
Los tres años, y el arre arre borriquita de mi abuela, que me sube a su pierna y me mece, arriba y abajo, arriba y abajo, y yo cabalgo montada en el más dulce de los burros.
Los cuatro años y el tracatraca de la máquina de coser que inunda el cuarto que habitamos mi abuela, mi madre y yo, hilando las costuras de la genealogía familiar y vistiendo el paisaje que conformará mi recuerdo doméstico.
Los cinco años y el callejón donde entrenamos los juegos de la vida, las primeras caídas, frustraciones, heridas en las rodillas y en el corazón, lealtades, mentiras y pérdidas. Las primeras postillas debajo de las cuáles hay piel nueva y una historia que contar para siempre.
Los seis años y el colegio, y la leche que vomito cada día por miedo al coscorrón de la maestra. El olor a forro de libros. La primera amiga, que me espera en la puerta de clase cuando me quedo la última haciendo la tarea y me enseña que la amistad va de la mano del amar.
Los siete años y ser una niña. Las muñecas y la goma de saltar, la comba, la culpa, la vergüenza frente a ellos, la suavidad y la pertenencia, sin haber elegido nada.
Los ocho años y una enfermedad que pone la casa del revés. Tareas de colegio que se terminan entre pijamas y salas de hospital. Una hermana a la que le toca el papel de pequeña madre cuando casi no dejó de ser niña.
Los nueve años y los ojos de mi padre abiertos, tan abiertos como los de un búho, y el cuerpo que yace firme. Mi madre, que me aparta, alejándome de la escena, como si así pudiera borrar lo que ya fue visto. Un adiós a la casa de la infancia, donde dejo, en algún rincón olvidada, mi niñez.