El déficit democrático español

E. Delacroix
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«España es diferente», fue un slogan promovido por la administración franquista y por determinados sectores conservadores de la política y medios de comunicación afines en los estertores del franquismo y durante los años de la Transición. Su principal cometido era el de hacer nuestro país atractivo para el turismo, Spain is different, pero también sería utilizado con la clara intención de mediatizar a la opinión pública considerando al pueblo español como un hecho diferencial del resto de democracias mucho más arraigadas del occidente europeo y, de paso, justificar así las actuaciones y conductas del entramado político.

Lo que si es cierto es que el pueblo español hasta la Guerra de la Independencia, hace poco más de dos siglos, no fue consciente de su identidad nacional ya que, hasta entonces, solo se consideraba así mismo plebeyo del rey. Éste atraso secular tuvo como consecuencia que España no tuviera su Revolución Liberal, ni su Revolución Industrial, ni siquiera una debida reforma agraria al unísono de las del resto del occidente europeo. Además, cualquier intento por consolidar la democracia, llámense Cortes de Cádiz, sendas iniciativas republicanas o cualquier otro acabaron sepultados por monarquías absolutistas, guerras civiles, sucesivos golpes de estado y dictaduras militares que la mantuvieron postergada en lo económico y social con respecto a sus vecinos allende de los Pirineos, hasta bien avanzado el SXX. Y eso, todavía, se nota.

De ahí la afirmación común de que España es una democracia joven a la que le queda mucho por aprender. Por poner solo un ejemplo de esto: recientemente el presidente del gobierno en funciones, Mariano Rajoy, afirmaba con rotundidad que en toda la Unión Europea solo en Portugal gobernaba el representante de un partido que no había ganado las elecciones, en un claro intento de reafirmar a la ciudadanía en ese supuesto hecho diferenciador, cuando en realidad es en 6 estados miembros de la misma donde se da en la actualidad ese caso: Bélgica, Letonia, Dinamarca, Rumania, Croacia y Portugal. Tan habitual como gobiernos de coalición multipartidista por bloques izquierda-derecha e incluso de diferente signo político. O lo que viene a ser lo mismo: lo inhabitual en el marco de la U.E. son gobiernos respaldados en mayorías absolutas con la holgura que han contado PP y PSOE, durante todos estos años en España.

La Transición fue un momento determinante en la historia de nuestro país pero le faltó ese órdago necesario para romper con el régimen anterior que le hubiese posibilitado mejores avances en cuanto a calidad democrática. Probablemente no se pudo dada la obstinación del ejército y buena parte de la alta jerarquía social que controlaba todas las esferas del estado y que, en el mejor de los casos, se apresuró a subirse a la nueva coyuntura. Fueron los conocidos por: «demócratas de toda la vida».

La larga duración del régimen franquista se había sustentado, como ocurre en toda dictadura, en tres pilares básicos: la censura, el miedo y un modelo educativo basado en la manipulación histórica y la exaltación del régimen que garantizara la perpetuación del mismo. Tras cuatro décadas de gobierno autocrático y salvo los honrosos casos de algunas revueltas muy localizadas, la sociedad española después de la muerte del general Franco, no fue capaz de romper por completo los lazos con el régimen anterior y acabó mostrándose complaciente con la perpetuación de muchos de los vicios adquiridos por este, víctima de un modelo social asumido durante tanto tiempo.

Ello permitió la promoción de políticos que habían desempeñado un rol importante en la vida pública española anterior a la democracia y se reconvirtieron en el nuevo escenario creando partidos que, de alguna manera, mantenían vivo un grato recuerdo del régimen anterior. Tal fue el caso de la Alianza Popular de Manuel Fraga, antiguo ministro de la dictadura, que de hecho se abstuvo a la hora de votar la Constitución y que nunca renegó de facto del franquismo. Curiosidades de la vida ya que es ahora su heredero, el Partido Popular, quien con más ahínco se muestra en contra de su reforma.

La corrupción, un problema innato a toda dictadura, siguió campando a sus anchas en la política española sin que tan siquiera un renacido PSOE, en la persona de Felipe González, supiera poner coto a la misma. Así hasta nuestros días en los que, este mismo, ha sucumbido a numerosos casos y su compañero de viaje, el PP con el que se ha ido alternando en las tareas de gobierno, que con un sinfín de sus responsables procesados por la justicia, en cualquier democracia avanzada haría tiempo que hubiera pasado al ostracismo político.

Mientras tanto la ciudadanía, mediatizada por la larga sombra del franquismo a través de importantes grupos de comunicación visiblemente reaccionarios, la impronta de una clase política devastada por la corrupción y un orden económico con una visión claramente cortoplacista, ha asumido en buena parte su papel de mera comparsa en el contexto económico, político y social. En España, un país marcado por ser el menos reivindicativo de Europa, donde tienen lugar menos manifestaciones públicas y con una reciente legislación cada vez más restrictiva al respecto a pesar de los escasos altercados registrados en las mismas, un movimiento social: el 15M, vino a desatascar tal situación y a poner en entredicho el orden establecido.

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La decidida irrupción en las calles y plazas españolas en aquellos días de Mayo de 2011, de grupos de jóvenes, hartos de tanta retórica política y una crisis devenida por un modelo económico basado en la especulación financiera con consecuencias devastadoras para la mayor parte de los ciudadanos, vino a modificar el tradicional panorama político español a pesar de la decidida intervención mediática en su contra. Con el tiempo, aquellos grupos de indignados fueron asociándose de forma más organizada hasta conseguir un importante respaldo de la sociedad española que les ha aupado a las instituciones. Y, en lo básico, con un mensaje sencillo: más democracia y justicia social para todos.

Precisamente por eso y tras los resultados de las pasadas elecciones generales, la plutocracia dominante, dispuesta a mantener su status a toda costa, ha dispuesto toda una batería de medios que, además de ponerlos en tela de juicio, ha lanzado un descomunal órdago a los recursos propios de cualquier democracia parlamentaria. De ahí y utilizando una vez más el recurso del miedo, que se esté poniendo en duda la legitimidad de otros modelos de gobierno que no pasen por los de las mayorías absolutas y gobiernos unipartidistas habidos hasta ahora en la joven España democrática.

Decía el filósofo coreano-alemán Byung-Chul Han que la habilidad del modelo neoliberal actual, está en la capacidad de este para persuadir al pueblo con el fin de sustituir «La democracia de los ciudadanos», por una «Democracia de consumidores y espectadores». Valiéndose para ello del exceso de información con el fin de distraer la atención de lo verdaderamente importante, centrándose en asuntos más banales o que puedan serle de utilidad en cada momento para manipular a la opinión pública. «Pan y circo» que dirían los romanos o «pan y toros», por utilizar una expresión más propia de nuestros lares. Un recurso que conforme el deterioro del sistema se hace mayor se utiliza más ampliamente.

Lo hemos visto ahora de manera muy reciente con el caso de los titiriteros de Madrid y la vuelta a la cuestión etarra como elemento aglutinador de la unidad nacional contra el fenómeno terrorista, cuando determinados medios de comunicación afines a un gobierno y al partido que lo sustenta, acorralado este por la justicia, han desparramado toda su artillería contra un hecho sin mayor trascendencia que, a lo más, podría considerarse desafortunado y sobre el que la propia justicia ya ha empezado a recular de manera casi inmediata, una vez se había constituido en el hazmerreír de buena parte, incluso, de la prensa extranjera. Pero que, en cualquier caso ha incendiado esa parte contumaz de las redes sociales empeñadas en la persistencia de un modelo político y económico agotado.

En definitiva, si queremos un modelo de sociedad en el que los ciudadanos alcancen el protagonismo que debiera corresponderles, solo una visión mucho más abierta de las variantes que otras sociedades democráticas de nuestro entorno, más avanzadas que la nuestra, han desarrollado a lo largo de su historia, permitirá que España se sacuda definitivamente los errores y lastres de su pasado más reciente. Sin que ello exima al conjunto de la sociedad europea de haber abandonado la senda que trazaron los fundadores de una Unión basada en el estado del bienestar y la solidaridad entre los pueblos.

Felipe Pozueco

2 comentarios

  1. Parece ser que España como país empezó a existir a raíz del franquismo o eso es lo que yo entiendo en su escrito y que toda la culpa de lo malo de ayer y de hoy la tenia y la sigue teniendo Franco, bueno como tal es mi opinión estar en desacuerdo de algunas partes de su articulo, por lo demás me parece un muy buen articulo.

    1. En absoluto. Si repasa lo dicho en el artículo, lo que digo es que para el pueblo el concepto de España como nación, no surge hasta la ocupación francesa y la posterior Guerra de la Independencia. Hasta ese momento el pueblo solo se consideraba así mismo como mero vasallo del rey, lejos de ese concepto posterior al que denominamos actualmente como “patria”.

      Por lo que respecta al concepto de España como estado esto es muy discutible y nunca ha puesto de acuerdo a los historiadores. Entre otras causas por que el concepto de estado ha ido evolucionando a través de los tiempos. Aún y eso, tradicionalmente es a raiz de los Reyes Católicos cuando a España se le considera como tal, aunque es un dato incuestionable que hasta varios siglos después las colonias americanas se seguían considerando propiedad de Castilla y no del estado español.

      Con respecto a las repercusiones de un régimen de carácter autárquico durante varias décadas y con incompletas relaciones con su entorno más allá de su propio contexto si no existe una ruptura efectiva con el mismo, como ocurrió durante el régimen franquista, esto no es un fenómeno único español. Ocurre en todos los países con casos similares y no hay mayor ejemplo de ello que en la Rusia actual, heredera de un régimen totalitarista que, todavía al dìa de hoy, más de dos décadas después de su desaparición, todavía es difícil de considerar como un estado plenamente democrático. Igualmente ocurrió en los Balcanes, tras la desaparición de la antigua Yugoslavia o en las repúblicas sudamericanas tras las dictaduras del siglo pasado.

      Un saludo y gracias por su comentario.

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