Francamente que esta mujer me cayó bien al principio. Y eso que está en las antípodas de mi pensamiento político. Ella liberal, militante en un partido conservador el PP; un servidor socialdemócrata, bueno en estos tiempos que corren ya se sabe un «pervertido rojo satánico», que no milita en ninguna parte.
Y me caía bien porque María Gaurdiola, tanto en campaña, como una vez con opciones de gobernar Extremadura en 2023, proclamaba sin la más mínima duda, de manera firme y aparentemente sincera sus convicciones. Aseguraba que jamás pactaría con un partido como Vox que desde los límites de la derecha más rancia y reaccionaria denigraba a migrantes y homosexuales, negaba el cambio climático y la violencia de género y ponía en entredicho los servicios públicos entre otras aberraciones.
Pero mira por donde, llamada a filas por su partido en sede nacional, tardaba poco más de una semana en darle a la vuelta a todo lo dicho y firmaba un acuerdo de gobierno con Vox.
Primer y mayúsculo error. María Guardiola, cómo llegó a advertir en su momento, tenía que haber tomado el camino de regreso a casa. Ello, sin el menor género de dudas, le habría procurado un sobresaliente en dignidad tras haberse mantenido fiel a sus principios.
Y su partido, el PP, tampoco hubiese tenido mayor problema. Ya se sabe que en la familia popular a rey muerto, rey puesto –que se lo digan a Pablo Casado-, hubiese encontrado rápido repuesto para lograr el acuerdo con Vox y sus votantes apenas se hubieran resentido como es norma habitual o, en el peor de los casos, tendrían 4 años para recuperarlos.

Pero Guardiola no supo decir que no. Se tragó el sapo y ahí comenzaron el sinfín de sus desdichas.
Su relación con sus nuevos e indeseados socios debió hacérsele cuesta arriba desde el primer momento ante las endiabladas demandas de estos hasta que, en una especie casi de suerte divina, Vox decide salirse de los gobiernos autonómicos por una mera cuestión de estrategia política. Es evidente, ejercer responsabilidades de gobierno desgasta y eso no le viene bien a un partido de carácter extremista donde es precisamente en el ruido desde la oposición donde capta más votos.
Guardiola se queda sola o es lo que le exige su partido y es incapaz de sacar adelante los presupuestos de la Comunidad, víctima de esa relación amor/odio que Vox mantiene con el PP. Pero ésta, segundo error, no se aviene a explorar otras opciones ni siquiera con el resto de la oposición. Sus jefes en Madrid no permiten el más mínimo acercamiento al PSOE.
Pero se puede gobernar con presupuestos prorrogados y negociar cada aspecto de la legislatura con todos los intervinientes. Ha ocurrido siempre –el gobierno de Pedro Sánchez, lleva rizando el rizo en ese mismo sentido toda la legislatura-, y ello no deslegitima la democracia.
Pero la flamante presidenta extremeña sucumbe de nuevo a la geopolítica. De nuevo no es capaz de armarse frente a su propio partido. El PP, con las encuestas sumamente favorables, en su estrategia de desgaste del gobierno de Pedro Sánchez, decide convocar elecciones autonómicas en varias Comunidades de las que se sabe seguro ganador. Y donde presumiblemente el PSOE sufrirá una severa derrota, mientras, de paso, los populares en su imaginario sueñan con la mayoría absoluta.
La excusa, peregrina, la falta de presupuestos. Y María Guardiola vuelve a caer en la trampa. Tercer error. En especial porque su partido deja al margen lo más importante, el bienestar del pueblo y el buen hacer de las instituciones autonómicas, priorizando sus intereses nacionales.
Pero el PP se pasa de frenada –lo que resultaba de antemano imaginable- y los populares salvan el trance milagrosamente gracias a la estrepitosa derrota del PSOE en Extremadura. Gracias a ello y a pesar de haber perdido votos, el PP sube un escaño pero Vox los dobla. La tormenta arrecia para la cacereña.
Y desde entonces los errores de la candidata se suceden uno tras otro. Guardiola se contradice constantemente. Por la mañana es capaz de poner a Vox de vuelta y media y por la tarde es capaz de travestirse (sic) del mismo.
Tantos vaivenes han hecho perder toda la credibilidad en María Guardiola. Y es una lástima porque la entusiasta presidenta se presentó a las urnas, al menos la primera vez, desde unos supuestos que se precian oportunos en los viejos partidos liberales que se han dejado arrastrar por la deriva de la extrema derecha.
Tan errática deriva ha acabado sometida por la presión de partidos como Vox y puesto en evidencia, una vez más como en el caso del PSOE al que tanto critica, que el PP ha quedado claramente definido más que como un partido político que debería velar por los intereses de los ciudadanos, como una gigantesca maquinaria cuyo único objetivo es ganar elecciones y gobernar para sí mismos.
La consecuencia directa de ello es una cada vez mayor desafección del pueblo por la cosa política lo que acaba dando alas a propuestas maximalistas como las de Vox y sus homólogos a lo largo y ancho del continente europeo y de las que la historia nos da infausta cuenta.
Veremos.