Blanca y desnuda, con la boquita pintada de rojo y un trazo curvilíneo que sugería una única ceja. Las manos detenidas en el mismo gesto indescifrable que me había llamado la atención en la boutique. Me había seguido desde Gran Vía y no podía por menos que haberlo notado. Pero es que tengo un adolescente en casa, dos gatas con uñas letales para la fibra de vidrio y cero tiempo para amigas. Abrí la bolsa charolada y le puse sobre los hombros el abrigo del que le había despojado la dependienta. De todas formas, a ella le sentaba mejor que a mí. Prometí visitarla alguna tarde en aquel escaparate que había tendido un extraño cordón umbilical entre las dos. No podría explicar cómo lo supe, pero pareció entenderlo.
Sembrando el caos
27 enero, 2026
TRADICIÓN, LEYENDA Y CORAZÓN EN LOS “CUENTOS DE EVA LUNA”
26 enero, 2026
Gente de palabra
23 enero, 2026