«Basta ya de estos circos mediáticos. Si ustedes consideran que se dan las circunstancias para presentar una moción, háganlo ya y háganlo donde tienen que hacerlo. Cuando les miramos a ustedes y vemos su hoja de servicios en materia de corrupción, los más de 200 casos dan para empapelar el salón de plenos. Y si miramos esa pareja estable que han formado con Vox, que es quien tira de su carro, confianza ninguna».
Estefanía Beltrán, portavoz del PNV en el Senado (27/05/2026), en su respuesta a la propuesta de reprobación al gobierno por parte del PP.
Ya sabemos que la institución del Senado, según define la propia Constitución Española, es prácticamente inútil en materia legislativa; reconvertida poco más que en un cementerio de elefantes y reducto de favores prestados que el Partido Popular, como bien dice la senadora peneuvista, en virtud a su mayoría ha convertido en un circo a través de ruidosas sesiones plenarias y desde las numerosas Comisiones formadas con intención de desgastar al gobierno pero que no conducen a ninguna parte.
Ahora, el citado párrafo nos sirve de pretexto para afrontar el debate sobre la posibilidad o no de abrir el melón y acudir a una cita electoral para dilucidar un nuevo parlamento en breve o culminar la legislatura en el verano del próximo año, cuando corresponde.
La legislación española, con un claro matiz presidencialista en este aspecto, queda casi en exclusiva en manos de la presidencia del gobierno la convocatoria de elecciones generales. Aunque cabe la posibilidad de desbancar al mismo mediante una moción de censura, una fórmula que se ha utilizado en diversas ocasiones pero que solo ha resultado exitosa en 2018, precisamente a manos del actual presidente Pedro Sánchez.
Si bien es cierto que la legislatura actual no nació del todo muerta tras las elecciones de 2023 sí que lo hizo en estado crítico no ya por tratarse de un gobierno de coalición en minoría con el apoyo externo de diferentes grupos políticos, sino porque entre los mismos se encuentran grupos, especialmente en el caso de Junts, en las antípodas de un modelo de corte progresista.
Tampoco por lo que toca del todo al PSOE en tanto fue con un partido en extremo liberal como Ciudadanos con quien pretendió gobernar el propio Pedro Sánchez tras las elecciones de diciembre de 2015 aunque, tras su fallida moción de investidura, tuvo que variar el rumbo en las elecciones de 2019 para formar un gobierno de coalición con grupos a la izquierda de su partido a instancias del electorado además de por el hundimiento de su anterior socio.
En definitiva que el gran problema del liberal conservadurismo español –y catalán-, en estos últimos años, no ha sido ciertamente el PSOE sino esos grupos a su izquierda que han promovido normas imposibles de encajar en ese marco y con dificultades incluso para el propio PSOE, quedando en dique seco numerosas propuestas hasta provocar otro nuevo desencanto entre su electorado.
Es cierto que el escenario actual con un PSOE salpicado por varios casos de corrupción con interconexiones entre sí, un acelerado cerco judicial más que sospechoso –sobre todo ahora con el caso Kitchen que afecta al PP encima de la mesa que junto al de los GAL resultan los más escabrosos de la democracia española-, y un gobierno sin presupuestos desde el inicio de la legislatura, en minoría incapaz de sacar la mayor parte de proyectos adelante, Junts mediante y una oposición echada al monte desde el minuto uno, parece abocar al adelanto electoral.
Además de que aguantar un año más con semejante vorágine de por medio conlleva una situación difícilmente soportable para cualquiera.
Pero dicha convocatoria queda solo en manos del presidente del gobierno y nada más puede hacerse al respecto.
La otra opción es la citada moción de censura que, en este caso, cabría proponer al Partido Popular, con Alberto Núñez Feijóo al frente, en tanto en cuanto es el único partido con opciones de gobierno.
Sin embargo los populares tienen un problema mucho más allá de esos cuatro diputados que le faltan para conducir al éxito la moción y es, sin duda, la falta de un proyecto claro que presentar en el parlamento de la nación y por ende a la ciudadanía.
No sería la primera vez que se presenta una moción de censura a sabiendas que va a perderse. Lo hizo Felipe González (PSOE) en 1980, Antonio Hernández Mancha (PP) en 1987, Pablo Iglesias (Unidas Podemos) en 2017, en 2020 Santiago Abascal al frente de Vox y en 2023 también por parte de Vox con Ramón Tamames de por medio.
En todas ellas sus ponentes presentaron una alternativa de gobierno que dieron a conocer desde la tribuna de oradores en el Congreso de manera más o menos acertada y que, en algún caso supuso el fortalecimiento de sus aspiraciones como en el caso de Felipe González o su suicidio político como le ocurrió a Hernández Mancha.
El problema de Núñez Feijóo en la actualidad es que carece de una propuesta clara en tanto en cuanto está supeditado a Vox de manera contradictoria en buena parte de sus postulados, tal como hemos visto en las recientes y fallidas elecciones autonómicas promovidas desde el Partido Popular.
Fallidas por cuanto a pesar de haber puesto en evidencia la debilidad del PSOE, uno de sus objetivos, han fracasado estrepitosamente al no haber logrado desembarazarse de Vox en ningún caso y con episodios tan esperpénticos como el de Extremadura.
Y en esa estamos. «Malmenorismo», que diría el ínclito Gabriel Rufián, a la espera de que en el año que resta el PSOE no acabe desangrado, todo lo que queda a su izquierda sea capaz de organizarse y generar ilusión entre su electorado –una auténtica utopía-, y que en el envite electoral fueran capaz de sumar entre ambos una mayoría suficiente.
Puestos a ello, uno se levanta un día pensando que resulta inevitable un adelanto electoral que detenga semejante agonía y otro seguir aguantando a la espera de una quimera ante el retroceso social y político que, visto lo que está ocurriendo en otras partes del mundo, supondría tener a Núñez Feijóo flanqueado por Santiago Abascal en la bancada azul del Congreso y quién sabe si con Miguel A. Rodríguez, a mayor gloria de Goebbels, de ministro de propaganda.