“Piezo” es el término coloquial para “transductor piezoeléctrico”. Algunas personas, entre las que no me incluyo, tienen una relación de familiaridad tal con esos chismes, capaces de convertir el movimiento en señal eléctrica y, en última instancia, en sonido, que pueden referirse a ellos por ese apelativo cariñoso. Si alguien tiene algún día la paciencia de explicarme cómo funciona exactamente un piezo posiblemente llegue a entenderlo. Hasta entonces, los piezos forman parte de lo que para mí pertenece a la esfera de la magia.
Quiero proponer aquí el uso del término magia para nombrar todo aquello cuyo funcionamiento desconocemos, pero que nos maravilla. No se trata de romantizar la ignorancia o hacer un uso naíf de la expresión. Se trata más bien de intentar no perder la sensación de asombro cada vez que nos asomamos un poquito a alguno de los reinos de lo que para cada una resulta desconocido. Conozco esa sensación: la he visto en los ojos de otras personas cuando me escuchan hablar sobre teoría musical, que es a lo que yo me dedico. Para mí, hablar de la enfatización del quinto grado a través de una dominante secundaria es el pan de cada día; para mi amiga Maca, que se dedica a otros menesteres, podría añadir a continuación “wingardium leviosa” y tendría el mismo sentido. Y esto me parece precioso.
En el uso que propongo, la magia no es un concepto ligado a la superstición y al desconocimiento, sino a la admiración por aquello que sabemos que no entendemos porque asumimos que no podemos saber y entender todo. Aunque se trate de una idea manida, quiero reivindicar la necesidad de mantener la ilusión y la curiosidad de quien descubre, pregunta y quiere saber. Max Weber se lamentaba por el “desencantamiento del mundo”, característica de la modernidad ligada al pensamiento racional y científico y a la pérdida de importancia del misticismo como forma de explicar y entender la existencia. Saber que ¿todo? tiene una explicación racional conduce a menudo al desinterés por cosas que no entendemos pero que sabemos que funcionan de acuerdo con una lógica que no reviste ningún misterio. Esta racionalización del mundo implica necesariamente una pérdida de trascendencia.
La racionalidad significa para Weber la búsqueda del logro de fines a través del cálculo de los medios más apropiados para alcanzarlos. Afortunadamente, hay acciones misteriosas que se escapan a este enfoque de fines y medios. Magia no es solo lo que no entiendo. También lo es todo aquello que no sirve para nada y que por ello es lo que más sentido tiene de todo. Es magia que una persona dedique cientos de horas a explorar todas las maneras posibles en las que puede subirse a una silla para caerse de ella. Y que consiga hacerme llorar a lágrima viva cuando la veo hacerlo. Es magia que veinticinco bailarinxs pasen una hora y media sin dejar de moverse, en una coreografía imposible digna de un cuadro del Bosco, formando y deshaciendo grupos y expresando un rango inusitado de emociones raras, irónicas, histriónicas y tensas. Es magia el hecho de que alguien dedique meses de trabajo a montar un espectáculo en el que dispone piezos sobre su cuerpo para convertir su movimiento en sonido y establece un diálogo bailado con el movimiento de los minerales que cristalizan formando estructuras difícilmente diferenciables de las estructuras orgánicas.
Me fascina vivir en un mundo en el que tanta gente hace cosas que, desde un punto de vista estrictamente utilitarista y racional, no sirven absolutamente para nada. Ojalá más tiempo para hacer cosas inútiles y mágicas.
(Gracias por la foto, J.)