«El movimiento contra los centros de datos no trata únicamente sobre el futuro de una tecnología novedosa; trata sobre el futuro de la democracia. Trata sobre quién controla la economía y sobre si la gente común tiene voz y voto en las decisiones que le afectan».
Andrés Gil López, periodista (1973- ).
Andrés Gil, desde su corresponsalía de elDiario.es en EE.UU. nos informa de numerosos movimientos ciudadanos que han surgido en el país contra la instalación masiva de gigantescos centros de datos para el desarrollo de la Inteligencia Artificial.
Instalaciones que apenas si generan mano de obra, más allá del momento de su construcción, y consumen extraordinaria cantidad de agua y energía, tanto como el de una ciudad de un millón de habitantes en algunos casos. Que, sobretodo, en el caso del agua, supone un problema en cualquier parte pero más aún en estados como Nuevo México, Arizona o Texas con ya de por sí escasos recursos hídricos.
La pregunta que hay que hacerse y de hecho está en una parte de la opinión ciudadana, especialmente aquella que todavía se mantiene alejada de las premisas conservadoras, ultra liberales e incluso «iliberales», que están marcando el paso de la política actual, es hacia dónde nos conduce ahora la Inteligencia Artificial.
Como muchos de los avances tecnológicos de los últimos tiempos, en un principio resultan indiscutibles sus virtudes pero la propia historia reciente, la evolución de los acontecimientos y un relato que parecía solo abonado al terreno de la ciencia ficción, no pueden evitar poner en entredicho sus aciertos y que, de no poner remedio, una evidente amenaza se cierne sobre las sociedades humanas.
Y no es que se pretenda hacer de agorero sino que, a la vista está, es precisamente en el campo de internet y las redes sociales donde se está viendo como lo que en un principio se presentó y así debía haber sido como un gran avance en el conocimiento para el desarrollo conjunto de la sociedad en todos los ámbitos, se ha convertido, en un gigantesco lodazal.
Un lodazal en manos, precisamente, de todas esas personas interesadas en acabar de manera definitiva con el sistema democrático y el modelo de bienestar dado tras la II Guerra Mundial.
Hoy, consecuencia de las sucesivas crisis que se han venido produciendo desde que arrancara el milenio por un lado y de otro los aspectos más deplorables de las debilidades humanas como la avaricia, la codicia, el egoísmo, el odio, la envidia y tantos otros, se han adueñado de buena parte de internet y con especial virulencia de las redes sociales.
Ello salta tan a la vista que los organismos internacionales intentan poner coto a ello desde hace tiempo cuando se han visto superados una y otra vez por los perjuicios generados desde un escenario virtual al que parece imposible fijar límites de una manera real y práctica más allá también de unas bienintencionadas normas que, ni siquiera de manera común, generalizada y concluyente, son dictadas por las instituciones.
«Tecnoligarcas», es el término que se ha fijado para definir a todas esas personas propietarias de grandes conglomerados tecnológicos como Peter Thiel (Palantir), Mark Zuckerberg (Meta, donde se integran Facebook, Instagram y WhatsApp), Jeff Bezos (Amazon) o Sam Altman (Open AI), entre otros, que hoy por hoy parecen tener el mundo en sus manos y la capacidad no solo para quitar y poner gobiernos como se decía en otro tiempo sino mucho peor aún modificar nuestros hábitos, nuestras ideas y, en definitiva, cambiar por completo nuestro modelo social y nuestro modelo de convivencia.
Su intervención, de hecho, en muchos aspectos de nuestra vida, en el modelo económico y recientemente en el caso de la Inteligencia Artificial su aplicación en la industria bélica con intervenciones tan fallidas y trágicas como el bombardeo de una escuela en Irán hace unas semanas, nos hace intuir que va a resultar difícil por no decir imposible frenar semejante deriva.
La ocupación y control del espacio público por parte de esta industria resulta ya casi un hecho y así lo corroboran henchidos de satisfacción sus oligarcas. Ayudados por la irrupción en escena de personajes como Donald Trump y toda su corte de aduladores por todo el mundo que ocupan ya o están próximo a hacerlo importantes cotas de poder camino de nuevas autocracias y los recién denominados regímenes «iliberales», con el apoyo de millones de seguidores.
Aun así, a ojos vista, tanto o más preocupante resulta que la existencia o no de una figura de ficción tan desalmada como la mítica Skynet, ya no dependa de nosotros, sino que sea el resultado de unas máquinas capaces de decidir por si mismas.