¿Pedro o Pere?

Hay que ser consecuente con uno mismo y aceptar que, a pesar de que ciertas cuestiones transcienden lo económico, no por ello podemos rehuir pronunciarnos al respecto. Máxime cuando esas cuestiones, cuestión en este caso, afecta al devenir económico del país. Pero esta cuestión es delicada de tratar, no porque sea fuente de conflicto, que lo es, si no porque parece que adoptar una determinada posición es sinónimo de una determinada tendencia política, aunque nada más lejos de la realidad en este caso.

Hay que tener mucho cuidado con las actitudes preconcebidas que suelen derivar en apropiaciones de valores y conducen a la expulsión de los otros del derecho a opinar. La última dictadura que gobernó este país se apropió de ciertas manifestaciones culturales y deportivas con la intención de hacer suyo lo que gustaba a los ciudadanos y propiciar una aceptación del régimen. Aunque dispongo de ciertos datos que desmontan estereotipos muy asentados en la sociedad no quiero distraer la atención. Por eso es preocupante cómo se señala a los que discrepan de lo que, parecen ser, las opiniones dominantes por aparente modernidad. A pesar de ello, tomaré partido. Supongo que ya habréis adivinado que esto va de Catalunya o ¿debo decir Cataluña?

Los que hemos vivido en Cataluña y en Catalunya en varias etapas de la vida, en concreto en Barcelona, en la dictadura y en la democracia, nos sentimos con algo de derecho para opinar sobre la evolución de esa tierra, parte de nuestro país, y sobre lo que allí se dice, se comenta y, algunos, pretenden imponer al resto, no ya de catalanes, si no al resto de españoles. Vamos a partir de la base cierta que la Constitución que tenemos fue aprobada por una significativa mayoría de españoles, en casi todas las zonas del país, como una expresión de una voluntad y un deseo democrático. Sobraban cosas, faltaban otras y algunas no estaban claras. Pero la mayoría entendió, entendimos, que aquella propuesta permitía homologar nuestro sistema democrático, con mucha holgura, con el resto de las democracias europeas, que era lo que todos queríamos. Y ahí estuvieron los catalanes. ¿Estuvieron de forma calculada y por sentido táctico? ¿En aquellos tiempos no sentían como propia la transformación del país que les permitía hacerlo suyo? Hubo de todo.

Palau de la Generalitat de Catalaunya
Palau de la Generalitat de Catalaunya

Porque si ya entonces, 1978, no sentían como propio el país, como consecuencia de los cambios y transformaciones que se avecinaban, y que se terminaron produciendo, algunos tenemos todo el derecho a afirmar que nos sentimos engañados. Y nos sentimos engañados porque aquellos catalanes que estaban en la pomada, como se decía antes, y algunos otros que no estaban pero eran intelectuales de altura y relieve, nos decían a los reacios a apoyar el texto, que en él se recogían aquellas demandas básicas que, la verdad sea dicha, todos hicimos nuestras, “llibertat, amnistia, estatut d’autonomía”, y que daban paso a un nuevo tiempo. Por primera vez en muchos decenios parecía que el problema territorial estaba en vías de solución. Que la España invertebrada de la que nos habló Ortega, hace ahora casi 100 años, podía vertebrarse en torno a un texto que propugnaba

proteger a todos los españoles y pueblos de España en el ejercicio de los derechos humanos, sus culturas y tradiciones, lenguas e instituciones (del preámbulo de la Constitución de 1978)

Y de repente, aunque viene de muy lejos, casi nadie se siente parte de este país, España. Parecería que no les gusta el país porque no les gusta quien gobierna, lo cual es poco democrático, o piensan que “este” país ya no les hace falta para el futuro y ha llegado el momento de hacer realidad lo que llevaban pensando desde un primer momento. Si es lo primero, no debemos olvidar que en otro tiempo contribuyeron a que, esos de los que abominan, gobernaran con toda clase de ínfulas y de ello obtuvieron buenas prebendas. Si es lo segundo demuestra un aprovechamiento, indigno, sobre los demás ciudadanos del país y vendría a confirmar que su pretensión última, como algunos temían, no era otra que obtener el mayor lucro posible de una posición ventajista.

Porque, con el debido respeto, ninguna de las justificaciones de corte histórico, en las que se apoyan las tesis secesionistas, son ciertas. Ni existió la corona de Cataluña, ni fue un estado independiente, ni perdieron una guerra por defender unos fueros, ni fueron soberanos sobre tierras de Valencia, Baleares o Aragón, ni estuvieron al margen del poder de las coronas de Castilla y Aragón, ni solo ellos perdieron la última guerra civil, porque la última guerra civil, la de 1936 a 1939, la perdieron los españoles en su conjunto. Tampoco puede alegar Cataluña la exclusiva de un derecho civil propio, otros territorios lo tienen, incluso dentro de la propia Cataluña, como bien saben los ciudadanos de aquellas tierras y de Tortosa, por ejemplo. Para satisfacer a los curiosos les dejo esta joya bibliográfica y su adaptación a los nuevos tiempos, efectuada mediante refundición de una nueva norma con la antigua con unos años de retraso.

Descartadas, por escaso fundamento, las justificaciones históricas, no alcanzo a entender que otras razones pueden argüirse para sostener la pretensión independentista. La diversidad de lenguas que existe en España existe en otros países y nadie se rasga las vestiduras por ello, al contrario, lo defienden con orgullo, sin hacer ruido y con el mayor de los respetos para todos. Alsacia, cuya capital es Estrasburgo, es esa región que ha cambiado sucesivamente de soberanía, cuatro veces, en los últimos 150 años, y mantiene vivas dos lenguas, el francés y el alsaciano. Esa fraternidad, ejemplo de convivencia pacífica y culta, debe ser fruto de que allí se instaló la segunda imprenta de la historia en Europa, la primera de Francia. La cultura y el conocimiento hacen a las personas más dialogantes, al contrario de lo que estamos viviendo. En una de las fotografías que ilustra este artículo puede verse el tablón de anuncios que había a la entrada al templo de la Sagrada Familia de Barcelona en 1998 y en el que ya se hablaba de los països catalans, ¿dónde está la opresión y la falta de libertad? Por cierto, la iglesia católica, como de costumbre, con un pie en cada una de las orillas.

Tablón de anuncios a la entrada de la Sagrada Familia de Barcelona, 1998
Tablón de anuncios a la entrada de la Sagrada Familia de Barcelona, 1998

Hemos llegado a una situación en que ciertos grupos políticos, no precisamente proclives al independentismo, defienden el derecho a usar banderas no reconocidas y abominan que otros defiendan la suya bajo el pretexto de que es la española ¿no hemos aprendido nada de las enseñanzas de los comunistas españoles en 1978? Quizá una de las claves de todo este enredo se deba a que se ha gobernado y legislado desde posiciones que bien podrían ser tachadas de pre-constitucionales y a que se ha producido una toma al asalto de las instituciones, sin pudor alguno. Que ha dado lugar a esperpentos como que un magistrado del Tribunal Constitucional pudiese ser miembro de un partido político sin que ello haya supuesto corrección, sanción o censura alguna. Qué un político pueda ser hoy diputado y mañana miembro del Poder Judicial y pasado mañana vuelva a ser diputado. Que se apruebe en un solo decreto-ley, instrumento reservado para urgencias, la modificación de 25 normas y se transponga una directiva comunitaria.

En estos momentos nuestra España, también la de los catalanes pues son parte de ella, no está resultando ser ese estado inclusivo, alentador de oportunidades y generador de riqueza que a todos nos gustaría, está volviendo a ser ese estado excluyente y permisivo con las clases extractivas que está dando al traste con el avance logrado desde 1978, aun con defectos, y que nos había acercado a una Europa que vemos, de nuevo, alejarse en el tiempo político y social y en el espacio económico. A pesar del crecimiento del PIB y de las medidas de maquillaje social que se imponen en las últimas semanas para intentar tapar las grietas causadas al estado del bienestar.

Pero no se resuelven los problemas tomando las de Villadiego o alentando rupturas sin sentido, pues parte de las maldades de la exclusión y la extracción también proceden de Catalunya y en la independiente, más pronto que tarde, se repetirían. Basta recordar los episodios de corrupción procedentes de esa tierra y que uno de los partidos preeminentes ha prestado su sede como fianza para responder ante la justicia por asuntos turbios. Basta leer la historia para saber que en el gobierno de este país, España, siempre ha habido catalanes que han ocupado puestos de relevancia, en todas las épocas y en todos los territorios bajo dominio español. No han estado ausentes de nuestro devenir histórico, pues han sido parte en la toma de decisiones.

Ya sabemos que Catalunya es una parte significativa de la economía española, como también lo son la deuda de esa comunidad autónoma, la más abultada de todas tanto en términos absolutos como en relación al PIB, como las pensiones a las que deberá hacer frente la Cataluña independiente, como la administración que deberá poner en marcha para suplir a la de la Administración General del Estado y que tendrá un coste superior a aquella de más del 25%, dados los salarios públicos que se pagan en Catalunya. Y no olvidemos que, si bien la Cataluña independiente podrá cambiar en muy breve espacio de tiempo a sus proveedores localizados en el resto de España, ¿cuánto tiempo le costará reponer a los clientes que perderá en ese resto de España?

Hacia el año 1989, más o menos, en un viaje turístico a Catalunya, visité, en compañía de unos catalanes, el parque Catalunya en miniatura. El primer edificio que te encontrabas era la catedral de Palma de Mallorca y le pregunté a uno de mis acompañantes, en tono jocoso, ¿el parque empieza con los dominios de ultramar del imperio catalán? Como decía al principio, apropiarse de los méritos personales, en este caso de Gaudí, y vincular las actuaciones profesionales en otras tierras, con los de un régimen, en este caso los de una Cataluña atemporal inexistente, no es sinónimo de progreso.

No, no comparto los deseos de independencia de algunos catalanes, como no comparto la tensión que sobre el resto de España ejercen los mismos, como no comparto esta deriva sin fin a la que estamos sometidos desde hace tantos años. Esta tensión innecesaria y costosa la vamos a pagar con elevados intereses en el futuro. Me sumo a lo que ha afirmado recientemente Josep Borrell, que fuera Presidente del Parlamento Europeo, respeto a aquellos que defienden la idea de independencia, pero condeno a los que mienten para defenderla.

salud a tod@s
PS: Este artículo está escrito desde el 29 de agosto, antes del intercambio epistolar, dirigido a catalanes y españoles, que se ha producido en los medios.

Pedro L. Egea

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