
Ana recorre los pasillos del súper apresurada. Ha tenido que pedir un favor y salir en su hora de guardia para comprar tampones. También es mala suerte que nadie en todo el santo instituto tuviera una compresa que prestarle, aunque, en honor a la verdad, a las niñas de su tutoría no les ha preguntado. Solo le faltaba ser la comidilla entre el alumnado. Qué putada —piensa mientras revisa la app de seguimiento del ciclo en el móvil—, se le ha vuelto a adelantar el período. ¿Estará con la perimenopausia? Mejor no pensarlo.
Ya que está en el supermercado, decide aprovechar y coger un par de cosas que le hacen falta. Busca la sección de mascotas y agarra una bolsa de arena aglomerante para gatos. Ve que han repuesto las latitas que tanto le gustan a Sisí y echa un par de paquetes al carro. ¿Algo más? Un litro de helado estaría bien… pero tiene que volver para dar la última hora y se descongelaría. Porque esa es otra, están a mediados de junio y las temperaturas rozan los cuarenta grados. Los niños están insoportables pensando en las vacaciones y encima ahora tiene al tercero ce, que justo viene de educación física. Deberá elegir entre abrir las ventanas y dejar entrar la flama o asfixiarse con el sudor hormonado de treinta y nueve adolescentes.
Se pone a la cola para pagar; a esa hora no hay mucha gente y solo hay una caja abierta. Delante de ella, una niña de unos tres años la mira con curiosidad, sentada tras el manillar de un carro abarrotado. Su madre, una chica al menos diez años más joven que Ana y visiblemente embarazada, se afana en colocar productos sobre la cinta transportadora: un paquete de pañales, leche, yogures, zumos, bolsas compostables llenas de tomates, patatas, cebollas y demás verduras y hortalizas. Envases de carne y pescado. Un enorme paquete de papel higiénico, toallitas húmedas. El escáner de códigos de barras emite pitidos a destajo mientras el carro se va vaciando. La nena aparta la mirada sonriendo cuando Ana por fin se atreve a sacarle la lengua; justo en ese momento se ha acordado del pompero de Spiderman que sostenía en la mano y se lo da a su madre para que lo pase por la caja. La pequeña, que ya no vuelve a hacerle caso a Ana, tiene el característico pelo rubio español que hacia los cinco o seis años se vuelve castaño y lleva una camiseta amarilla con un mensaje en letras moradas que reza «Daddy is my hero». Mientras espera a que el carrito de delante termine de vaciarse, la mirada abatida de Ana se detiene en su propio carro, en el que una cajita de Tampax Compak, una bolsa de arena, seis latas de comida húmeda para gatos y unas natillas de chocolate se alinean bien ordenadas contra la pared trasera. Su cuerpo parece haberse encogido y los cólicos abdominales arremeten con más fuerza. Las piernas, pesadas y doloridas, la sostienen apenas y su rostro ha palidecido un grado, aunque la cajera que la está llamando no lo nota. Al colocar sus cosas sobre la cinta, Ana ve cómo las puertas automáticas del súper se abren para dejar paso a la joven madre embarazada y su primogénita, que ya se marchan en busca de ese héroe anónimo que las estará aguardando en casa, seguro que con la comida hecha. En cambio, a ella le tocará aguantar a un grupo de adolescentes rebeldes y pasar la tarde hecha un ovillo en el sofá, esperando que los analgésicos hagan su trabajo. Ya no queda nada para su cuadragésimo cumpleaños; se está quedando sin tiempo.