Hay textos escritos muchos años atrás que siguen estando vigentes cuando se reviven, cuando se vuelve a poner en contexto la situación y visualizar de nuevo la película. Estas líneas fueron escritas nada más terminar el primer visionado y después de volver a Érase una vez en Anatolia -Bir zamanlar Anadolu’da (Once Upon a Time in Anatolia)-, me reitero, añadiendo al final alguna cosa más:
“Todavía queda buen cine que se puede hacer y disfrutar con una historia simple, llana, que hasta te crees que pueda pasar de verdad, aunque muchas de las cosas que te cuenten sean surrealistas a primera vista, pero si nos detenemos a pensar en lo que hacemos día a día, no difiere tanto de lo que vemos en pantalla.
“Érase una vez en Anatolia”, una propuesta turca con toda una narración de lo cotidiano de la humanidad, de lo simple y complicado que podemos llegar a ser, una cinta que expresa los dobleces que puede tener el hombre, pero que finalmente salen a la luz para bien o para mal.
Queda patente que los premios dan igual o, al menos, al director Nuri Bilge Ceylan y a la película les ha dado lo mismo recibir el Gran Premio del Jurado en el Festival de Cannes de 2011, ya que el estreno, como siempre, a nuestro país llega con gran tardanza, algo a lo que estamos acostumbrados con buenas propuestas, pero eso sí merece la pena esperar.

El ser humano tiende a idealizar los conceptos y no siempre decimos lo que pensamos, sino lo que queremos, así que no siempre todo es tan fácil y tan directo; como es el caso del protagonista aquí expuesto, que no sabe dónde va, ni de dónde viene, porque no recuerda nada con respecto a un homicidio en el que se encuentra involucrado, simplemente un árbol de referencia, pero ¿será mentira que no recuerda o su subconsciente le está jugando una mala pasada y le ha hecho olvidar unos hechos que no le parecen ni quiere saber reales? Porque, señores, la culpabilidad apareció, seguro, y por eso su desconcierto ante el desenlace de la trama.
El director ha utilizado una fotografía simple pero limpia, donde dibuja los parajes con amplitud y donde todos los personajes tienen una representación especial; cada uno tiene su papel y su lugar muy bien delineado. Las cámaras les enfocan en planos fijos para que nos fijemos bien en sus miradas, que tienen mucho que contarnos.”

Volver a ella realiza nuevos descubrimientos y otras reafirmaciones. Primero, que la duración de una película no debe impedir su visionado, 157 minutos que son de atrapar en un suspiro. El director tuvo la capacidad, y valentía, de llevar un relato con serenidad, con pausa y con el sigilo necesario para plasmar un contexto hostil, pero que resulta totalmente veraz, pese a lo dispar que podamos conocer en nuestra cercanía.
Segundo, que descubrir que esas secuencias y planos alargados en el tiempo nos hace sentirnos inmersos en la historia, y que hace de ello un potencial inmersivo que va incrementando durante el metraje.
Destaparse el surrealismo latente por momentos, que contrasta con una sociedad tan sumergida en la corrupción, en la pobreza y en lo delirante que puede llegar a ser el humano. Simplemente una obra a tener en cuenta para volver a ella, y además seguir a su director.
