De la traición del espectador

Historia(s) del cine, de Jean-Luc Godard

Toda obra de arte camina sola. Igual, toda película que lleva inscrita al menos una tilde de pasión y de talento camina sola. Su marcha puede ser imperturbable. Es indiferente al olvido o a todo bullicio que despierte en el espectador (desde el que se arrellana en su butaca hasta el censor). Es inmune a premios e insidias. Transita incluso muy aparte de su creador y de quienes puedan reparar en ella. Podría decirse entonces: de este lado la película, y de este otro lado el espectador. Y luego así: ¿cuántos cineastas pueden hacer suya hoy esta frase de Jean-Luc Godard, sin sonrojo ni reserva alguna, a propósito de la película que ofrecen a la luz pública?: «No soy yo quien inventa esa sala vacía». Y en el caso del espectador, ¿cuántos colman el requisito de ser cómplices del cineasta en el flirteo-encuentro con la película?, y ¿cuántos declaran, incluso a gritos, su incomodidad, disgusto o desprecio por esa misma película? Tanto más, se podrá amar, y luego aborrecer un mismo film, o al revés. Podríamos hablar entonces de los caprichos del espectador, de su lid y embrollo ante toda película. Por eso, imposible pretender describir o trazar, ¿para qué?, un perfil del espectador en los tiempos que corren, ya difuso, inasible, si bien sabemos que hay tantos rostros de espectador como películas hay en el mundo. Mejor, sugerir, como en los párrafos que siguen, un cruce de observaciones acerca del espectador, que también camina solo; apenas un intento, a partir de una primera palabra anotada como una charada.

Historia(s) del cine, de Jean-Luc Godard
Historia(s) del cine, de Jean-Luc Godard

Ausencia 1

¿Cuántos espectadores son ahora, por voluntad propia, ausencia, silencio, Nadie? «Por fin puedo hablar ante Nadie», diría Alain Badiou frente a la sala cinematográfica vacía. Hoy, se prefieren las pantallas pequeñas, tal como estar ante el ojo de una cerradura. Según Godard, «el espectador prefiere ver la televisión; ya no va al cine para pensar»; o más bien, ya no va al cine. Se ha refugiado en los límites de su alcoba o de su casa. Y ha reducido también los límites de su embeleso ante la pantalla. Por otra parte, ha definido al fin su condición de soledad o de destierro.

Ausencia 2

Pero la sala cinematográfica también ha pasado a ser un tablado de partida de caza en que el espectador ha sido masacrado por el desprecio de los exhibidores y de las películas mismas, tanto como frente a la televisión, diligente en animar/secundar la vulgaridad de la pornografía del poder, el crimen, la violencia y tantas otras pornografías. Para paliar esto, una opción generosa siguen siendo Internet y el DVD.

Ausencia 3

En el año de su estreno, en 1963, Los carabineros, de Jean-Luc Godard, no tuvo más que 18 espectadores en 15 días de exhibición. Godard comenta: «Entonces, cuando hay dieciocho espectadores… Dieciocho, sé contar, me pregunté: “Pero, ¿quién diablos eran? Eso es lo que quisiera saber. Me gustaría ver a esas dieciocho personas, que me enseñasen su foto…”. Ésa fue la primera vez que pensé de verdad en el público. Podía pensar en ese público. No creo que Spielberg pueda pensar en su público. ¿Cómo se puede pensar en doce millones de espectadores? Su productor puede pensar en doce millones de dólares, pero pensar en doce millones de espectadores… ¡es absolutamente imposible!»

Creer/estar

O en palabras de Orson Welles: «El público cinematográfico no existe. Está formado por 200 bereberes del otro lado del Atlas, por un grupo de intelectuales de la cinemateca de Atenas, por 700 burgueses que han votado por Nixon, por una única persona que mira la televisión. Cuando hago una película, hago una película y eso es todo. El público del cine es inimaginable. Sesenta por ciento del público no escuchará jamás nuestras palabras porque la película se doblará. Quizá diez millones la vean más tarde, cuando todos estemos muertos. Son pobres, son ricos, son mayores, son jóvenes. No sabemos lo que es el público del cine; no podemos hacer, por tanto, más que aquello en lo que creemos», y en tanto se da, en ocasiones como un milagro, aquello que Alexander Kluge define como la «epifanía».

Epifanía

Kluge aún confía en la inteligencia del espectador; por eso, lo ve como cómplice del cineasta a la hora de encontrar en la pantalla, mientras corre la película, el instante de epifanía, es decir la «imagen invisible», la que podría completar el sentimiento evocado por el film. Kluge le llama «realizar el montaje», mientras que para Marcel Hanoun es el complemento: «la imagen no es espejo y reflejo, es contracampo, el campo principal es el espectador». Entre otras, en la faena en que se cruzan cineasta y espectador, esa epifanía ha derivado en homenaje, confronta, tributo, hurto, continuidad, cuando el segundo de ellos pasa a dirigir una película.

Homenaje

O «nada es original». Algunos cineastas han presumido su cinefilia (Bergman, Scorsese, Bogdanovich, Truffaut), mientras otros sus pocas idas al cine (Dreyer, Bresson, Pedro Costa, Herzog). Si bien, según sugiere Eric Rohmer, ningún cineasta que se precie debe poner en pantalla su pasión por otros cines, ciertas películas que parten de otras, que prosiguen o enriquecen la confronta, comparten un mismo sentimiento con aquellas que no resultan de ninguna otra, sino más que de un asunto del corazón. El homenaje, entonces, consciente o no, estará de todos modos ahí.

Fanny y Alexander, de Ingmar Bergman
Fanny y Alexander, de Ingmar Bergman

Inmemoria

Para partir del Immemory de Chris Marker: ¿cuántas películas, cuántos momentos, puede guardar y recordar el espectador en su itinerario personal, intransferible?, las más de las veces dado a olvidar, a no considerar, a no querer apreciar de manera justa, y siempre rebasado por la oferta de una y otra película. Por eso, ya en el extravío, la inadvertencia o el desamor, inventará premios, listas de según lo mejor, recomendaciones y demás; venerará ciertas imágenes, sólo algunas películas y, dueño y señor del asunto, desechará y estigmatizará lo que no le guste. «En el cine, todo el mundo, con tal de que posea ojos y orejas, tiene de inmediato una opinión», ha enfatizado Godard. Y a darle tijeras, para que corte, censure, lo que según su opinión no vale. Y más de Godard: «Si Jean Vigo emociona a diez espectadores, debe ser mantenido de alguna manera, para que pueda vivir en armonía con esos diez espectadores».

Immemory, de Chris Marker
Immemory, de Chris Marker

Juventud

Hay espectadores jóvenes que suponen que el cine nació apenas hace algunos años, diez cuando mucho; y llaman antiguo, y por tanto, aburrido, al previo a esos años. Suele imponerse en ellos un sentimiento de desconfianza.

Apocalipsis

En Adiós, Dragón Inn (Tsai Ming-liang, 2003), La gata de dos cabezas (Jacques Nolot, 2002) y Serbis (Brillante Mendoza, 2008), los personajes, espectadores, deambulan en cines próximos a cerrar o en ruinas que subrayan un ánimo de fin del mundo. Fellini decía al final de su vida, hablando de la actualidad: «Soy pesimista porque pienso que el público no siente ya amistad por el cine».

Adiós Dragon Inn, de Tsai Ming-liang
Adiós Dragon Inn, de Tsai Ming-liang

Ana

Habrá que volver a ese rostro de mirada infantil, atento, prendido, el de Ana Torrent en El espíritu de la colmena (Víctor Erice, 1973): en esa mirada sigue anclada una fe de maravilla por el milagro del cine, el instante de epifanía, la que se pide a todo espectador.

El espíritu de la colmena, de Víctor Erice
El espíritu de la colmena, de Víctor Erice

José Luis Márquez Núñez

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