
Cuando la ciudad se retira de sí misma,
cuando las persianas bajan
y las calles olvidan los nombres,
queda un espacio desnudo.
No es ausencia.
Es un hueco donde el tiempo respira despacio.
Dejar atrás la prisa,
las voces prestadas,
las urgencias.
Preparo las vacaciones
como quien prepara un viaje hacia dentro:
los libros que esperan desde hace meses,
la música que aún no he escuchado del todo, la guitarra dormida
en un rincón de la casa.
No busco llenar los días.
Busco vaciarlos.
Hacer silencio.
Hasta que el mundo deje de hablar por mí.
Y, quizá,
en la hondura de la soledad,
si tengo paciencia, consiga escuchar
el sonido más olvidado:
mis propios pasos
regresando a casa.
No para ocupar el tiempo, sino para que el tiempo me habite.