Decidí que ella sería mi hogar después de mil agotadoras jornadas de exploración, siempre en dirección oeste. Fue porque, bajo una luna de mayo, la muchacha india me había prometido agua mansa en una calabaza tallada. Al tiempo que deslizaba el huipil desde sus hombros la vertió formando un río turbulento que me arrastró hasta aquel cuerpo suyo. Era un territorio sin cartografiar. Descubrí cimas y hondonadas a las que quise dar nombre; así provoqué su enojo. Me expulsó de sus fronteras y quedé enredado en alguno de los puntos cardinales. Convertido en un olvidado tótem mientras ella sigue siendo águila.
