Pedro Soler. Dos años desde la gran pérdida del mundo de la cultura en Murcia.

Pedro Soler. Fotografía de Vicente Vicens.

Siempre se suele hablar bien de alguien o se recuerda cuando ya no está. Y a veces no se le dice en vida todo aquello que se repite hasta la saciedad cuando ya ha muerto.

Cuando Pedo Soler se fue, las redes sociales se llenaron de palabras maravillosas hacia él, pero yo no publiqué nada en mis redes sociales profesionales. Me entristece que suele ocurrir siempre lo mismo con los días señalados. El día de la mujer, el día contra la violencia machista, el día contra el cáncer.. (enfermedad culpable de que hoy esté escribiendo sobre él). Parece que después de ese día, se olvida esa fecha destacada.

Pedro Soler. Fotografía de Vicente Vicens.

Yo, dos años después, no me he olvidado de Pedro Soler. Me enteré de su muerte a través de muchos mensajes de artistas que me llegaron con frases del tipo «sé lo importante que era para ti». Incluso de artistas que no viven en Murcia, que lo habían conocido por mi trabajo.

Sabían que para mí era importante, pero lo que no sabían es que era la imagen más cercana que he tenido de abuelo. Lo importante es que él sí lo sabía.

Afortunadamente, no me quedé sin decirle las cosas más trascendentes, aunque me habría gustado poder decirle más más. El día que murió, fue la primera vez que mi pareja me vio llorar.

Lo conocí hace más de 10 años, aunque ya sabía de su existencia mucho antes porque leía sus artículos mientras era estudiante. Era uno de los periodistas culturales más reconocidos de Murcia. Crítico de arte. Aunque él decía que no era crítico, que era comentarista, ya que lo que hacía era comentar sobre arte. Siempre fue muy modesto.

Al principio, venía al lugar donde yo trabajaba hace 10 años, con su sombrero, se sentaba frente a mí, y con su humor característico al que mucha gente le costaba pillar, me hacía preguntas y me pedía que le mandara información. Siempre quería escribir buenas notas de prensa para que él utilizara fragmentos en sus textos. Eso era señal de que le habían gustado, y siempre lo hacía. A pesar de ser notas de prensa, las trabajaba mucho más, a modo de críticas de arte, hasta el punto en el que él me citaba cuando mencionaba mis fragmentos.

Llegó un día donde me entrevistó sobre el IVA. Al nombrarme, puso que yo era la directora de esa galería. La verdad es que lo era oficialmente, incluso había tenido que ir a la asesoría para ello. Pero no era algo de lo que presumiera, porque al anterior director no le iba a hacer gracia (dejémoslo ahí). Pero Pedro Soler, que sabía todo lo que yo hacía, me puso en el periódico lo de directora de la galería seguido de mi nombre. Claramente veía que era yo la que me encargaba de todo, la que hacía esas funciones directivas.

Me gustó que se supiera a través de Pedro Soler ese matiz. Me encantó que a través de él se supiera cuál era mi lugar. Y así fue desde entonces. Él se encargo de demostrarle a la gente cuál era mi sitio.

Desde el primer día que abrí mi propia galería, él me sacó en prensa. Y desde entonces venía a ver prácticamente todas las exposiciones que tuve. Se sentaba conmigo, me preguntaba cosas… Pero a veces no me preguntaba sobre las obras, me preguntaba sobre mí. Se preocupaba por cómo estaba, por cómo me iba. Una de las veces que vino a verme y no estaba, me llamó preocupado. Le pareció muy extraño que yo no hubiera abierto un día. Había tenido que ir al médico por una bronquitis. Me dijo que me dejara de tonterías de viejos, que yo era muy joven para ponerme mala. Tenía el don de decirte las cosas como si estuviera enfadado contigo pero haciéndote ver lo mucho que le importabas. Era su forma de ser. Su humor extraño. Pero también, además de eso, a algunos privilegiados, nos llamaba «cariño» o con algún mote cariñoso como «pichona».

Yo me sentía mal por darle la lata y mandarle tantas notas de prensa al tener una programación tan extensa. Pero cuando no lo hacía, me llamaba por teléfono, y si no podía cogérselo, me mandaba mails para pedírmelas. Nunca le pedí ningún favor, y aun así me ayudó todo lo que pudo. Hubo veces en las que existieron algunas injusticias conmigo a través de otras personas, pero él se encargó de mover cielo y tierra para que fueran justos conmigo.

Recuerdo cuando me dio la noticia de su enfermedad. Me llamó por teléfono y me contó que sólo lo sabían algunos miembros de su familia, y quería que me enterara por él. Fue una de las peores llamadas que he recibido nunca. Si se había atrevido a decírmelo, era más grave de lo que parecía, aunque él quisiera quitarle importancia.

La vez que más ilusión me hizo participar en los eventos del Museo Ramón Gaya fue en la que compartí mesa redonda con él. Estar allí a su lado era algo muy importante para mí. Por entonces él ya estaba mal. Se quitó el sombrero para darme dos besos y vi su cambio físico. Me impactó mucho. Tuve que aguantarme las ganas de llorar porque unos minutos después tenía que salir a hablar con él delante de todos los asistentes al museo. Durante todo el tiempo lo miraba con muchísima admiración. Cuando estábamos acabando bromeó diciendo que si hubiéramos sido diez, nos habríamos ido luego todos a tomar algo, pero como éramos más, no. (Si lo conociste, al leer estos detalles seguro que los recordarás con una sonrisa y no te sorprenden viniendo de él.)

Pedro Soler y Sofía Martínez Hernández en el Museo Ramón Gaya.

Hice una publicación en redes sociales para contar lo que me había encantado aquel día, y la admiración que sentía por él, porque pienso que las cosas hay que decirlas en vida y no esperar a que sea tarde. Me da mucha pena que la gente diga lo genial que era alguien o lo mucho que le quería cuando ha fallecido y a veces no sean capaces de decirlo cuando todavía pueden escucharlos.

Mis abuelos murieron cuando yo era pequeña y apenas pude tener relación con ellos, así que -como anotaba anteriormente-, la imagen más cercana a abuelo que tuve en mi vida fue la suya. Y afortunadamente se lo dije.

Una nochebuena le mandé un mensaje para ver cómo se encontraba y me dijo que estaba en el hospital. No quería perder tiempo yendo a comprar un regalo, así que miré mis estanterías y cogí uno de los libros que más me han marcado: Resurgir de Margaret Atwood. No suelo subrayar las novelas, pero con esta no pude evitarlo. Demasiadas frases genialmente demoledoras que no quería perder para releer. Así que tomé ese ejemplar, subrayado por mí, y le escribí una dedicatoria. Muy larga y muy personal, en la que en resumen le decía lo importante que era en mi vida. Para mí no sólo era el redactor jefe de cultura del periódico La Verdad, ni el cronista oficial de Murcia, ni sólo un escritor o periodista, o crítico o comentarista de arte como él decía. Para mí, por encima de todo eso, era una persona maravillosa a la que quería mucho.

Le pregunté el número de habitación y me planté en el hospital con el libro que había envuelto en papel de regalo. Atravesé un pasillo que me pareció infinito. Abrí despacio la puerta de la habitación y lo vi a él mirándome sonriendo. Estuvo casi todo el rato riñéndome con frases del tipo «pero vete a tu puta casa ya de una vez, que es nochebuena». Pero en el momento que me dijo que estaba en el hospital, no me salió otra cosa diferente que no fuera ir a estar allí con él. Hablamos de muchas cosas. Siempre haciéndome ver que me apoyaba con todo. Intentábamos fingir como si no pasara nada, como si no estuviéramos en el hospital, como si fuera uno de esos días en los que pasaba por la galería después de venir del mercado de hacer la compra y venía a verme. Me costó irme. Al cerrar la puerta de la habitación, me rompí por aquel pasillo infinito con adornos de navidad. Yo por entonces vivía a dos minutos andando de ese hospital. Le había dado el libro justo antes de irme porque me daba vergüenza que leyera la dedicatoria delante de mí. En cuanto llegué a casa me sonó el teléfono. Era él. Me dio las gracias por haber ido a estar con él y me dijo que me quería mucho. Con la voz rota, le dije que yo también.

Así que una publicación en redes sociales cuando murió me parecía que no era suficiente. Decidí escribir esto sobre él porque una amiga me dijo un día que sabía quién era Pedro Soler por haberme escuchado a mí hablar de él. Y eso me hizo pensar que qué mejor que poder hablar sobre Pedro Soler en una revista cultural nacional, y que no sólo quedara en Murcia. Que todas las personas que no supieron quién era, lo pudieran descubrir. Me correspondía haber hecho una crítica de alguno de sus libros, pero directamente os animo a leerlos y reservo este espacio para intentar que sepáis de él. Pero no como la mayoría de la gente lo conoció, a veces cascarrabias, otras veces con su duro humor en las entrevistas a los artistas en las que -muy serio- les hacía preguntas del estilo: «¿Pero tú crees que haciendo esto te vas a ganar la vida?», ni como crítico, ni como escritor, ni como periodista… Quería que lo conocieran como lo conocí yo: con un amor inmenso por las personas que le importaban y por un amor inmenso por la vida.

Podría poner muchísimas historias compartidas con él. Un día que fue a la galería, yo estaba montando una exposición. Pasó a verme porque días antes me había caído un cristal sobre la pierna al lado de un contenedor de basura y me tuvieron que dar doce puntos. Iba coja, y notaba la vibración del taladro en los puntos interiores, pero no podía no ir a trabajar. Había una obra que pesaba bastante y quiso ayudarme. Se puso a colgarla conmigo y le dije que le iba a hacer una foto porque ya hasta montaba exposiciones. Se la hice y me dijo: «como vean esa foto algunas personas, me van a odiar, pero ya sabes que me da igual». Nunca la publiqué, pero he querido compartirla hoy con las personas que estéis leyendo este artículo/panegírico en el segundo aniversario de su muerte.

Pedro Soler en Galería Léucade.

Así que disculpad si esto no es una análisis a sus libros, ni a sus artículos, ni a la figura de él como periodista, escritor, crítico de arte o comentarista como él quería corregir. Quiero que la gente conozca al Pedro Soler que yo llegué a querer tanto, al que todos los que conocimos tan bien, todavía notamos su ausencia. Y pensé que merecía aparecer aquí, en Amanece Metrópolis, de alcance nacional e internacional. En una revista de cultura debía aparecer el que era LA CULTURA en Murcia. Visitaba las exposiciones, preguntaga a los galeristas, pedía toda la información posible, se reunía con los artistas, los entrevistaba, buscaba más información sobre ellos, leía publicaciones y catálogos anteriores, y con la suma de todo, creaba su propia crítica. Me encantaba su forma de trabajar.

Pedro Soler, a pesar de todo lo que hacía, sacaba tiempo también para perderse en el archivo regional investigando sobre temas que quizá nunca llegaría a publicar y no verían la luz. Pero así era él, pensaba que las cosas había que intentarlas, aunque no llegaran a donde a nosotros nos habrían gustado.

Me vais a permitir que utilice su recuerdo con los que no lo conocisteis para que lo hagáis también vuestro, y podáis usarlo en recuerdo de las personas que hayáis perdido. Porque tristemente, hasta que no somos conscientes de la pérdida, no valoramos bien lo que tenemos. Y cada ausencia se convierte en un nuevo recordatorio de ello.

Pedro Soler bromeando a partir del minuto 02:57.

Cuando tengas días tan malos en los que se mira al cielo y parece que los pájaros en bandada vuelan desordenados, piensa en qué haría esa persona o personas que has perdido si pudieran disfrutar de los pequeños detalles maravillosos que tiene la vida.

Parece que cuando somos pequeños disfrutamos más de las cosas al no ser conscientes de la realidad de la vida. Yo todavía recuerdo el sonido de un piano que sonaba cuando iba por una calle por la que pasaba todas las tardes. Nunca supe si era un hombre o una mujer o qué edad tendría la persona que lo tocaba, pero siempre me pareció algo maravilloso y creo que esas cosas que tanto nos gustan no deberían olvidarse. Cuando era pequeña me parecía un lujo perfecto ponerme los auriculares en un centro comercial para escuchar un disco que no iba a poder comprarme. Pero estar allí, con el volumen al máximo, escuchando discos que me encantaban mientras veía a la gente pasar en silencio (porque no podía escuchar más allá de la música), me parecía perfecto. Quedarme dentro del coche cuando mi padre lo llevaba a lavarlo a la gasolinera al conseguir los puntos suficientes por echar gasolina que equivalieran a un lavado gratis. Me quedaba viendo cómo los rodillos engullían el coche conmigo dentro, y sólo veía rodillos multicolor y espuma a través de los cristales, y para mí eso era como una atracción en un parque de atracciones. Me encantaba el olor a brocoli o el olor a pimientos porque así olía mi madre al llegar del trabajo, del almacén en el que empaquetaban brócoli o del sequero de pimientos.

Actualmente sigo recordando todo ese tipo de cosas y maravillándome con otros pequeños detalles. Porque la vida, a pesar de las muchísimas cosas horribles que nos ofrece, también nos brinda otras tantas exquisiteces. Incluso pequeñas cosas tontas que deberíamos saborear más. Como el ir en el coche y que de repente pongan en la radio a Janis Joplin, subir el volumen muchísimo, notar la vibración en el asiento y que la piel se te ponga de gallina. Que te ronronee uno de tus gatos sobre el pecho y que te retumbe en tu caja torácica. Ver en una tienda a un niño con un mini cactus azul que le acaban de comprar y sonreír al ver cómo lo sostiene entre sus manos como el mayor tesoro. Pasar por la sección de bricolaje y embriagarme con el olor a madera. Y podría poner una lista infinita de pequeños detalles que intento descubrir cada día y disfrutar de cualquier absurdez como lo más maravilloso del mundo. Porque ahora estamos vivos y debemos aprovecharlo, porque no sabemos cuándo se nos acabará el tiempo. Cosas pequeñas dentro de este caos que a veces resulta ser la vida. Sobre todo en un año como este, en el que es horrible lo que está ocurriendo, y es desolador el número inmenso de familiares y amigos que está perdiendo muchísima gente.

Espero que entendáis que aproveche este espacio para la cultura para hacer esta plegaria en la que quiero que el máximo número de personas posibles puedan descubrir quién era el gran hombre de la cultura Pedro Soler, y les sirva para recordar que las mejores cosas de la vida siempre tienen final.

Fotografía de Martínez Bueno.

[Gracias por tanto, Pedro (nunca me salía llamarte Perico). Porque todavía hoy, dos años después del vacío que dejaste en el mundo cultural de Murcia, sigues ayudándome a ver muchísimas cosas de la forma más bonita que las ofrece la vida. Murcia te echa de menos. Yo te echo mucho de menos.]

2 comentarios

  1. Simplemente gracias, Sofía. Escuchar o leer sus vivencias es algo que celebro porque en el fondo no dejan de ser «sus lecciones» y cualquier comentario suyo era una fina ironía que tenías que aceptar como la mayor de las verdades, con sutileza o palabras directas, como púas, siempre desde el cariño. Lo dicho, un gusto leerte. También desde el cariño. 🙂

  2. Sofía, entiendo tu admiración por mi tío Pedro, el PAYO GÓMEZ, QUE para mí ya eres una más de la familia, si lo aceptaste como casi abuelo, no te enorgullece muchísimo, seguro que pronto nos conoceremos, un saludo muy cordial desde su tierra nativa de ABARÁN. GRACIAS DENUEVO POR TUS PALABRAS.

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