
La logopeda me palpa la laringe;
tiene un punto erótico, confieso.
Su índice sobre mi nuez convexa
y en vez de orgasmo,
un vómito de erres ascendentes.
*
Me pregunta
¿te duele aquí?
¿y aquí?
¿aquí tal vez?
Mi cuello se hace mapa sensorial
y en cada parada
emerge un dolor nuevo
(nuevo no por novedoso,
nuevo por no nombrado).
*
Aquí me duelen los 400 €
de humillación en formato APA.
Aquí los 50 mg
que inauguran mi amanecer.
Aquí la línea 6
como escenario de mis neurosis.
Aquí el número 3
conjugando placer y peligro.
*
La logopeda mira el reloj de reojo.
Contemplo su cuello.
Conjeturo sus dolores.
Aprieta el pulso.
Me masajea a
x1
x1,5
x2.
*
Acompaso mis abismos
al ritmo creciente,
respiro a tempo,
soy paciente en un sentido amplio,
padezco la acción,
me entrego,
no sé si quiero que me quiera
y en la obediencia está mi torpeza.
*
Es casi la hora.
Se sienta
y me enseña en su pantalla
un nude de mi garganta.
Lo siento, pero
esa caverna carnosa
parece un coño.
Ya está, ya lo he dicho
(en silencio, claro).
*
Me disocio en mis pensamientos
de adolescencia mal resuelta.
Su voz con bata se hace muda
mientras me quedo observando
el espacio que se abre
de una cuerda a otra
( )
un roto, una grieta,
por donde se me escurre la vida.