Ensayo sobre FECHNER, Gustav Theodor: Nanna o el alma de las plantas. Atalanta, Girona, 2024.

Una de las imágenes más recurrentes de lo siniestro, de lo Unheimlich incluso en el sentido que le diese un médico vienés que no es del todo ajeno a lo que se trata en estas páginas, se debe al arte del ventrílocuo, es decir, al de alguien que habla por dos lugares o dos maneras, de tal manera que su voz parece emitida por él mismo, y en una suerte de diálogo inquietante, lo hace además a través de un muñeco inanimado. El ensayo de 1919 de Freud, Lo siniestro, aborda la especial característica de una palabra, Unheimlich, que parece significar, al mismo tiempo, una cosa y la contraria. Ese tipo de polisemia que, técnicamente, se denomina enantiosemia, esto es, cuando una palabra es autoantónima, significa lo contrario de sí misma, desde dos voces. Puesto que lo Unheimlich es lo más propio o cercano, lo íntimo incluso, y a la vez lo más extraño, ajeno y alejado. Tampoco es casualidad que Freud obtenga sus impresiones sobre esta rareza inquietante del genio romántico del músico y escritor Ernst Theodor Amadeus Hoffmann, él mismo fascinado con los muñecos inanimados que cobran vida.[1]FREUD, Sigmund: Lo siniestro, en Obras Completas. Tomo VII. Biblioteca Nueva, Madrid, 1974, pp. 2483- 2505.
Lo que vamos a intentar mostrar, tomando como pretexto esta exquisita edición de Nanna o el alma de las plantas en una editorial de suyo exquisita, es que Gustav Theodor Fechner siempre reflexiona desde dos partes, con dos voces, un poco como la ventriloquía misma, que puede decirse con diptongo (como arte o técnica) o sin diptongo, ventriloquia, como una capacidad por así decir natural. En este sentido, y ya desde el mismo prefacio, que está muy fechado el 24 de agosto de 1848, y por lo tanto connotado desde esa fecha, que es la del año de las revoluciones: “Admito haber albergado ciertas dudas a la hora de tratar el tema que abordaré a continuación, en apariencia fantasioso y situado en el ámbito más apacible de la naturaleza, en un momento en el que el gran impulso y ritmo de los tiempos acapara el interés de todos, incluido el de aquellos más templados, en relación con asuntos mucho más importantes. ¿Acaso no estoy pidiendo que se comience a escuchar el susurro de las flores, algo a lo que nunca se ha prestado atención, ni siquiera en los períodos de mayor serenidad, en medio del fragor de un viento capaz de derribar los troncos de raíces más profundas, y que además se aprenda a creer en ello, en una época en la que hasta la voz más potente del ser humano tiene dificultades para afirmarse o imponerse?”[2]FECHNER, Gustav Theodor: Nanna o el alma de las plantas. Atalanta, Girona, 2025, p. 23. [En adelante citado solo con el número de página entre paréntesis]. 1848, el llamado año de las revoluciones o el de la primavera de los pueblos, en efecto, no parece el mejor momento histórico para ponerse a herborizar, que aquí quiere decir, prestar atención a un susurro en medio del ruido. Y, sin embargo, la fecha cuenta hasta a la hora de dar cuenta del préstamo en el que se cifra el título elegido, pues renuncia, aunque por razones diversas a Flora (demasiado botánico, y romano añadiríamos nosotros) y Hamadríade (algo rígido y anticuado, y demasiado griego subrayaríamos nosotros), así que opta por Nanna, la flor desnuda y bañada, de la que se enamora Baldur, dios de la luz. Lo que dice Fechner hoy sonaría de otra manera, desde luego, y mucho más sobrecogedora, pero habría de pasar un siglo para que empezase a sonar así: “La vieja diosa pagana Flora debía ceder su lugar a la joven diosa germánica Nanna. Después de todo, hace tiempo ya que la primera tiene un pie en la tumba de los herbarios, y tampoco falta mucho para que toda esta antigua cultura extranjera encuentre su descanso postrero en los ataúdes de la historia. Un mundo de espíritus autóctonos, y ojalá también divinos, resurgirá entonces del suelo patrio, y Nanna representará esta nueva era de florecimiento. (pp. 26-27) ¿De dónde viene, entonces, el nombre, el título? Pues de un oscuro texto, El mito de Thor, debido al hoy muy oscurecido poeta y político Ludwig Uhland. Natural de Tübingen, Uhland (1787- 1862) fue un activo parlamentario liberal de la asamblea de Wuttemberg, que renunció a su cargo electo como protesta ante la manipulación regresiva de Guillermo I. A pesar de que sus poemas han sobrevivido en algunos lieder de Schubert, Robert Schumann y Johannes Brahms, lo cierto es que su figura, en parte por la crítica de Heinrich Heine a su medievalismo algo acartonado, ha resultado muy diluida. Sobre las razones de ese relativo eclipse de Uhland hallaremos interesante la lectura de algún trabajo de Ingrid Cáceres-Würsig.[3]CÁCERES-WÜRSIG, Ingrid: Un héroe español en la lírica de Ludwig Uhland, en GIMBER, Arno ed: Diálogos literarios y culturales hispano-alemanes. Dykinson, Madrid, 2017, pp. 41-50. En cualquier caso, lo que nos incumbe aquí es esa combinación de audacia liberal y de conservadurismo del que presta el título de Nanna, pues condice con la naturaleza personal del prestatario.
Así, si admite que “el propósito de este texto es mostrar que las plantas, dentro de una naturaleza universalmente dotada de un alma divina, participan de dicha animación como parte individual” (p. 26), se ve obligado, no obstante, a reconocer “que las plantas tengan alma o carezcan de ella cambia por completo la concepción de la naturaleza, lo que además implica muchos otros aspectos. Todo el ámbito de la observación de la naturaleza se amplía al afirmar tal cosa, y hasta el propio camino que conduce a dicha afirmación revela puntos de vista que no suelen considerarse en la manera habitual de contemplarla” (p. 27). Me atrevo a sugerir que Fechner exagera la naturaleza escandalosa de su ensayo, acaso porque la novedad y el escándalo especulativo son entonces un valor a tener en cuenta. Pues el argumento último es el de lo que podríamos llamar una continuidad ontológica, dado que se trata de hacer de la naturaleza una flor completa y no arrancar los pétalos de los vegetales (p. 83). La base, por lo tanto, es el principio de que la naturaleza no da saltos. Digamos que se apropia retóricamente del miedo a los hiatos, pues “si algunos niegan la existencia de un alma en las plantas por no saber qué hacer con esta idea, yo la reivindicaría porque de lo contrario, a mi entender, quedaría un gran vacío por llenar en la naturaleza” (p. 36).
Hay entonces dos voces en Fechner, aunque este hecho, al menos parcialmente, se debe a que nuestro oído contemporáneo se ha vuelto menos fino, con menor habilidad para reconocer la polifonía de los saberes.
Por un lado, lo hallaremos, y con todo mérito, junto a Wilhelm Wundt en los manuales de Psicología, pues, como recuerda Paul Fraisse, Fechner, “primero médico, luego físico e incluso profesor de física, publica notables trabajos sobre las mediciones cuantitativa de las corrientes eléctricas y sobre los colores complementarios. Pero este científico es también un humanista que no dejará de publicar a lo largo de toda su vida, con un seudónimo o con su nombre, obras de filosofía de valor más limitado. Esta preocupación explica que después de una depresión abandonara la física y que se le haya impuesto la psicofísica a través de una preocupación filosófica: demostrar la identidad del espíritu y la materia, dos caras de una misma realidad, que aparecen según nos situemos desde un punto de vista interior o desde un punto de vista exterior. Pero este físico no puede contentarse con afirmar o razonar; al buscar un fundamento científico para su teoría, a partir de 1850 piensa encontrarlo en “una ley que vincule los aumentos de la energía corporal con los aumentos de la energía mental. Nace así la psicofísica. ¿Quién la definiría hoy junto con Fechner como la “teoría exacta de las relaciones entre el alma y el cuerpo y, de modo general, entre el mundo físico y el mundo psíquico”?”[4]FRAISSE, Paul y PIAGET, Jean: Tratado de Psicología Experimental 1. Historia y método de la Psicología experimental. Paidós, Barcelona, 1982, p. 22. Para dar con esa ley se valdrá como punto de partida de la propuesta por Weber en Leipzig, donde estudia el mismo Fechner, a propósito de los umbrales diferenciales de sensación. Recuerda José Luis Pinillos en ese magnífico manual con que nos regaló mi magnífico profesor, que “detalles aparte, las leyes psicofísicas son de las pocas que en psicología han alcanzado un status científico respetable. Fechner no resolvió, es cierto, su inicial propósito metafísico de esclarecer de una vez por todas el enigma de la relación entre el alma y el cuerpo, pero abrió a la psicología una interesantísima vía para el tratamiento matemático de las experiencias sensibles, que ha tenido notables desarrollos teóricos y prácticos en todo lo que va de siglo.”[5]PINILLOS, José Luis: Principios de psicología. Alianza, Madrid, 1977, p. 120. Y aun sugiere, como podría esperarse de un antiguo discípulo de Eysenck -a pesar de que sus brillantes lecciones sobre Freud constituyen un recuerdo imborrable de mis estudios de Filosofía-, que este análisis de proporción entre magnitudes posee cierta analogía con los de Pavlov en torno a la conducta respondiente. Memorial por memorial, y desde esos mismos tiernos años, traería a colación el souvenir de un bergsoniano, es decir, al Gilles Deleuze de Diferencia y repetición, tal y como yo lo leía entonces, esto es, sobre todo como un metafísico, aunque ahora la opinión lo haya reducido a una escuálida referencia política sin mayor fundamento, aunque en este sentido sigo apreciando y mucho a lectores como David Lapoujade. ¿Por qué hacerlo ahora? Pues porque de alguna manera nos permite comprender el excedente especulativo que confirma, y al mismo tiempo sobrepasa a la psicofísica fechneriana: “Que la diferencia sea literalmente “inexplicable” es algo de lo que no cabe asombrarse. La diferencia se explica, pero precisamente tiende a anularse en el sistema en el que se explica. Lo que significa tan sólo que la diferencia está esencialmente implicada, que el ser de la diferencia es implicación. Explicarla es anularla, conjurar la desigualdad que la constituye. La fórmula según la cual “explicar es identificar” es una tautología. No puede concluirse de ello que la diferencia se anula, y tanto menos que se anula en sí. Se anula en tanto que se la pone fuera de sí, en la extensión y en la cualidad que llena la extensión. Pero la cualidad, al igual que la extensión, son creadas por la diferencia.”[6]DELEUZE, Gilles: Diferencia y repetición. Júcar, Madrid, 1988, p. 366. Hay, por lo tanto, algo que no se satura ni sutura, un entrever entre dos proporciones intensivas, la geométrica de un estímulo físico y la aritmética de un orden distinto, puesto que es la de una cualidad psíquica (la sensación), que viene dada por un logaritmo. Estamos en un punto abismático con respecto al que supuso la geometría analítica de Descartes, ya que esta traducía y unificaba, mientras que la ley de Weber-Fechner salta o asalta la diferencia, pasa entre ella.
Por otro lado, hallamos al animista, al místico. Pero la escisión la advertimos ahora, no es seguro que tal cosa se diese así en el siglo XIX. De hecho, en Nanna advertimos, aquí y allá, ecos del otro Fechner, por ejemplo, cuando examina pormenorizadamente las similitudes y las distancias de las respuestas a los estímulos entre animales y plantas (pp. 122-123). Y esto le lleva a reprocharle a Hegel en su filosofía de la naturaleza, que intente esquivar “la interpretación de los movimientos por estimulación de las plantas en función de la sensibilidad” (p. 124). Casi como si siguiese el guion debido a la proverbial enemistad hacia Hegel, Fechner abraza el determinismo de Schopenhauer, que parece conocer, aunque omita la referencia directa, con objeto de acortar la diferencia entre animales y plantas: “Sin duda, nadie pretende atribuirles libertad, en un sentido moral, a los animales y las plantas. Pero cabría pensar si, más allá de dicha libertad, todo lo que hay en el mundo no estará necesariamente condicionado, tanto más cuanto que algunas personas tienden a entender la libertad moral como una necesidad interna” (p. 88). En cualquier caso, la introspección de su fragilidad mental no le aparece ajena a su interés por cierta filosofía, que le resulta más afín, como desvela en los apuntes autobiográficos de 1845 sobre la enfermedad: “Mi gusto muy temprano me empuja hacia las reflexiones filosóficas; apenas salido de mis años de estudiante, me creo dispuesto a descubrir el secreto del mundo, de su creación y poder en el sentido de la filosofía de la naturaleza de Schelling y de Oken, entonces muy dominante entre los investigadores, a la hora de proporcionar fundamentos para el conjunto del saber humano. Una aspiración innata en mí por la claridad no me permite jamás, sin embargo, y pese a mis esfuerzos, llegar a una satisfacción auténtica. Yo creía estar siempre en el camino, y que nunca llegaría aún a un objetivo seguro. Me rompía la cabeza, me torturaba de la mañana a la tarde, y muchas veces hasta por la noche, para hallar un terreno sólido, pero nunca me podía contentar con el resultado. Sin embargo, nada hay más agotador que un trabajo a pura pérdida, que semejante esfuerzo en torno al mismo punto”.[7]FECHNER, Gustav Theodor: Le petit libre de la vie après la mort suivi de Historie de la maladie. Editions de L’ eclat, Paris, 2024, p. 85. Es obvio, que dadas estas preocupaciones, no le podría en absoluto pasar desapercibida la aportación a la botánica como ciencia alegre, debida a Goethe, aunque hasta en esto parece celoso de su propia identidad, así escribe: “Lo anterior no impide que cada célula de la planta mantenga, en cierto modo, su propia vida individual, que, no obstante, se encuentra subordinada a una individualidad superior. Goethe lo expresa muy acertadamente en La metamorfosis de las plantas: ‘Ningún ser vivo es un ser individual, sino una pluralidad, incluso en la medida en que se nos presente como individuo, continúa siendo un conjunto de entes autónomos que, en lo que a idea y disposición se refiere, son iguales, pero cuya apariencia puede ser igual o similar, diferente o desigual’. No debe dirigirse la atención exclusivamente a los fenómenos de la vida celular individual, pues con ella se excluiría, de algún modo, dicha interrelación profunda y generalizada de sus funciones” (p. 163). Lo que saluda Fechner en Goethe, hasta el punto de convertirlo en una de las escasas citas literales incluidas en Nanna, es lo que podríamos llamar el punto de vista del esqueje. Sin embargo, hay una diferencia significativa. Es verdad que ambos se vuelven hacia la potencia formativa de los vegetales, lo que, al menos desde la perspectiva fechneriana, confirma a cada paso la naturaleza anímica de los mismos, y de que eso significa volcarse hacia lo que no resulta visible en la simple evidencia, pero Goethe elige, a la hora de identificar una protoplanta (Urpflanze), la forma de las formas, esa morfé de la metamorfosis, una suerte de sinécdoque o pars pro toto, dado que en La metamorfosis de las plantas, toda planta es hoja.[8]GOETHE, J.W.: La metamorfosis de las plantas. Atalanta, Girona, 2020. En cambio, Fechner, aun reconociendo hasta una cierta superioridad del vegetal sobre el animal, pues da con las formas a partir de lo inerte y amorfo (“Las plantas crean formas y colores espléndidos a partir de la tierra cruda, el agua, el aire y la materia en descomposición” (p. 77)), dirá que, “por lo común, las plantas tienden a desarrollarse y disponer de sus distintas partes en espiral, No obstante, la espiral es, por su propia naturaleza, una forma inacabada” (p. 103). No se entienda este inacabamiento como una mala infinitud, sino que fundamenta el hecho de que en las plantas el crecimiento mismo sea la función. La sinécdoque de Goethe resulta preterida en favor de una forma formante que sea capaz de dar cuenta de una idea de crecimiento que, lejos de resultar accidental, apunta a la esencia de lo vegetal.
A pesar de esta conexión de Fechner con la filosofía de la época, su deriva va más lejos. ¿Cuánto de lejos? Pues mucho, si es que hemos de hacer caso a Alfred Jerry, quien se refiere a él bajo su pseudónimo del doctor Mises, y aprovecho para apuntar si no será esta pseudonimia también una inscripción de la ventriloquía en el lenguaje, quien en el discurso pronunciado en el estreno de Ubú rey el 19 de diciembre de 1896, afirma: “El swedenborgiano Doctor Mises ha comparado excelentemente las obras más rudimentarias con las más perfectas, y los seres embrionarios con los más completos, en razón de que a los primeros les faltan todos los accidentes, protuberancias y cualidades, lo que les concede esa forma esférica o casi esférica —tal el óvulo o el señor Ubú.”[9]JARRY, Alfred: Todo Ubú. Pepitas de calabaza, Logroño, 2018, p. 35. Menciona aquí Jarry el ensayito de 1825 de Fechner titulado Anatomía comparada de los ángeles. Lo más chocante es el título mismo, lo más ubuesco si quieren, y por lo mismo su Nanna podría haberse publicado como una Psicología botánica, ya que es el cruce de saberes que, en principio, resultan antitéticos, el que nos llama la atención. Pero lo mejor de todo es que no creo que Fechner tuviese una actitud provocativa al intersecar la anatomía comparada con la naturaleza angélica. Al afirmar que la forma de los ángeles es la esférica y que los ángeles son los planetas vivientes,[10]FECHNER, Theodor Gustav: Anatomie comparée des anges suivi de Sur la Danse. Éditions de L´eclat, Paris, 2024. Fechner obedece a una antigua tradición, la de la concepción astral de la angelología, que con él retorna dentro de la modernidad, como señala Massimo Cacciari en El Ángel necesario, en el que puede que sea el más bello tratado de angelología del siglo XX.[11]CACCIARI, Massimo: El Ángel necesario. Visor, Madrid, 1989, p. 64. Lo menos que puede decirse de la anatomía fechneriana es que resulta más astronómica que anatómica, y que está más cerca de la metafísica de las inteligencias separadas, esa que Tomás de Aquino confuta en Avicebrón, esto es, en el judío malagueño, pero educado en Zaragoza, Ibn Gabirol, y que podemos hallar además en Maimónides, a lo mejor porque en este platonismo tardío detecta el filósofo cristiano una exaltante versión enmascarada de una filosofía material, incluso materialista, en la que lo divino mismo resulta eclipsado. El miedo a los ángeles, inseparable de otros al gnosticismo o al paganismo, atraviesa de parte a parte a la ortodoxia cristiana, que se ve sin embargo solicitada por la poesía cuando ha de reservarles un espacio en el plan de salvación.
El ángel de Fechner tampoco parece tener una interacción significativa con el ser humano. Sería apenas el testigo de la pérdida de nuestras propias alas, en cualquier caso, parece muy disminuido con respecto a la exhibición de lujuriante fantasía que sobre los mundos angélicos tiene el propio Emanuel Swedenborg convertido, pese a su formación científica o precisamente por ella, en el profeta exigido por la tribu literaria a partir del siglo XVIII, influyendo de manera notoria en William Blake, Balzac, Carlyle, Jan Patocki, Strindberg y muchos otros. De hecho, su influencia, aunque en negativo, servirá de molde para que Kant llegue a concebir la metafísica como una ciencia de los límites de la razón humana,[12]KANT, Immanuel: Los sueños de un visionario. Alianza, Madrid, 1987, p. 102. pues como buen pietista advierte algo vano en lo ilimitado, y no se ahorra la sátira más sangrienta sobre los abundantes viajes ultraterrenos de Swedenborg. Hoy podemos mirar con más atención al sentido y al concepto de la escritura visionaria, dado que, como escribe José Antonio Antón Pacheco en Un libro sobre Swedenborg, “tenemos aquí una ontología de la mediación, una ontología que no es ni de lo puramente espiritual o noético ni de lo puramente material o sensible, sino precisamente de aquello que hace aparecer lo espiritual o noético para hacerlo captable, y de aquello otro que eleva a lo material y sensible espiritualizándolo.”[13]ANTÓN PACHECO, José Antonio: Un libro sobre Swedenborg. Publicaciones de la Universidad de Sevilla, Sevilla, 1991, p. 63. Para Antón Pacheco, el sentido de la obra de Swedenborg, y en particular de su angelología, es el de alcanzar y asumir el intimum de toda realidad. La interioridad no es la intimidad, o mejor dicho, la intimidad es una interioridad expuesta o visitada, pues como escribe Swedenborg, en La nueva Jerusalén y su doctrina celestial, “el hombre o el ángel, en cuanto a su interior, son la caridad cuando el bien es para ellos el prójimo.”[14]SWEDENBORG, Emmanuel: La nueva Jerusalén y su doctrina celestial. Trotta, Madrid, 2004, p. 85. ¿Desacredita de alguna manera a Fechner la mención de Alfred Jarry? Pues tanto como podemos minusvalorar al propio Jarry, lo que es el menos rentable de los movimientos mentales que podemos hacer, según Gilles Deleuze en Critique et Clinique, ya que la patafísica, en cuanto que desplazamiento y rebasamiento de la metafísica[15]DELEUZE, Gilles: Critique et Clinique. Minuit, Paris, 1993, p. 115., también de los límites de esa ciencia o epistemología de los límites kantiana, hacen de Alfred Jarry un precursor desconocido de Martin Heidegger, según ese gusto tan ubuesco de Deleuze por los injertos y las lecturas anómalas.
¿Qué podría tener que ver el ensayo de las plantas de Fechner con esa ontología de la mediación prevista en Alfred Jarry, esto es, con el ángel como metaxy? Pues bien, Nanna no nace tanto de la observación, aunque también la hay, y no poca como veremos, como de la iluminación, de la epifanía que nos muestra, de repente, el libro abierto de la naturaleza: “Un caluroso día de verano, me encontraba junto a un estanque observando un nenúfar que había extendido suavemente sus hojas sobre la superficie del agua y, con su flor abierta, era bañado por la luz del sol, cuando pensé: qué extraordinariamente bien debe de sentirse esa flor, sumergida en el agua y bañada por el sol, si es que puede sentir algo. ¿Y por qué, me pregunté, no debería hacerlo? Me pareció que la naturaleza no habría elaborado una criatura tan bella y tan cuidadosamente adaptada a tales condiciones solo para ser un objeto de contemplación ociosa” (p. 63). El lirio de agua, el nenúfar nos da que pensar, su alegría pura de conectar o de mediar dos mundos da que pensar. Hay algo de ninfa en él, pues “aunque ya no creamos en las ninfas acuáticas que duermen en el fondo de las aguas y que por la mañana ascienden a tomar el sol, la poesía reconoce que este tipo de vida tendría un encanto particular” (p. 64). Como era de esperar, el psicoanalista Imre Hermann, que es autor de una patografía nada banal sobre Fechner, interpreta el bienestar del nenúfar en términos de acomodo fetal y afirma que para él, las plantas, como las mujeres, son siempre en cierto modo niñas.[16]HERMANN, Imre: Gustav Theodor Fechner. Del lunar, Jaén, 2010, p. 43. Nanna misma, como leímos al principio, tiene un no sé qué de ninfa, como una flor recién bañada, y el libro en su conjunto parece dedicado a una anónima joven en edad temprana (p. 28). Giorgio Agamben, ese moderno averroísta, ve también algo medianero, una suerte de metaxy, en las ninfas, sobre todo a partir de la interpretación de Aby Warburg, ya que “trabajar sobre las imágenes significa en este sentido para Warburg trabajar en el cruce no solo entre lo corpóreo y lo incorpóreo, sino también, y, sobre todo, entre lo individual y lo colectivo. La ninfa es la imagen de la imagen, la cifra de las Pathosformeln que los hombres se transmiten de generación en generación y a la que vinculan su posibilidad de hallarse o de perderse, de pensar o de no pensar.”[17]AGAMBEN, Giorgio: Ninfe. Bollati Boringuieri, Torino, 2012, p. 54. Lo angélico es también lo demónico, de hecho, Roberto Calasso rastrea la huella de la posesión y de la locura de las ninfas, siendo Sócrates él mismo un ninfoléptico, raptado por ellas, como nos recuerda en La follia che viene dalle Ninfe.[18]CALASSO, Roberto: La follia che viene dalle Ninfe. Adelphi, Milano, 2005, p. 34. Otra epifanía del cruce, entre lo alto e iluminado y lo bajo o escondido, tiene por protagonista a la mujer de Fechner, ajena por completo a las connotaciones de la ninfa: “Recientemente vi a mi esposa levantar una planta del tiesto con su cepellón y pude admirar cómo había echado raíces hasta en el menor rincón de la maceta, en un intento por aprovechar cada pedacito de tierra. Y lo mismo sucedía por encima de la tierra. En primer lugar, la planta había extendido sus ramas para después llenar cada intersticio de otras más pequeñas y también de hojas, de tal modo que ni un soplo de aire pudiera pasar entre ellas sin ser aprovechado. En los extremos, además, sostenía pequeñas flores que miraban a la luz. (…) Qué vano esfuerzo y qué inútil adorno serían las flores si los árboles crecieran simplemente como ornamentos sin sentido” (p. 67). Giampiero Moretti, autor de un brillante posfacio a la edición italiana de Nanna en Adelphi, resitúa desde luego a Fechner en el contexto del romanticismo alemán, singularmente con Novalis y con el alma del mundo (Weltseele) de la Naturphilosophie de Schelling, pero sobre todo describe a la planta como una entidad o criatura angelicada: “Fechner identifica tal liberación de la sensibilidad en la indiferencia de la vida vegetal como vida pura, infinita y salvífica al mismo tiempo, una vida que hace de la planta una entidad angelicada: la planta, mucho más que la “mujer”, asume en efecto el aspecto de una generadora ilimitada de vida “psíquica”. Pero es también el vínculo de afectohacia lo que ella produce lo que deviene aún más digno de interrogación, si lo identificamos como cuestión esencial del particularísimo sentir vegetal. Característico de la planta es que el sentimiento que liga a cuanto ella genera subsista, a pesar de que no lo vincule “individualmente”; en torno a ello ronda gran parte de la argumentación de Fechner, reconstruyendo la cual nos damos cuenta de que la falta que había siempre inducido a negar el alma “a las” plantas – esto es, el hecho de que ellas no tuviesen conciencia de “su” sentir (desde el Timeo platónico en efecto, movimiento y conciencia-razón han estado siempre considerados inseparablemente conectados entre ellos-, precisamente tal falta deviene gradualmente el fundamento de una perfección superior. Al enraizamiento al suelo, como “condena” visible de la planta a un espacio tiempo circunscrito y limitado, Fechner afinca en efecto la libertad absoluta, incondicionada del vínculo afectivo que la planta genera, un infinito sentir sin objeto que hace precisamente de la planta una suerte de modelo de criatura “angelicada”. La libertad vegetal con respecto al vínculo individual se trasvalora en materia espiritual pura allí donde cuerpo y alma se unen hasta el punto de ser plenamente intercambiables; la planta es “eterna”, su sentir es absoluto e infinito, o, mejor, ilimitado.”[19]MORETTI, Giampiero : La pianta angelicata, en FECHNER, Gustav Theodor: Nanna o L’ anima dell piante. Adelphi, Milano, 2008, p. 133-134. Esa nostalgia angélica de las plantas la hallamos, de manera superlativa, en Simone Weil, aunque no me atrevería a negar la presencia en ese anhelo vegetal de ciertos ecos de la gnosis maniquea, que están muy ligados a la nutrición, a eso que Emmanuel Lévinas bautizaba, aunque en un contexto mishnaico y de la Torah completamente ajeno, como la primera abnegación. Por eso escribe en los Cuadernos de América de 1942: “Quien coma el sol vivirá. Quien coma la luz vivirá. Si tuviéramos clorofila, nos alimentaríamos de luz, como los árboles”.[20]WEIL, Simone: El conocimiento sobrenatural. Trotta, Madrid, 2003, p. 205. Estudiar la función del simbolismo vegetal en Weil daría para otro ensayo, y este más bien pide terminar. En cualquier caso, ese ensayo hipotético no podría separarse por completo de la metafísica de la metaxy, que sobrevuela toda la obra de la filósofa. Como que hay un amor intermediario en la escritura misma de Simone Weil, puesto que sus aforismos están escritos entre dos mundos, permiten que se abracen, por eso en un cuaderno de 1941 anota: “Estrellas y árboles frutales en flor. La completa permanencia y la extrema fragilidad proporcionan por igual el sentimiento de la eternidad.”[21]WEIL, Simone: Cuadernos. Trotta, Madrid, 2001, p. 121.
Una vez soñé con la ventriloquía, a lo mejor porque el pez que nada en los sueños lo hace con dos vejigas. Sigmund Freud siempre admitió como una autoridad relevante en el terreno científico a Fechner, si bien es verdad que la ley Weber-Fechner del estímulo no es aquello por lo que siente más concernido, aun cuando la idea de umbral esté más o menos implícita. De todas maneras, la formulación más precisa de su débito se halla en el epígrafe sobre la regresión del capítulo VII de la Traumdeutung: “Entre todas las observaciones que sobre la teoría de los sueños nos ofrecen las obras de los autores ajenos al psicoanálisis hallamos una muy digna de atención. En su obra Psicofisica incluye el gran G. Th. Fechner la hipótesis de que la escena en la que los sueños se desarrollan es distinta de aquella en la que se desenvuelve la vida de representación despierta, y añade que sólo esta hipótesis puede hacernos comprender las singularidades de la vida onírica. La idea que así se nos ofrece es la de una localidad psíquica.”[22]FREUD, Sigmund: La interpretación de los sueños, en Obras completas. Tomo II. Biblioteca Nueva, Madrid, 1972, p. 672. Los capítulos VI y VII de Nanna, que son los presididos por una mayor cantidad de observaciones, dedican mucho tiempo a los ciclos diarios, al reloj vegetal, con su dormir y despertar, así como a la respuesta de las plantas a los estímulos. En el primero de ellos, escribe: “Es posible que realmente sea así, que toda la actividad subterránea de las plantas constituya, por decirlo de algún modo, una base oscura y sin consciencia para las sensaciones claras que se vinculan a su crecimiento sobre la superficie, de la misma manera que nosotros asumimos la existencia de luz y de sombra” (p. 95). ¿Cómo no escuchar aquí el peso de esos largos periodos en los que el mismo Fechner resultaba sepultado por una fuerte penumbra psíquica, coincidente con su fotofobia física? El libro termina con una observación algo ansiógena que incide de manera directa sobre la idea de la doble localidad psíquica, pero también de su diversa distribución entre los seres vivos: “Los reinos vegetal y animal no están destinados a repetirse, sino a complementarse; aquello que en los animales ocurre en el oscuro terreno de lo inconsciente, y solo se vislumbra a través de ciertos fenómenos de la reproducción, constituye en las plantas el núcleo de su vida consciente” (p. 194). Los libros son hijos de su tiempo, incluso estos que nos sorprenden aún hoy por su audacia. En Nanna hallaremos tópicos sobre lo masculino y lo femenino, que ahora chirrían al oído, comentarios displicentes sobre las creencias de los antiguos judíos, y aseveraciones directamente racistas sobre los hotentotes. Tomamos nota, pero en ningún caso debería ser una oportunidad cancelatoria o una excusa para no seguir leyendo. Paco Calvo, el prologuista de Nanna, hace bien en subrayar la actualidad de la oferta de Fechner como intérprete del mundo vegetal. Nosotros añadiríamos que, además, este es un libro de singular belleza. De esos que nos enseñan a mirar de otra manera, de hacerlo hacia otra parte, sin dejar suelto ningún eslabón de nuestra propia comunidad con todo lo vivo.
| Título: Nanna o el alma de las plantas |
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Referencias
| ↑1 | FREUD, Sigmund: Lo siniestro, en Obras Completas. Tomo VII. Biblioteca Nueva, Madrid, 1974, pp. 2483- 2505. |
|---|---|
| ↑2 | FECHNER, Gustav Theodor: Nanna o el alma de las plantas. Atalanta, Girona, 2025, p. 23. [En adelante citado solo con el número de página entre paréntesis] |
| ↑3 | CÁCERES-WÜRSIG, Ingrid: Un héroe español en la lírica de Ludwig Uhland, en GIMBER, Arno ed: Diálogos literarios y culturales hispano-alemanes. Dykinson, Madrid, 2017, pp. 41-50. |
| ↑4 | FRAISSE, Paul y PIAGET, Jean: Tratado de Psicología Experimental 1. Historia y método de la Psicología experimental. Paidós, Barcelona, 1982, p. 22. |
| ↑5 | PINILLOS, José Luis: Principios de psicología. Alianza, Madrid, 1977, p. 120. |
| ↑6 | DELEUZE, Gilles: Diferencia y repetición. Júcar, Madrid, 1988, p. 366. |
| ↑7 | FECHNER, Gustav Theodor: Le petit libre de la vie après la mort suivi de Historie de la maladie. Editions de L’ eclat, Paris, 2024, p. 85. |
| ↑8 | GOETHE, J.W.: La metamorfosis de las plantas. Atalanta, Girona, 2020. |
| ↑9 | JARRY, Alfred: Todo Ubú. Pepitas de calabaza, Logroño, 2018, p. 35. |
| ↑10 | FECHNER, Theodor Gustav: Anatomie comparée des anges suivi de Sur la Danse. Éditions de L´eclat, Paris, 2024. |
| ↑11 | CACCIARI, Massimo: El Ángel necesario. Visor, Madrid, 1989, p. 64. |
| ↑12 | KANT, Immanuel: Los sueños de un visionario. Alianza, Madrid, 1987, p. 102. |
| ↑13 | ANTÓN PACHECO, José Antonio: Un libro sobre Swedenborg. Publicaciones de la Universidad de Sevilla, Sevilla, 1991, p. 63. |
| ↑14 | SWEDENBORG, Emmanuel: La nueva Jerusalén y su doctrina celestial. Trotta, Madrid, 2004, p. 85. |
| ↑15 | DELEUZE, Gilles: Critique et Clinique. Minuit, Paris, 1993, p. 115. |
| ↑16 | HERMANN, Imre: Gustav Theodor Fechner. Del lunar, Jaén, 2010, p. 43. |
| ↑17 | AGAMBEN, Giorgio: Ninfe. Bollati Boringuieri, Torino, 2012, p. 54. |
| ↑18 | CALASSO, Roberto: La follia che viene dalle Ninfe. Adelphi, Milano, 2005, p. 34. |
| ↑19 | MORETTI, Giampiero : La pianta angelicata, en FECHNER, Gustav Theodor: Nanna o L’ anima dell piante. Adelphi, Milano, 2008, p. 133-134. |
| ↑20 | WEIL, Simone: El conocimiento sobrenatural. Trotta, Madrid, 2003, p. 205. |
| ↑21 | WEIL, Simone: Cuadernos. Trotta, Madrid, 2001, p. 121. |
| ↑22 | FREUD, Sigmund: La interpretación de los sueños, en Obras completas. Tomo II. Biblioteca Nueva, Madrid, 1972, p. 672. |