Parece evidente que la película ahora se ha quedado corta, pero no por falta de expectativas de su director, sino porque las doctrinas sionistas posteriores a Theodor Herzl, asumidas por el Likud más recalcitrante y apoyadas en un integrismo religioso que se sustenta en la idea del “pueblo elegido”, están llevando a máximos la represión y el exterminio preventivos. Lo que pueda suponer una amenaza para el estado de Israel es eliminable; da lo mismo estado de derecho que legalidad internacional. Si los derechos fundamentales dentro de Israel están en cuestión permanente, no podemos aspirar a que los mismos se apliquen a ciudadanos extranjeros, de otra religión y de los que se sospecha que pueden apoyar a grupos armados, o a países enteros, directamente enfrentados a Israel. La máxima de que el holocausto no volverá a suceder se aplica en sentido inverso. Bombardear ciudades, matar población civil, provocar desplazamientos forzados, detenciones interminables sin supervisión judicial y bajo control militar, ocupación de territorios extranjeros obedecen a esa paranoia histórica del “nunca más”, de crear un cordón sanitario de territorio arrasado y despoblado desde el que nadie pueda volver a atacarles. Luego el territorio se coloniza y se vuelve a las andadas, extendiendo un poco más la presión hasta que esta explota y legitima nuevos ataques, así, por lo menos, desde 1967; así, por desgracia, hasta el infinito.

Este preámbulo nada cinematográfico para situar la figura de Nadav Lapid en el contexto de su país de origen, y hay que recalcar de origen porque sus manifestaciones de repudio explícito a su nacionalidad, por reiteradas, parecen insuficientes en según qué cenáculos ideológicos que promueven el boicot también a su cine. Israelí de nacimiento, francés de acogida y francés de elección, Lapid en toda su trayectoria no ha ocultado la incomodidad que le provoca su país y su incapacidad para relacionarse con sus vecinos en términos de igualdad y respeto. La mirada ácida, crítica y contraria de Lapid ha tocado todos los temas que provocan su boicot interno: el ejército, la policía, la política, la educación, la religión. La escena inicial de “Synonimes” no deja lugar a dudas; con ella Lapid renacía en un país diferente y extraño para su cultura, pero donde el cuestionamiento intelectual no vendría de oponerse al argumentario oficial y gubernamental. Un joven desnudo, muerto de frío, en un piso vacío de París colapsa y se recupera con la ayuda de gente desconocida; se abandona el origen y se es acogido sin preguntas, toda una metáfora alrededor de una renuncia y el encuentro de un espacio desde el que poder respirar y expresarse. No es de extrañar que, desde esa distancia, primero abordara la cuestión israelí desde el exterior de su país para con “La rodilla de Ahed” y ahora con “Sí” se permita mirar de nuevo desde el interior, favorecido por la desintoxicación que implica vivir fuera de esa sociedad excluyente.

“Sí” es una película que conscientemente juega al desagrado, a mostrar situaciones, personas y lugares donde la estética o cualquier intento de belleza interior o exterior se abandona. No faltarán quienes crean que, al acoger a una pareja de descerebrados como hilos conductores del relato, el director intenta exculpar a la sociedad israelí de los desmanes de sus dirigentes; al revés, su falta de conciencia crítica lo que revela es la despreocupación, la insensibilidad, la falta de empatía con el otro que parece destilar el mundo en el que se mueven Y (Ariel Bronz) y Yasmin (Erfat Dor). Ese mundo vive ajeno a lo que no sea placer, un diletantismo erótico y festivo alejado de cualquier responsabilidad, vivir al día y disfrutar al máximo cualquier momento. El feísmo no es incompatible con la belleza corporal; el atractivo físico de ambos ni tiene su equivalente en su atractivo intelectual ni en el atractivo general de las personas con las que, acabadas sus performances, practican sexo a cambio de dinero o posición social. Son bufones de la jet-set israelí, particulares gigolós que menean sus caderas para excitar las viejas maquinarias oligárquicas mientras ellos se aprovechan de pequeñas migajas con las que sobrevivir día a día. Su cuestionable valía artística no es auditable; están donde y con quien tienen que estar y con eso les vale. Todo eso cambia un 7 de octubre de 2023.

Cambia y cambia la película. No cambia el punto de vista, pero cambia el sentido de percepción. Algunos solo se sienten víctimas, pero otros empiezan a sentirse corresponsables. El personaje de Y asume su condición de judío israelí desde el dolor de los ataques y la justicia de la venganza; Yasmin comienza un lento proceso de reconstrucción. El shock inicial es similar. Nadie imaginaba el golpe brutal de 1200 personas asesinadas y masacradas en el estado más seguro del mundo, cuya dejadez y negligencia quedó patente en pocas horas. Un país en permanente estado de alerta era incapaz de anticipar la masacre terrorista indiscriminada y sus ciudadanos, antes de reprochar a sus responsables la ausencia de defensa, se suman de manera entusiasta a un doble juego: homenajear a las víctimas y clamar venganza. Lo último no necesitaba de mucho impulso, y a las pocas horas del crimen se daba rienda suelta a otro de proporciones multiplicadas y dirigido, con indiferencia, hacia cientos de miles de inocentes cuyo delito era coincidir geográficamente con los autores de la matanza. Y deambula por las concentraciones ciudadanas, sigue las consignas oficiales, ve los bombardeos del ejército israelí como quien toma los mandos de una consola y disfruta de un videojuego. Para Yasmin, poco a poco la novedad de la situación va derivando en ruptura, en una disociación de su persona del núcleo social con el que ha optado relacionarse. El mundo se reduce a “sí” o “no”, no hay matices ni grises; si no sigues el dictado oficial, te conviertes en terrorista.

Cuando afirmo que Lapid opta por el desagrado y el rechazo, las escenas lo confirman. Pero con esta opción el director lo que radiografía es la esencia fundamental, y fundacional, de Israel. En tiempos de duelo y en tiempos de muerte, queda espacio, y de qué manera, para la propaganda y el negocio, ambos tan presentes como inexistentes son los cuestionamientos morales de Y. ¿Qué hacer cuando a Y se le ofrece una especie de himno pop melódico para ensalzar las hazañas bélicas de su país? (anécdota real) Quien selecciona sabe a quién escoge; cuanto más mediocre se es como persona, más candidatos suelen aparecer. La oportunidad de negocio y fama va paralela a la ausencia de ética. Cualquier representación artística, por infame que sea, necesita su inspiración. Parece que esa inspiración debe proceder de empaparse de realidad. La ruptura definitiva con su pareja surge de esa necesidad de querer “oler el napalm por la mañana”. Retomando una vieja relación sentimental, contacta con una oficial del ejército que le puede acercar a esa realidad que ha de inspirar la canción. Compartimos entonces ese progresivo decaimiento moral del hombre que no se cuestiona nada en busca de un fin meramente material. ¿Hasta dónde está dispuesta a retroceder una sociedad que asiste, desde la seguridad de la distancia, a los bombardeos sistemáticos de poblaciones habitadas por civiles y, no viendo la sangre ni los cuerpos desmembrados, se cree ajena al horror?
Es ahí, en ese núcleo central de la película, en el germen de la canción patriótica donde, más allá de lo repulsivo que nos parezca la manera de venderse ante el poder del dinero o de las armas, la repugnancia que Lapid insufla al magma latente de toda una sociedad alcanza el máximo exponente. La historia se repite y la historia no consigue que aprendamos nada. Sabemos de los espectáculos masivos que suponían las ejecuciones para la masa, de cómo se instalaban atracciones feriales o churrerías en los descampados donde en plena guerra civil se llevaban a cabo fusilamientos. Ahora el algoritmo y la IA eliminan mucho cuerpo a cuerpo y combate calle a calle; es más seguro para el atacante sin oposición bombardear y bombardear hasta reducir ciudades a campos de escombros con algún esqueleto urbano en pie; y entusiastas, nos asomamos a las pantallas como si en ese edificio que colapsa o vehículo que explota no hubiera personas. En eso participa Y, y en ese mirar ni reposa la autocrítica ni se asoma el horror de pertenecer al país que lo hace, ni él ni millones como él.

Cuanto más se asoma a la realidad Y más se separa de Yasmin, cuanto más se acerca al poder (curiosa relación que establece Lapid entre ejército-poder económico-Rusia en la película, nada casual ni inocente), más atrapado se encuentra por una dinámica de guerra que no puede cuestionar. Su himno, cantando y aplaudiendo la destrucción de Gaza, será tan exitoso como su demolición moral. ¿Hay espacio para la esperanza en una sociedad así? La furia, la rabia, el griterío, la ordinariez vital y visual que los personajes ofrecen en cada situación de estrés o de ocio es otro ejemplo de construcción política de una película que refleja la agresividad instaurada en una sociedad que, de arriba a abajo, ha eliminado las dudas mediante el maniqueísmo. Vocear ante el alto mando del ejército, incluso en una fiesta, es improductivo. Cuando Y canta sus canciones y es interrumpido por un grupo de oficiales que vociferan una canción de Elvis, la reacción instintiva del protagonista es vocear aún más. ¿Sirve de algo? Obviamente no, pero ÉL no se da cuenta; es Yasmin quien le enfrenta a la realidad del país. Ante el jefe del ejército, no cabe sino la rendición. Esta escena zafia, grosera y ordinaria es reflejo de un país que no se atreve a plantarse ante un ejército creado para defender al pueblo y no para someterlo ni dirigirlo; sí o no, esa es la cuestión. Así pues, vuelvo al inicio de la frase, ¿proporciona Lapid alguna esperanza? Parece que sí, y enlaza con “Synonimes”; la única esperanza que le queda en este caso a Yasmin es irse de Israel y asentarse en Europa, como le sucedía a Yhoav o como ha hecho el propio Lapid. Aun en tiempos tan oscuros para Europa y la convivencia, los derechos construidos en nuestro territorio siguen inspirando la esperanza de muchos.

KEN. Francia, Israel, Chipre, Alemania. 2025. 149 minutos. Dirección y guion: Nadav Lapid. Fotografía: Shaï Goldman. Montaje: Nili Feller. Sonido: Moti Hefetz, Aviv Aldema, Adrian Baumeister, Música: Sleeping Giant, Omer Klein. Compañías productoras: Les Films du Bal, Chi-Fou-Mi Productions, AMP Filmworks, Komplizen Film, Bustan Films, Arte France Cinéma, ZDF/ARTE, Trésor Films. Intérpretes: Ariel Bronz, Efrat Dor, Naama Preis, Aleksey Serebryakov, Sharon Alexander, Pablo Pillaud-Vivien, Idit Teperson, Shira Shaish