Niebla
Esa mañana, el valle amaneció sumido en una densa niebla que no permitía ver unos pasos más allá. El viento frío bajó desde las cumbres nevadas y obligó a toda la gente del pueblo a buscar sus abrigos en el fondo de los armarios. De golpe y porrazo, las copas de los árboles se quedaron peladas, los senderos se cubrieron de hojas y el bosque se quedó en silencio. Oculta entre la niebla, una garza real patrullaba el río en silencio. Y Daniela decidió no salir de la cama todavía. Porque tenía sueño. Porque no quería. Porque podía.
Hacia el mediodía, el sol comenzó a asomarse con timidez por encima de los montes que bordeaban el valle, acariciando con suavidad los tejados de las casas. La niebla se esfumó y las gotas de rocío brillaron en las briznas de hierba como preciosos cristales de cuarzo pulido. Las persianas de todas las ventanas se levantaron a una y los tendederos se vistieron con sábanas limpias, impregnando las calles con aromas de jabón de Marsella y suavizante de flores blancas. A la hora del almuerzo, la terraza del bar de la plaza se llenó con el ruido de las conversaciones y los vasos de cristal entrechocando, y todos los rostros se alzaron al sol con los ojos cerrados y los abrigos desabrochados. Pero Daniela seguía en la cama. Porque le dolía la barriga. Porque si el frío no amainaba bajo todas esas mantas, fuera sería peor. Porque en el pecho encerraba una pena casi tan antigua como la humanidad.
El sol se despidió unas horas más tarde, ocultándose de nuevo tras las montañas y el pueblo quedó sumido en la penumbra. El mercurio se desplomó en los termómetros, las calles volvieron a quedarse desiertas y todas las ocas se acurrucaron bajo el puente en un ovillo gigante de plumas blancas. Las farolas se encendieron y la niebla comenzó a ascender desde el río, difuminando los bordes de las cosas. Los aparcamientos de la plaza se llenaron de coches y Antonio llegó a casa después del trabajo. Encontró a Daniela en la cama, dormida sobre una mancha grande y oscura. Con los ojos llenos de arena y los hombros hundidos, la despertó con suavidad y la llevó hasta la bañera. Afuera, la niebla siguió espesándose hasta el punto que no podía decirse si el pueblo seguía estando en el fondo del valle o si lo había estado alguna vez.
María Altuna
María Altuna es traductora autónoma desde hace 10 años. Escribe por disfrute o necesidad, dependiendo del momento. También le gusta subir montañas y cantar. Vive en Pinos Genil (Granada).