De esa forma, los diez primeros minutos, así como la parte en la que Chance y Greg deben tratar de apagar cinco pozos de petróleo en medio de una Venezuela acosada por las guerrillas -donde el peligro es tanto morir pasto de los disparos como de los incendios- son, directamente, inolvidables. Como en el cine del mejor Hawks, los motivos estructurales de aquel -grupo masculino aislado que participa en una tarea de vida o muerte, que se apoya tanto en el trabajo en equipo como en las hazañas individuales, la profesionalidad y el estoicismo ante el peligro y la muerte, los forasteros que entran en el grupo y se convierten en una amenaza para el mismo y su necesidad de ser admitidos en el grupo- convierten las relaciones homosociales.

Desde que tengo uso de razón, Jacques, este amigo, o Derrida, este amigo al que nunca conocí y sobre el que intento escribir sin saber si es posible, nos habla, o más bien nos llama a la muerte. No piensa en la muerte. No piensa la muerte. Más bien, tal vez, piensa a muerte. A fondo. Cuestión de analogía: incondicional e irreconciliable. Como la sonrisa, la última de las últimas: sonrisa a través de las lágrimas, más allá del rastro y del archivo. Recuerdo de una promesa o promesa de un recuerdo. Una despedida es una transacción entre dos imperativos igualmente irreconciliables. Por eso esta es una carta breve a un amigo, decía, cuya respuesta no obtendré jamás. No habrá postal, ni siquiera una carta en souffrance. En souffrance: dolorosa porque todavía para siempre pendiente, algo que quizás se correspondería con cualquier palabra que uno escriba a la muerte de alguien, mejor aún, después de la muerte, póstumo a la propia muerte.