
Hace unos días que ha llegado el nuevo año y ni he hecho balance del anterior ni tengo buenos propósitos para éste salvo echarme crema después de ducharme. Las navidades me han atropellado. Creo que estoy más cansada que antes de coger vacaciones… Estas fechas, ya lo sabemos, suelen ser un cúmulo de estímulos, prisas, excesos y tensiones. Y, sin embargo, cada año deseo que lleguen imaginando un tiempo de encuentro e ilusión. Supongo que los recuerdos de la infancia tienen mucho peso… Y es verdad también que algo de eso queda. Pero, cada vez más, necesitaría otro ritmo para poder disfrutarlo. La maternidad tardía es lo que tiene, que se junta la necesidad de presencia de las criaturas con la tuya de un tiempo más pausado, de soledad deseada. Y la mezcla es explosiva, claro. Pero yo no quería hablar de esto, no. Quería aprovechar los ratos robados para la escritura y reflexionar sobre algo que leí hace días, de pasada, y que se me quedó dando vueltas en la cabeza. El texto, muy breve, hablaba de un duelo que conlleva la maternidad (y la paternidad, supongo) en el que no había caído: la relación que pensábamos que las personas importantes para nosotras iban a tener con nuestras criaturas y que no tienen.
Quise volverlo a releer y no lo encontré. Quizá otras personas ya han pensado en ello, pero ni siquiera sé por dónde empezar a buscar, porque no sé cómo ponerle nombre. No sé si duelo es una palabra demasiado grande para esa pérdida de algo que sólo estaba en nuestra imaginación, pero doler, duele. Porque no sólo la relación con nuestras criaturas no es como soñamos. Tampoco la nuestra, entre adultas, lo es.
La maternidad y la paternidad lo remueven todo. Con la familia de sangre todos los conflictos sin resolver empiezan a emerger del fondo marino donde creímos enterrarlos y chocamos con ellos apenas viendo la punta del iceberg. No es fácil salir indemne. Duelen las heridas viejas y duelen las nuevas. Las veces que te sientes cuestionada —mala madre— y las veces que ves a tu criatura sufrir. Pero eso de alguna forma te lo esperas. El feminismo nos había enseñado a problematizar la familia. Duele más cuando es la familia elegida la que no cumple las expectativas.
Yo quería para ti “un serón trenzado por diversas manos”, pero también sabía que algunos cuidados necesitan de tierra firme que los sostengan. Alguna amiga hizo de tía durante los primeros años, pero mantener eso en el tiempo… Ay, la vida, qué difícil que converja. Y qué mal, pero cuántas veces las familias elegidas se deshacen por el camino. Quizás precisamente porque pueden hacerlo, porque no hay sangre ni papeles que aten. Y, sin embargo, la sensación es de pérdida, de desilusión. Soñábamos con hacerlo de otra manera y no salió bien.
A veces esa amiga que dejó de serlo justo cuando más la iba a necesitar se me aparece como un fantasma y creo verla por la calle. O se cuela en mis sueños y nos tomamos un café mientras su hija y mi hijo disfrutan jugando. Me gustaría saber cómo resuelve ella las mil y una dudas que conlleva la crianza, a qué tiene miedo y de qué se ríe a carcajadas. Me gustaría seguir siendo vecinas y que mi hijo y su hija subieran o bajaran la escalera para encontrarse y sentirse como en casa, teniendo varias personas adultas como base segura. Construir esa red de la que tanto hablábamos, que rompería con la pareja tradicional como forma de crianza. No pasó. Ay, tengo pendiente leerme La amiga que me dejó. Anatomía de una ruptura, de Nuria Labari. Ya tengo otro propósito.
Soñábamos con hacerlo de otra manera y no salió bien. Pero no hay otra salida, hay que seguir intentándolo. Somos vulnerables e interdependientes. Así que toca cuidar la frágil red que hemos creado junto a otras madres —y algún que otro padre— que hemos conocido en el parque o en el colegio. Hacer tribu. Aunque no hayamos compartido lecturas y debates feministas, aunque no hayamos soñado con otros vínculos, en la práctica, muchas veces, nos sostenemos. Y en ese ir aprendiendo sobre la marcha, como dice Marta Malo, podemos descubrir una generosidad, un cuidado que se da porque sí, “que da mucha confianza en el futuro y quita muchos miedos”.