
Nuestro microrrelatista invitado este viernes es Jesús Alcañiz, un madrileño nacido en 1961, licenciado en Filología Hispánica, que está especializado en literatura. Su obra se caracteriza por la ironía y el humor ácido, y por estar siempre atento a la denuncia de injusticias y desigualdades.
Obtuvo el primer premio en la VIII edición del Certamen de Microrrelatos Ilustrados de la Universidad de Jaén y el segundo en la IX, además de otros reconocimientos y finales en certámenes nacionales. También ha publicado microrrelatos en numerosas revistas y antologías.
En ocasiones oigo voces (Platero Ediciones, 2025) es su primer libro. Reúne un centenar de microrrelatos organizados en cinco apartados que recorren los territorios que más inquietan a su autor: la frágil inocencia infantil, las tensiones familiares y sentimentales, las incursiones en lo sobrenatural, la crudeza del día a día y la denuncia social ante la injusticia.

Fiel al título del libro, Jesús Alcañiz cede la palabra a una multitud de voces muy distintas: niños que descubren el mundo, familias al borde del quiebro, aparecidos que regresan para cerrar cuentas pendientes, anónimos golpeados por la realidad o seres que susurran desde los márgenes. Narradas con humor, ironía o desgarro, estas historias invitan a sonreír, estremecerse y, sobre todo, a escuchar aquello que a menudo preferimos callar.
Agradecemos a Jesús que haya querido compartir con nuestros lectores los siguientes relatos de En ocasiones oigo voces:
Mi amigo gordo
Los gemelos son unos abusones, porque siempre son dos. Sus papás no les compran estuches y te piden todo y luego no te lo devuelven, aunque sea tu boli de cuatro colores o la goma de nata que sabe tan rico. Y encima se ríen de ti, y si te chivas te pegan luego en el patio porque son dos y te pueden. Se meten con todos y los demás niños les tienen miedo. Yo no, cuando estoy con mi amigo gordo los gemelos no se nos acercan porque es grande y fuerte. Le doy la mitad de mi bocadillo en el recreo, nos sentamos juntos en clase y nos reímos mucho cuando dice cosas graciosas porque soy amigo del niño gordo. No como los demás niños, que no le ajuntan porque está gordo.
Los gemelos no van a estar en clase el año que viene porque se van a vivir muy lejos y les cambian de cole, y yo ya no tendré que ser amigo del niño gordo nunca más.
Despertares
Mi madre, al levantarme: buenos díaaaaas, a ver esos ojitos… ¡Mira qué guapa se despierta mi niña!
Mi hermana, en el desayuno: ¡venga, que no se diga! Alegra esa carita de princesa y acábate el colacao, que se hace tarde.
Mi padre, en la puerta del cole: que pases un buen día, preciosa, pórtate bien.
Ana Peláez, en el pasillo, delante de todos: ¡chicos, llegó la gorda!
El silencio.
El chiqui chiqui chiqui del tenedor batiendo huevos, el crac crac crac de las persianas, el plop plip plop plip plop plip del grifo, el tic tac tic tac tic tac del reloj; este silencio nuestro mientras cenamos.
Love Is In The Air
Estábamos al borde del divorcio cuando mi mujer apareció con otra de sus compras estúpidas, un purificador de aire bajo el brazo. Lo filtra todo: polen, bacterias, el 99,9 % de los virus, hasta la peste de tus cigarrillos, me dijo. Lo que hace falta es que se trague tu mala leche, le solté. Enchufé el aparato en el salón, a regañadientes, y esa noche nos fuimos a la cama sin más roces. Sin saber cómo, los reproches crueles, las escenas de celos, la bronca sostenida y despiadada fueron diluyéndose poco a poco en el ambiente.
Meses después, ahora que todo ha terminado y vivimos como dos tortolitos, toca cambiar el filtro del aparato. Está cubierto de una pasta maloliente, negra y pegajosa como la brea, y lo echo al cubo con mucho cuidado de no mancharme.
De noche, dos perros que hurgan en la basura se destrozan a mordiscos.
Cadena de favores
Duerme cerca de mi portal desde que lo despedí en la fábrica. Cada mañana le bajo un bocadillo, qué menos. El muy pillo comparte sus migajas con los gorriones del parque, a los vecinos se les parte el corazón y se saca un dinerito. Los gorriones, por su parte, eligen mi coche de entre todos para cagarse en él; el resto, ni los tocan. Estamos en paz, ¿verdad?, le digo siempre, y él ni me responde mientras llena el suelo de migas y más migas.