El efecto K. El montador de Stalin: qué duro es ser moderno

Madrid, como las grandes ciudades, es una ciudad infinita, inagotable. Da igual las veces que recorras la Carrera de San Jerónimo hacia Sol, siempre es diferente: la compañía, la estación, los caminantes, las luces. Habitar multitudes tiene una ventaja para el viajero curioso: se puede camuflar entre las tribus urbanas, investigar las modas, bailar un rato con la modernidad, lejos de Metrópolis.
Bojana venía desde Viena con su nuevo look, pelo rubio y gafas de sol de bambú, y con una lista de bares indies impresa de Rockingcharidairy, que nos habla de bares tan hipsters donde, y cito literal, hasta las placas de los extintores llevan bigote. Entre tanto, uno se entera de la disputa entre Malasaña style (los mojitos en tarros de mermelada del Zombie Bar o las bicicletas de La Bicicleta) y los ‘antonmartineros’, retros que comen tarta de chocolate con naranja en La fugitiva mientras escuchan y beben presentaciones de libros, clubes de lectura o talleres de escritura. En un rincón de La fugitiva esperábamos sentados la hora de la película en el Cine Doré, en Santa Isabel, 3, de la Filmoteca Nacional, que por 2,5€ habíamos elegido para empezar la tarde del sábado.
Art house film o home movie, que en el castellano de mi pueblo significa que no las ve ni Boyero, fue el término que desde la Europa rica utilizaron Bojana y Michaela para calificar El efecto K. El montador de Stalin (noviembre 2013) dirigida por el cineasta alicantino Valentí Figueres y producida por La Hormiga Roja. Los laureles casi caben en la cabecera de la web.
Cartel El efecto K

La vida de un espía ruso, Maxime Stransky, actor en Moscú en los años 20, lleva al espectador por los grandes acontecimientos de la historia del siglo XX, desde el triunfo de la Revolución rusa al Crack del 29, de la Guerra Civil española al asesinato de Trotsky en México, de la fabricación de la bomba atómica a la Segunda Guerra Mundial, desde el retorno a la URSS tras atravesar el Polo Norte hasta el inicio de la Guerra Fría. Dos familias, una en la URSS, donde comparte amistad con el cineasta Sergei Eisenstein (El acorazado Potemkin), donde se convierte en hombre fuerte de Stalin, viajando a China para falsificar dólares. Como espía viaja a Valencia para matar a un anarquista español, se come una paella en la Playa de la Malvarrosa con Ramón Mercader, en Casablanca accede a información secreta y, finalmente, se instala en Hollywood como productor bajo el nombre de Max Ophuls (La conquista de un reino; Carta de una desconocida), donde conoce a Chaplin y funda una cédula de la resistencia comunista, perseguida después por McCarthy en la famosa ‘caza de brujas’. Al ser descubierto, huye hasta la URSS con sus propios medios atravesando el Polo Norte, donde es recibido con honores de estado. Stalin le encarga el fabuloso papel de adoctrinar a los adolescentes del régimen a través de un documental extraído de sus grabaciones. Pero el montador de Stalin lo desmonta. Y después el exilio y el olvido.

Fotograma de El efecto K. El montador de Stalin
El personaje de película es un personaje de película, ficticio, mítico, que juega con la historia y se plantea el debate entre memoria y verdad, entre manipulación y verdad, entre ficción y realidad. El director juega con el experimento de Lev Kulechov y la contaminación de las imágenes que toman significados a partir de  las imágenes que la rodean. El efecto K es una historia mítica del cine, pero también es la historia del poder de Stalin, la aplicación social de la manipulación de las imágenes y de la memoria.
El montaje experimental de una creatividad arrolladora construye una historia de 124 minutos en blanco y negro y en color que repasa las formas del cine desde sus inicios y alterna en fundidos la vida interior del personaje y el personaje de la historia, con una serie de recursos metacinematográficos que montan la ficción a través de cámaras subjetivas, desenfoques, contraluces y sombras, acompañados de la voz en off del protagonista y la música años 30 de Luis Prado en un intento de vertebrar el arte y la historia, la técnica y los sentimientos que transmite. Un biopic documental ficticio que mezcla imágenes antiguas y grabaciones modernas, protagonizado por Jordi Collado, Marisa Ibañez, Anthony Senen, Valentí Piñot, Joan Raga y Victoria Cuevas.

El efecto K es una exploración de nuevos lenguajes narrativos en las fronteras de la realidad, la ficción y el sueño

Fotograma de El efecto K

El proyecto de La hormiga roja comenzó con El curioso caso de Maksim S, blog donde se gestó la historia a partir de una investigadora ficticia, Estela Andreu, que provocó con sus entradas una estrategia viral con fotomontajes falsos cuyo objetivo principal era plantear el tratamiento crítico de las imágenes de la historia con mayúsculas. Como dice Maxime: “el pasado es imprevisible”. Además del montaje creativo y controvertido, la peli da que pensar, sí, así que objetivo conseguido.
(En fin, qué duro es ser moderno, en serio).

Victor M. Sanchis

4 comentarios

  1. Esto es realmente genial, eres un blogger muy profesional. Me he unido a tu RSS y me gustaría leer más cosas en este gran blog. Además, !he compartido tu sitio en mis redes sociales!

    Saludos

  2. Para decirnos que Stalin era un asesino no hace falta tanta parafernalia pseudocultural, ya lo sabíamos hace tiempo.
    Esta mala conciencia de los progres va tan lenta como la petición de perdón por lo de Galileo por parte de la Iglesia.
    El film, por llamarlo así, es infumable.
    Delictivo cuando se trata de dinero público subvencionándolo.
    Un bodrio.

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