«Ninguna obra de arte sin carácter agresivo puede ser considerada una obra maestra; queremos glorificar la guerra, -única higiene del mundo-, el militarismo, el patriotismo, el gesto destructor de los anarquistas, las ideas por las cuales se muere y el desprecio por la mujer; queremos destruir y quemar los museos, las bibliotecas, las academias variadas y combatir el moralismo, el feminismo y todas las demás cobardías oportunistas y utilitarias».
Filippo Tommaso Marinetti (1876-1944), poeta, escritor, ideólogo fascista, dramaturgo y editor italiano.
Un siglo después, estas manifestaciones de Marinetti, uno de los autores que acabaría siendo referencia para el fascismo, podrían encajar perfectamente con los planteamientos del que se presume máximo exponente de los movimientos ultra derechista o posfascistas, término este último acuñado también en Italia, el todopoderoso presidente de los EE.UU. Donald Trump.
Según las últimas encuestas in situ el índice de popularidad del presidente norteamericano se sitúa ya por debajo del 40 % pero, sin embargo, entre sus electores anda por el 80 %, lo que nos viene a decir que los mismos se arrogan cada vez más a los principios MAGA y se alejan de los tradicionales postulados del partido republicano del propio Trump.
A pesar de la conocida disfunción entre los electores de izquierda y derecha, donde para los primeros –críticos-, la corrupción es motivo de desapego electoral y para los segundos –conservadores-, esta apenas si tiene repercusión a la hora de revalidar su voto, resulta cuanto menos sorprendente que la cultura estadounidense asuma con un cierto grado de naturalidad no solo las políticas trumpistas sino como el presidente está aprovechando su cargo para enriquecerse tanto él como su familia y amistades, sin el más mínimo rubor e incluso haciendo alarde de ello.
Lo último que hemos sabido es que la criptomoneda que el presidente puso en marcha casi al unísono de su segunda investidura en la Casa Blanca, ha acabado devaluándose un 97 % mientras que Trump y su familia a través de su holding de empresas han ganado solo en comisiones por cada una de las operaciones de compra y venta que se hacían casi 600 millones de dólares.
Un hecho, como tantos otros –según las últimas estimaciones, los beneficios del imperio Trump desde que renovó la presidencia superan ya los 2.000 millones de dólares-, sin que ello represente ningún tipo de conflicto de intereses y sin apenas repercusiones políticas o judiciales. Algo que resultaría impensable en las vetustas democracias europeas, incluso las menos maduras como el caso de la española.
Volviendo al fenómeno Trump, cabe reseñar que si ha perdido cierta popularidad entre sus más de 77 millones de votantes no es en cualquier caso por sus claras políticas encaminadas en primer lugar a enriquecerse él mismo y por otra parte en perjuicio de las clases menos pudientes –lo que ya constituye objeto de estudio-, sino por su intervención en conflictos armados lejos de las fronteras de los EE.UU. algo que desdeñó de manera reiterada en su campaña electoral que le acabaría llevando a la presidencia.
Llegado el 250 Aniversario de la Independencia de los EE.UU. Trump ha elegido esta fecha, como suele ocurrir en el caso de autócratas y dictadores a los que el propio Trump admira y ha referido en ocasiones como Putin, Xi Jinping o el mismísimo Kim Jong-un, para proyectarse como líder supremo de una plataforma política de carácter ultra que le presente como tal tanto en su país como en el resto del mundo.
Además de, acuciado en el orden particular, por las insatisfacciones creadas por la guerra de Irán en los bolsillos estadounidenses a cuatro meses vistas de unas elecciones de medio mandato. Elecciones que según todas las encuestas de las que va a salir derrotado, va a perder la mayoría parlamentaria y a saber de las reacciones que puedan darse entonces de un probado narcisista como Trump y su corte de fanáticos.
Más allá del espectáculo sangriento de artes marciales que tuvo lugar hace unas semanas frente a la Casa Blanca con motivo de su cumpleaños y para disfrute del mismo, Trump ha preparado numerosos fastos con motivo del 250 aniversario de la nación no sin acusaciones por haberse enriquecido también a cuenta de estos y a través de las implicaciones de empresas y fondos extranjeros mediante una institución creada al efecto con el nombre de Freedom 250.
Por el medio la fallida reforma del estanque frente al Monumento a Lincoln que ha costado 15 millones de dólares o el nuevo Salón de Baile de la Casa Blanca con un coste de 400 millones.
Además de la estatua de bronce, bañada en oro –tal como está redecorando también toda la Casa Blanca-, con casi 5 metros de altura que luce ya en su campo de golf de Miami y que ha sido financiada por «empresarios simpatizantes», entre otros caprichos Trump tiene intención de levantar un gigantesco Arco del Triunfo e incluir su efigie en el Monte Rushmore junto a las de George Washington, Thomas Jefferson, Theodore Roosevelt y Abraham Lincoln.
Todo esto en medio de un desmedido aumento del despliegue militar ya de por si existente en Washington desde el regreso de Trump a la presidencia. Podría decirse con la intención de que los ciudadanos naturalicen la presencia de tropas en la calle como si de un régimen totalitario se tratase.
Peor todavía con la condescendencia de la comunidad internacional, en especial la Unión Europea, obstinada en escurrir las similitudes entre Donald Trump, el trumpismo y todo su vasallaje a lo largo del mundo con unos modos ya conocidos y no tan lejanos en el tiempo, de trágicas consecuencias para la humanidad, aun en otro contexto histórico pero con otras indiscutibles amenazas.
Llegados a este punto conviene darse cuenta que Trump no es ni mucho menos un loco fanfarrón como se le pretende presentar en muchos círculos, sino que la estrategia del trumpismo y de todos los actuales movimientos de extrema derecha, iliberales y ultra nacionalistas que se están apropiando de la escena pública es la de que solo los fuertes tengan derechos y los que no –al margen de su raza y condición-, pasen a ser ciudadanos de segunda fila al servicio de los primeros.
Por último, pronto quedó atrás aquel «Consideramos que estas verdades son evidentes por sí mismas: que todos los hombres son creados iguales, que su creador los ha dotado de ciertos derechos inalienables, que entre ellos se encuentran la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad», de la Declaración de Independencia de los Estados Unidos, aprobada el 4 de julio de 1776, cuando a los pocos años acabó llegando la aberración de la esclavitud y desde entonces hasta el «No hables ese español de mierda en mi país», de la era Trump.