
Nuestro autor invitado de hoy, Javier Viraje, nació en Gijón (Asturias) hace 61 años, aunque reside en Alicante desde los 10. Trabajó durante 40 años en una empresa de Telecomunicaciones como encargado de Logística y Operaciones, en el Departamento de Redes.
Ha publicado artículos, cuentos y poemas en revistas y libros colectivos y obtenido varios premios nacionales e internacionales en certámenes de relato corto y microrrelato. De 2004 a 2008 formó parte del consejo de redacción de la revista literaria Auca de las Letras. De 2009 a 2012 participó como socio, escritor y diseñador en un proyecto sobre cuentos biográficos personalizados, Vivir para contarla. Desde 2016 colabora en la Tertulia Literaria del Centro de Estudios Iberoamericanos Mario Benedetti, de Alicante. En 2004 la Editorial Víctor Pozanco (Barcelona) publicó su poemario Vértigo de la Clepsidra. Y en 2024 vio la luz su primer libro de microrrelatos, Con Brevedad y Alevosía (Editorial Nazarí, Granada), que hoy nos ocupa.

Los 125 textos breves que recoge este libro suponen un pequeño cosmos narrativo. Hay en muchos de ellos un tono poético, y en otros, un punto de ironía. Entre los asuntos tratados, encontramos denuncia social, humor, parodia o tragedia. Los hay que abordan lo cotidiano, pero también los que traspasan la delgada línea entre lo real y lo fantástico. Algunos tienen que ver con el paso del tiempo, otros con el amor de distintos tipos, con los sueños, la muerte, la violencia doméstica, el azar, la guerra, el cine, la música, los juegos de palabras, y, sobre todo, con el poder sanador de la gran literatura.
El autor ha seleccionado para nosotros los siguientes textos de Con Brevedad y Alevosía:
Continuidad de los libros
Cogió el libro con una mano y con la otra llamó a la portada, toc, toc, toc. El protagonista
abrió el tomo de par en par e invitó a pasar al lector, que dejó su abrigo en el prólogo y
avanzó por un largo pasillo con forma de palimpsesto hasta alcanzar el primer capítulo, una
habitación inquietante con vistas al parque de los robles y a un río de historias donde se
bañaban unos personajes de lo más variopinto. El lector sacó sus prejuicios de la maleta y
los colgó de una percha. Esa tarde, después de escribir una carta a su apoderado sobre una
cuestión de aparcerías, se arrellanó en uno de los sillones de la estancia y comenzó a leer la
novela armado con un marcapáginas a modo de puñal.
Entre diálogos, monólogos, confabulaciones e intrigas, la noche fue ganando espacio y
ensombreciendo la trama. Entonces, el lector aceleró el ritmo de lectura en medio de un
terrible giro narrativo. Cuando vio que el marcapáginas había desaparecido, no le fue difícil
presentir el desenlace. Quiso pasar páginas a toda prisa. Y así lo hizo. Sin embargo, al voltear
la última hoja (sin duda la más afilada) comprendió, aturdido, que era él quien se estaba
leyendo a sí mismo y el corazón le dio un vuelco. Trató de salir de la novela para evitar que
ante sus ojos apareciera el inefable FIN, pero justo en el último párrafo tropezó con la palabra
“ficción” y se precipitó sin remedio por un epílogo de páginas amarillentas, olvido y crisantemos.
Una mujer precavida
Aunque ya está jubilada, la mujer del lanzador de cuchillos fue en su época una partenaire
enigmática y muy bella. A lo largo de su larga vida recorrió con el circo los cinco continentes
y conoció a infinidad de personas y personalidades. Cuando le preguntan si alguna vez
cometió infidelidad, ella responde que oportunidades no le faltaron, pero que, dada su
condición laboral, prefirió no arriesgarse nunca por miedo a que su marido sospechara del
adulterio en plena función.
La alarma
Cuando atravesé por primera vez la puerta de salida, pude comprobar el sofisticado
sistema de seguridad que aquellos grandes almacenes tenían instalado.
El guardia jurado, tras un minucioso registro a través de todos los recovecos de mí cuerpo
logró encontrar y, posteriormente arrebatarme, la nota manuscrita donde yo, con mucha
paciencia, había copiado algunos versos de un poemario que estaba en la estantería.
Finalmente me dejaron marchar. Esta vez, al salir, la alarma no sonó.
Te amo de memoria
Hace 60 años, en el parvulario de la escuela de Doña Lupe, te recité de memoria una
fábula de Samaniego. Hace 55 estrené mis primeros guantes de portero de fútbol. Tú venias
a verme jugar los domingos, ¿lo recuerdas? Hace 50 plantamos juntos un árbol (un limonero,
creo). Hace 45 conseguí un empleo en la administración. Hace 40, al acabar el baile anual de
“las luciérnagas”, te regale un modesto anillo de compromiso con una circonita engarzada
en plata. Hace 35 nació nuestra preciosa hija. Hace 30 te dediqué mi primera novela: “Con
cariño y admiración, para esa voz que me sostiene y esa mirada que me alumbra”. Hace 25 hicimos juntos el Camino de Santiago. Hace 20 enterramos a nuestra querida hija. La vida devino páramo y se nos hizo de noche. Hace 15 celebramos nuestras bodas de plata. Hace 10 nos mudamos a una casa con huerto, frente al Mediterráneo. Hace 5 me jubilaron anticipadamente. Hoy los médicos me han diagnosticado principio de Alzheimer. Dentro de 5 años, recuérdame por qué te sigo queriendo tanto.