De 1922 a 1952: Cine mudo, Inglaterra, madurez hasta lograr la independencia total.
Si hay un director de cine del que ya se ha dicho y escrito todo, ese es Hitchcock. Me gustaría reseñar como punto de partida que el director inglés es uno de los más grandes inventores de formas que ha existido en la historia del cine. Lo meticuloso de sus formas le llevó a crear universos morales. En el caso de Hitchcock, la forma crea los contenidos.
En los años 50 y 60 del siglo pasado, Hitchcock alcanza la cima de su creatividad. Durante toda su trayectoria cinematográfica, investigó de manera infatigable el lenguaje del cine, apoyado por historias y narrativas inteligentes, en una constante búsqueda de una expresión puramente visual. En “39 escalones” (1936) asistimos a una secuencia donde la pareja protagonista se encuentra esposada y, tras una lluvia intensa, ella tiene que quitarse las medias; evidentemente, precisa de la ayuda, convertida en caricia eventual de él.
Definido como autocrítico, con lo que esto lleva de progreso y crecimiento intelectual. La forma de mostrar el miedo es inigualable. Su elemento fundamental, el suspense. Aunque no fue muy valorado durante muchos años por la crítica, no cabe duda de que fue un técnico muy experimentado. El espectador contempla y asiste a la sospecha “Sospecha” (1941), los celos “Matrimonio original” (1941), el deseo “Encadenados” (1946), la envidia “Rebeca” (1941) …, sin necesidad de rellenar con palabras que los expliquen. Su carrera es asombrosa.
En su primera época haremos un recorrido por la etapa muda, sonora y sus trabajos en Inglaterra, la utilización del color, su primer paso por Hollywood a requerimiento de Selznick; en una segunda parte acometeremos su etapa de madurez e independencia total.

Hitchcock nace en Londres en 1895; sus biógrafos le atribuyen las características de observador y solitario. Desde los 16 años leía revistas de cine. Su primera película importante es “EL enemigo de las rubias” (1927), un guion lleno de engaños que mantiene pendiente e intrigado todo el metraje, primera vez que pone sus ideas al servicio de lo puramente visual, poniendo al “falso culpable” sobre las pistas. Hay una escena de alto contenido religioso en la persecución por parte de los londinenses del posible estrangulador, mostrándolo en cruz clavado en una verja. Apuntándose ya lo que a lo largo de su trayectoria cinematográfica quería conseguir en lo relativo al misterio “La sombra de una duda” (1943), suspense “El proceso Paradine” (1947) y terror “Atormentada” (1949). En Hitchcock, las situaciones cotidianas y vulgares que se truncan por lo extraordinario, “Yo confieso” (1953), el sacerdote interpretado por Montgomery Cliff ve violentada su cotidianidad por un asesinato del que es conocedor a través de un secreto de confesión.
Este reconducirnos del guion en sus películas a cualquier lugar común puede llegar a confundirnos y arrastrarnos a situaciones ingenuas. En su película “La mujer del granjero” (1928), el planteamiento es de corte rancio y altamente misógino. Un granjero viudo pretende buscar esposa y la terna a la que aspira está formada por tres mujeres estigmatizadas por la ingenuidad feísta: con gafas, gordura histriónica y rica amazona que los prefiere más jóvenes. En estas primeras películas, cuando trata de mostrarnos los sueños, hace uso del desenfocado de la imagen.
Desde los inicios se comportó como un profesional que elaboraba sutilmente los montajes, sobre todo a nivel interno de los planos. “Encadenados” (1956), en la secuencia del baile y la entrega de la llave en el baile desde la mano de Ingrid Bergman a Cary Grant, es un ejemplo de virtuosismo no solo formal, sino también narrativo.

Con el paso del cine mudo al sonoro, vemos cómo Hitchcock se siente reforzado en detrimento de otros directores que caen en desgracia. Su primera película sonora es “La muchacha de Londres” (1929); originalmente se concibió sin sonido, pero el director la adaptó, convirtiéndola en la primera película británica de larga duración en incorporar diálogos. Un recorrido sentimental por la vida pasada de una mujer que sirve como crítica social dura y desalentadora.
Alumno aventajado de los pioneros Griffith, Murnau o Eisenstein, rápido cayó en la cuenta de que fabricar imágenes se encontraba lejos de escribir historias. Desde sus inicios en el cine sonoro, luchó por sustituir el lenguaje que construyen las palabras por el lenguaje que suscita la cámara. Es importante su trabajo sobre el tiempo cinematográfico aplicado a sus películas. Con ello contribuye a diferenciar el tiempo del cine del tiempo de la realidad, que es otro muy diferente. En “Enviado especial” (1940), las imágenes que se desarrollan dentro del molino son un ejemplo de virtuosismo temporal; nada es lo que parece y todo ello acompañado de ciertos sentidos del humor que el director procuraba dejar caer en muchas de sus películas.
El suspense y las emociones son componentes idóneos de sus trabajos fílmicos. Utilizado el primero como el elemento dotado de más poder para mantener la atención de los espectadores. “Extraños en un tren” (1951), a través de planteamientos de situaciones e incertidumbres, se constituye como una de sus obras maestras, donde las intrigas que se suceden en un tren provocan dosis de angustia y un desenlace en un parque de atracciones lleno de luces, sombras y sonidos. Es curioso este dato, dada la importancia y la utilidad que concede a los futuros espectadores en la construcción de sus filmes. Para ello contaba como aliada fundamental a la emoción que ocupa toda la pantalla y es ingrediente fundamental en sus guiones.
Con la incorporación del sonido, se cuentan algunas anécdotas que situaban a la orquesta compuesta de 30 músicos en el estudio, detrás del decorado. Como no se podía añadir el sonido después de la imagen, se registraba simultáneamente en los platós.
Un dato anecdótico es que muchos de sus trabajos se realizaban con maquetas de trenes y coches. El uso de maquetas idealiza plásticamente al filme, evoca ciertos grabados. “Alarma en el expreso” (1938), donde la imaginación y la intriga se dan cita de mano de los espías con cierto sentido del humor.

A lo largo de su larga trayectoria como director de cine, Hitchcock luchó contra la monotonía y reivindicó lo variado de los diferentes puntos de vista; por ello, lo verosímil para él no tenía sentido. Se resistió a filmar trozos de la vida cotidiana porque consideraba que esta se encontraba en la vida diaria.
¿Qué lugar ocupaba el orden moral en sus películas? ¿Hasta dónde fue capaz de incomodar al espectador con las relaciones que se plantean los personajes? De difícil respuesta, es notorio cómo en “Champagne” (1928) se cuestionan o simplemente se plasman las conductas de los personajes cuando de distintas clases sociales hablamos y sus actitudes críticas a determinadas acciones de corte liberalizante (amantes por parte de la mujer antes del matrimonio). En “La mujer del granjero” (1928) se muestran tres tipos de fisonomías de mujeres que no están dentro del canon de belleza de la época, para matrimoniar con un hombre viudo mucho mayor que ellas. En “El hombre de la isla de Mann” (1929), un pueblo expulsa de su región al juez de paz originario de allí por tener un hijo ilegítimo con una mujer que rompe el compromiso con su novio anterior. En “Sabotaje” (1936), Silvia Sidney desconoce las actividades delictivas y terroristas de su marido con consecuencias trágicas; aquí el director se arriesgó ante la respuesta que el público iba a tener cuando el hermano de la protagonista volase con una bomba en un trayecto en tranvía. Los espectadores no lo recibieron con agrado.
Será con “La sombra de una duda” (1942), un filme que nos confunde desde los inicios con quien utilice el personaje de Joseph Cotten para ajustar cuentas de lo que está bien y lo que no lo está. Con “Náufragos” (1944), el recurso a la intimidad y el espacio pequeño del grupo de convivencia en alta mar descubre la posición de los seres humanos cuando de salvar la vida se trata. Se deja ver lo mejor y lo peor de cada personaje.
El director en muchas ocasiones intentó darle al público información que los personajes de la película no conocían dentro de la historia. En “La posada de Jamaica” (1939), Hitchcock desnuda a Maureen O’Hara simplemente abriendo el abrigo que porta, tirando de una solapa por la mano de Charles Laughton. Película donde el espectador forma parte activa de la trama.
En ocasiones, Hitchcock comentó que sus primeros trabajos eran sensaciones del cine y que en un segundo periodo ya existía una formación de ideas.

El humor tiene un papel muy importante en sus filmes ingleses, dotándoles de cierta idiosincrasia y genuina insularidad británica que va abandonando conforme empieza a trabajar con Selznick y se traslada a Hollywood. El recurso para toparse con rebaños de ovejas va dando paso a otros elementos más sofisticados y menos vinculados a la cotidianidad británica.
El mcguffin es el pretexto. Es un rodeo, un truco, una complicidad, un objeto, un secreto, una persona que impulsa la trama, pero que al espectador no le aporta nada relevante. El dinero que roba Janet Leing (Marion Crane) en “Psicosis” (1960), los secretos militares de “39 Escalones” (1935), el uranio en “Encadenados” (1946), secretos y microfilms en “Con la muerte en los talones” (1959).
Su interés por el psicoanálisis, “Recuerda” (1945), título donde asistimos al sueño pintado y diseñado por Salvador Dalí, un aporte increíble a la película del que el director quedó muy agradecido y fascinado. Modelo de construcción de guion, muy moderno, pocas escenas de una pureza magnífica. Estilización y sencillez.
Con “La soga” (1948) se convierte en propio productor, asumiendo el reto de rodar toda la película en un solo plano, dando al traste con su defensa teórica de la fragmentación del filme y las posibilidades del montaje. Es la primera vez que utiliza el color, con todo lo que tiene de aporte en su filmografía posterior. El color en el cine del director aporta una paleta de tonos cromáticos que le harán todavía más identitario y autoral. Es imposible estar ante una película de Hitchcock y no reconocerle su autoría.
El papel de los malos en su cinematografía está claramente determinado por los actores: Claude Rains (Sebastián) el perverso nazi de “Encadenados” (1946), Joseph Cotten (Charlie) el cínico hermano de “La sombra de una duda” (1943); y Robert Walker (Bruno), el enfermo mental obsesionado con asesinar a su padre en “Extraños en un tren” (1951).
Los personajes de Hitchcock normalmente van a alguna parte y una sorpresa les espera. En “Alarma en el expreso” (1938), uno de sus personajes no cuenta con la trama a la que será sometida, pero los protagonistas estarán toda la película despistados buscándola. Ni que decir en “La posada de Jamaica” (1939), donde la sorpresa que le espera a Maureen O’Hara es mayúscula, rompiéndole su ingenuidad iniciática. O en “Encadenados” (1946), ¿quién iba a pensar que el personaje de Ingrid Bergman acabaría casado con el nazi interpretado por Claude Rains?
El intercambio de asesinatos es continuo en las películas de Hitchcock, bien sea por una causa o por otra. Mencionar películas como “Yo confieso”.

La transferencia de culpabilidad en “Yo confieso” (1953), “Extraños en un tren” (1951), “Náufragos” (1954), “Sabotaje” (1942) es una constante; pagan unos por otros asumiendo un trueque en falsa culpabilidad, engañando con falsas expectativas, personalidades ocultas que provocan despistes y tantos otros motivos.
En esta primera etapa del director, que podemos situar entre los años 1922 y 1953, donde pasamos por el mudo, el sonoro y la incorporación del color como datos más relevantes, hay una serie de cosas que, si bien se modifican, no cambian genuinamente. Las rubias y sus melenas en primerísimos planos, “EL proceso Paradine” (1947), las gafas en sus protagonistas, Ingrid Bergman en “Recuerda” (1945), las ovejas en “Inocencia y juventud” (1947), las iglesias, “Yo confieso” (1953).
Alfred Hitchcock, hasta donde abarca este artículo, ya había realizado varias películas con categoría de obras maestras, pero lo mejor estaba por hacerse a partir de 1953, donde el dominio de la forma y el fondo de sus películas le situarán en uno de los grandes directores de la historia del cine.

Top 10 + 1 Hitchcock (1922 – 1953) (sin orden de preferencia y por orden cronológico)
- 1. “El enemigo de las rubias” (1927)
- 2. “39 escalones” (1935)
- 3. “El agente secreto” (1936)
- 4. “Rebeca” (1940)
- 5. “Sospecha” (1941)
- 6. “La sombra de una duda” (1943)
- 7. “Recuerda” (1945)
- 8. “Encadenados” (1946)
- 9. “La soga” (1948)
- 10. “Extraños en un tren” (1945)
- 11. “Yo confieso” (1953)

Continuará…