Hace un par de semanas buena parte de los 35.000 asistentes en el RCDE Stadium de Cornellá gritaban extasiados a los cuatro vientos “Musulmán el que no bote”, durante el desarrollo del partido entre la selección española de fútbol y la de Egipto.
Lo que nos ocupa en estas líneas, más allá de las consecuencias deportivas del suceso, es “el cómo”, después de tantos años de integración e incluso con lo que ello representa por lo general en el deporte y en particular en el mundo del fútbol se ha podido llegar a este extremo, tal como está ocurriendo en todos los ámbitos sociales.
Por poner solo otro ejemplo, insistiendo en el caso del fútbol profesional, en el R. Madrid, por excelencia el equipo nacional de referencia, en su once titular apenas si apunta en muchas ocasiones solo un jugador español “blanco”, mientras el resto son extranjeros, la mayoría de raza negra, que profesan una amalgama de religiones.
Pero fue precisamente en el estadio Santiago Bernabéu donde pudo verse de manera más nítida semejante desatino cuando en un partido frente al F.C. Barcelona a la estrella rival –Lamine Yamal, español, de origen marroquí y ecuatoguineano, musulmán y también seleccionado en Cornellá-, se le proferían insultos racistas por el color de su piel.
Lo que viene a poner en evidencia que tales aficionados soportan de mala gana la etnia de sus propios jugadores, del mismo modo que es de suponer sus creencias religiosas, y se delatan ingenuamente cuando la cosa se tuerce frente a sus rivales. Y eso que ha sido también este mismo club el que ha censurado en numerosas ocasiones las actitudes racistas contra alguno de sus futbolistas en otros estadios.
Lo presenciado en Cornellá, a decir de algunos comentaristas con casi la mitad del estadio gritando “Musulmán el que no bote”, pone de relieve el estado de envilecimiento al que ha llegado una parte de la sociedad española tanto como toda la cultura occidental y que, como vemos, causa estragos enardecida por una estirpe de personajes infames; fortalecidos ahora con el regreso de Trump I, su corte de fanáticos al frente de los EE.UU. y su legión de seguidores a lo largo y ancho del mundo.
Hemos intentado en numerosas ocasiones desentramar semejante estado de cosas mediante la comprensión primero del “por qué”, se ha llegado a ello. Qué es lo que ha ocurrido en nuestro entorno para que fenómenos que han resultado tan trágicos para la historia como el nativismo, el racismo y la xenofobia que acaban impulsando modelos políticos autoritarios como el fascismo hayan calado de nuevo en todos los estratos sociales.
Sin duda, han sido numerosos factores como el aumento de los desequilibrios, la quiebra del ascensor social, una desmedida obsesión consumista inducida, la degradación del entramado laboral en beneficio de un intangible mundo financiero o la extraordinaria dificultad de acceso a un bien tan necesario como la vivienda, todos ellos extrapolables a la práctica totalidad de países de occidente resultado de un modelo capitalista llevado a sus últimas consecuencias, lo que ha dado pie al rechazo de las instituciones y la búsqueda de chivos expiatorios ante la manifiesta ineptitud de la clase política dominante para solucionar los problemas de la gente.
Del mismo modo, como ocurriera en otros momentos de la historia, la irrupción en ese mismo escenario de voces con respuestas simples a problemas extraordinariamente complejos han dado lugar a manifestaciones populares como las del estadio de Cornellá que se multiplican por todas partes y cuentan con el aval de líderes insospechados que con una verborrea fácil atraen a las masas en un momento de debilidad extrema y utilizan ahora hábilmente las redes sociales para inocularles ingentes dosis de su veneno y poniendo de paso en la diana las capas más débiles de la sociedad.
En esa estamos, a la espera de acontecimientos y saber cuál será el siguiente acto de una distopía que parece cada vez más real y cuya deriva no parece tener límites.