Los citaron la Noche de Difuntos junto al olmo del viejo cementerio. Y al amanecer sus cuerpos yacían muertos víctimas de asesinato; aunque poco más se supo, en los corrillos se advertía: cualquiera podía haberlo hecho.
Las pesquisas del benemérito cuerpo no arrojaron luz al misterioso ajusticiamiento del grupo de soñadores que se reunía allí de consuetudinario para leer a voz en grito sus cuentos recién inventados; una blasfemia, según el párroco, que estaba harto de que después de declamarlos y tras cada punto final, aquella panda de majaderos rompiera en vítores y aplausos.
Ya sin ellos, restituido el orden y el silencio, regocijado de que la única historia que se contara saliera de su boca los domingos en forma de salmo, el cura ordenó que se les diera sepultura en el más profundo de los agujeros del camposanto. Amontonó sus almas bajo una misma losa y ordenó dejarla en blanco a modo de escarmiento.
Desde entonces —para amargura del clérigo—, cada nueva mañana, ante el estupor de todo aquel que visita el pueblo y siempre acompañado por el feliz jolgorio de los pájaros, se puede leer en el mármol de la lápida, como si se tratase de un epitafio y cincelado a fuego, un nuevo relato.

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