ella me miró con suspicacia, él parecía encantado. Yo miré hacia su coche.
Después, desde el asiento trasero las sombras se hacían cada vez más perceptibles, la cuesta, la carretera, la ausencia de carteles. Una conversación desfasada. Y La complicidad de un valle que cada vez se parecía más a la noche oscura de una ciudad de vacaciones deshabitada, machacada por el tiempo y herida de naturaleza: como en Perlora.
Aparcamos en lo oscuro. Ya había allí otras personas. Entre los surtidores alguien encontró un embudo, otra persona sabía cómo reventar el sistema de seguridad del depósito y pudieron llenarse varias garrafas. Todos hablaban como si supieran, como si pudiéramos abandonar la escena. Un ratoncito, una lagartija. Volvimos a la fuente. Recuerdo quizá cerrar los ojos, soñar con agua y gasolina.
No sé cómo llegué a casa ni cuántas horas habían pasado. Ya estaba allí. Aparqué en la calle y subí hasta el quinto piso por las escaleras. Cené. Al día siguiente recibí un mensaje: “Nos encantó conocerte, seguro que llegaste bien. Aquí te esperaremos, siempre. No olvides sacar la otra garrafa del maletero.”
Y entonces recordé. Abrí la puerta de casa y bajé por las escaleras pegada a la pared, siguiendo el contorno de las grietas con la punta de los dedos. Salí a la calle, subí al coche, me adentré en el camino que conduce al río, anticipándome a ese sonido del agua que me sumerge en los tiempos paralelos.