Dicen que la escritura resulta “sanadora” y probablemente estén en lo cierto, pues de no ser por la lectura de Rosana Acquaroni jamás hubiese escrito sobre un hecho tan sumamente alejado en el tiempo. Heridas que creía cicatrizadas han vuelto a supurar de nuevo, de las lesiones producidas apenas queda dolor alguno, el sentimiento más parecido se asemeja a un inmenso vacío.
En la calavera de la inocencia
solo crecen rastrojos
y hacen nido los últimos vencejos.
En su libro de poesía La casa grande, Rosana Acquaroni, hace hincapié en nombrar la calle Alonso Vega; yo, por el contrario, no recuerdo el nombre de aquel sombrío lugar, incluso no podría detallar su ubicación exacta, lo que sí recuerdo era su entrada color grisácea con una enorme vidriera en lo alto del portón de madera y sobre todo aquel turbador cartel, el cual debido a mi corta edad no terminaba de comprender por muchas veces que lo leía.
“Ni son todos los que están.
Ni están todos los que son”
En realidad, fue mi madre quien esclareció aquel complejo jeroglífico, ella no sabía de letras y yo apenas sabía nada de la vida.
Décadas de tabú y de silencio, ocultando todo rastro sobre la salud mental.
Mi padre convertido en un alegre jardinero, en un espacio abierto con más luz y al aire libre, alejado de aquel otro lugar triste y oscuro. Allí, las veces que lo visitábamos estaba feliz, con la tierra germinando entre sus dedos, recuerdo verlo con un sombrero de paja, protegiendo su rostro de la intensidad de agosto y con aquella gentil sonrisa que tanto lo caracterizaba.
