Etiquetas

Los habitantes de estos tiempos de globalización solemos tener unas miras que padecen de una lamentable estrechez en muchísimos aspectos, y esto no es nuevo, sucede desde que el mundo es mundo, pero dada la tendencia a la alienación con la excusa de las herramientas informáticas, y sumado a ello la apatía generalizada, el problema está agravándose cada día más. Las personas suelen vivir pendientes del móvil, la tableta o el ordenador y demasiadas veces pasan por la vida, sin enterarse que es lo que sucede a su alrededor.

Uno de los síntomas de este mal es un defecto común que se aplica a todas las disciplinas de la vida y es el “etiquetamiento”; y con ello me refiero a que “a priori”, se ponen etiquetas a todo, sin conocer ni remotamente las verdaderas causas de los hechos. Se mira y se piensa: anciano: cascarrabias, niño pequeño: maleducado, algo clásico: aburrido, libros: no tengo tiempo y una larguísima lista de etc. salpicados de algún que otro prejuicio con disfraz eufemístico.

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De esto no se salva nada ni nadie, y la cultura no es la excepción. El común denominador de las personas habla de cultura como de un ente abstracto, casi inalcanzable, al cual uno se arrima esporádicamente, cuando va a un museo, biblioteca, concierto de música clásica, exposición, etc. La mayoría de las veces, se acude a dichos eventos, con la intención de contagiarse algo que a otros parece sobrarle. Si salen sin entender una sola palabra, cuadro u obra, se los oirá decir: ¡qué interesante! Y alguno también exclamará: ¡decididamente ecléctico! con tonito altisonante, pero vacío de contenido.

Ahí está el error. La cultura no se cuantifica ni se cualifica, se disfruta. Te guste o no te guste y en solitario o en colectivo. Y se hace en cualquier sitio. Veamos las definiciones de la palabreja según la RAE:

  • Conjunto de modos de vida y costumbres de una época o grupo social.
  • f. Resultado o efecto de cultivar los conocimientos humanos.

Tenemos mil ejemplos para aplicar en la vida diaria la primera acepción: si tropezamos en la calle con otro transeúnte y le pedimos disculpas o nos molestamos en caminar tres pasos hasta la papelera más próxima, en vez de tirar el envoltorio en el suelo o si al levantar la vista del móvil, vemos a una persona mayor o una embarazada viajando de pie en el autobús y les cedemos el asiento o ayudamos a cruzar a un invidente, estamos siendo educados, pero también cultos y lo que es más importante, estamos transmitiendo cultura a los demás, porque predicamos con el ejemplo.

En cuanto los conocimientos, es bueno traer a la memoria algunos tópicos tales como: “los libros no muerden”, “el culto se hace, no nace”, “abre tu mente” o “el saber no ocupa lugar”, para nombrar algunos de los miles que podrían ilustrarnos. Al parecer estudiar, aprender, cultivarse, es algo que si no se hizo de joven, de mayor: ¡olvídalo! Craso error. Cada vez que adquirimos un conocimiento, por el medio que sea y nos tomamos la molestia de analizarlo y cotejarlo con nuestros valores y principios de vida, nos estamos culturizando. No solemos prestar mayor atención a la enorme cantidad de información que adquirimos a cada momento, pero si hiciéramos el esfuerzo, podríamos acostarnos cada día con la satisfacción de haber aprendido conscientemente, algo nuevo.

Usted qué cree… ¿esto TAMBIÉN es cultura?

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