Si voy contigo en el coche y escuchamos canciones, los aerogeneradores que vemos en el camino bailan al ritmo de la música. Siempre hay alguno que se mantiene quieto y solo, apartado del resto, como un niño de tres años que en la clase se aleja del grupo y llora con mucho desconsuelo, erguido y mirando al frente, su cuerpo formando un ángulo extraño con la pared y el resto de niñxs. Pero la mayoría baila Pongo, baila Dua Lipa o baila a ritmo de dembow.
En realidad la mayoría de veces no voy contigo en el coche y los aerogeneradores se comportan de manera bastante más sobria. Parecen tener una dignidad que defender. Se yerguen como guardianes del camino y mantienen la compostura. A veces alguno de ellos se enfada con el resto, probablemente porque no se siente lo suficientemente escuchado, y decide dejar de girar y esperar a que los demás vayan a preguntarle qué le pasa y a pedirle que perdone la ofensa y que vuelva a dirigirles la palabra.
Las torres eléctricas son otra cosa. Todas conectadas entre sí, no se permiten pataletas infantiles. Son mucho más conscientes de lo ridícula que es la idea de ser independientes y autónomas. Se apoyan unas a otras a pesar de los inevitables piques, las necesarias rencillas. Muchas de ellas llevan a cuestas un nido de cigüeña pesado y recio, como si estuvieran de pie con su retoño cargado en la cadera, entre cansadas y orgullosas. Me encanta verlas con sus nidos, porque eso significa que estamos llegando.
Sin embargo, lo mejor de todo me espera en la ventana de tu cocina. Cuando me asomo están siempre allí, esperándome. Como una manada de retintas pastando. Como una familia de diplodocus. Grupos de dos, de tres, de cuatro. Alguna suelta. Las grúas. Parecen ignorarme, pero sé que saben que he llegado y las observo. Todavía están acostumbrándose a mí. Todavía recelan un poco, pero empiezan a aceptarme. A su manera un poco arisca y desdeñosa, me dan la bienvenida.
Se mueven como animales de dimensiones tan enormes para la percepción humana que parece que están quietas. Como árboles. Como montañas. Nunca las veo en movimiento, pero nunca están en la misma posición que la última vez que me asomé. Sin embargo, sí las oigo. Hay un rumor constante que durante el día es apenas perceptible, pero que de noche me hace sentir bien cuando me levanto para ir al baño. Me permite saber que incluso cuando no las oigo están ahí.
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Cuando voy a verte, todo me recibe como si llegase a casa. Tu abrazo es casa, tu cuerpo es casa. Y a las grúas sé que conseguiré ganármelas. Solo necesito un poco de tiempo y paciencia. Un día una de ellas me saludará tímidamente y esa será la señal para que las demás muestren por fin abiertamente su curiosidad, me miren y decidan que pueden quererme.