“Siempre hay guerra” es el título que complementa a “Tremor” (temblor), documental de la directora belga Annik Leroy (1952), realizado junto a su compañera Julie Morel, las cuales han acudido a la presentación del pasado 16 de enero en el ciclo que ha proyectado la Filmoteca de Catalunya. Un título tangible por el eco de los conflictos bélicos y políticos pasados y presentes que siembran el horror en cualquier lugar del planeta (en especial Europa), y contundente en su diagnóstico de la actualidad.
Directora que entronca con su compatriota Chantal Akerman en su mirada contemplativa y solitaria de la sociedad alumbrando un cine de calado vanguardista y espíritu crítico.
Annik Leroy posee una obra escasa (cuatro largometrajes y cuatro cortos), pero es lo suficientemente poderosa en su discurso y en su plasticidad como para dejarla pasar por alto. Casi desconocida en nuestro país, con esta iniciativa se hace justicia a una directora lúcida, cuya obra, de gran peso ético y estético, se ha impuesto firmemente a la mirada de tantos cinéfilos que hemos recalado en ella. Ejemplos como Vers la mer (1999), cuyo centro neurálgico es el Danubio, describen muy bien el trabajo humanista, observador del medio y antropológico con una poderosa base literaria y filosófica en referentes como Hannah Arendt, Sigmund y Anna Freud, Pasolini, Ingeborg Bachmann o Alberto Moravia, entre otros, que escoltan su incisiva obra.


La directora belga extrae la geografía del dolor en cada espacio natural yermo, gélido y en erupción que parece querer atravesar la pantalla en Tremor con su apariencia post-catástrofe, aunque también de los urbanos e institucionales. Un blanco y negro muy contrastado enfatiza la gravedad de lo visual en esas personalidades que convoca de forma fantasmal en sus audios apoyados en una naturaleza en apariencia muerta, latente en los temblores que rugen desde sus entrañas. La música de piano de Giacinto Sclesi golpea con su rotundidad y notas espectrales fragmentos duros relatados sobre el suicidio, el maltrato, el asesinato de Pasolini y el vacío que dejó, así como de la violencia institucional en hospitales, la huida de Viena de Freud a Londres como consecuencia de la invasión alemana o la finalización con el lúcido poema “Profezia”, de Pasolini.
Si Jean Grémillon rodó “en directo” los efectos de la II Guerra Mundial sobre su tierra Normandía en Le 6 juin à l’aube (1946), mostrando su esqueleto devastado entre ruinas con mucho por hacer en el futuro, y Abbas Fahdel lo ha hecho recientemente en Tales of The Wounded Land (2025), denunciando el estado en que ha quedado el sur de Líbano a consecuencia de los bombardeos indiscriminados de Israel, la película de Leroy recurre a la memoria del trauma instalada en un paisaje abstracto e indeterminado. Un dolor universal que atraviesa fronteras inconcretas reflejando las huellas de un mundo desorientado y patas arriba.


Las formas visuales experimentales con planos cámara en mano, otros que arden, aberrantes de grandes angulaciones, perpendiculares e incluso totalmente invertidas dan cuenta de una sociedad tensionada, inestable y sin orden moral, angustiada por la asfixia de ese terreno que ahora es el cielo y que parece derrumbarse para colapsar. O en aquellos con la cámara a ras de suelo que parecen simular la mirada de alguien que desfallece y yace tirado en el suelo inerme.
Tremor constituye un poderoso ensayo visual que rastrea el dolor infligido por los fascismos, la intolerancia, las instituciones, la violencia, la colonización y las migraciones instaladas en imágenes que son tan bellas, como incómodas. Heridas aún abiertas como las vibrantes del volcán Stromboli, que hierven a modo de metáfora de la violencia amenazante. O también en las del bunker defensivo de antaño con arquitectura de apariencia brutalista o en las heladas de Islandia con una naturaleza que permanece eterna a pesar de la barbarie o lo implacable del lugar donde asesinaron a Pasolini en Ostia. Acude también al hospital psiquiátrico de Volterra en el que aislaron al artista Fernando Nannetti resonando sus lamentos ante los muros indescifrables que talló con una hebilla durante su enfermedad mental. Leroy registra los temblores históricos pretéritos y los presentes en la actualidad como un ciclo inacabable de una sociedad envilecida que repite sus pasos una y otra vez, contrastándolos con el pulso poético de los escritores elegidos.


Después de escuchar un audio de Pier Paolo Pasolini en el que habla del arte, Himmler, Hitler y la libertad perdida sobre imágenes desoladas o abandonadas que tanto reflejó en su cine marginal o las ruinas de Ostia Antica, Moravia se duele por su vil muerte en el extracto del emotivo discurso que pronunció con estas palabras: “Hemos perdido, por encima de todo, a un poeta. Y poetas no hay tantos en el mundo, Sólo nacen tres o cuatro en un siglo. Cuando termine este siglo, Pasolini estará entre los pocos que contarán como poetas. El poeta debe ser sagrado”.
Un poeta y cineasta que ya en los ’60 escribió el citado poema “Profezia” en el que presagiaba las migraciones hacia Europa y que ahora destacamos por su carácter visionario, después de esa mirada negra que rompe la cuarta pared para interpelarnos con rotundidad :
Alí de los Ojos Azules
uno de los tantos hijos de los hijos,
bajará de Argelia, en naves a vela y a remos. Vendrán
con él millares de hombres,
con sus cuerpitos y los ojos
de pobres perros de los padres
sobre barcas varadas en los Reinos del Hambre.
Traerán consigo los niños,
y el pan y el queso, en papeles amarillos del Lunes de Pascua.
Traerán las abuelas y los asnos, sobre barcos robados en puertos coloniales.
Desembarcarán en Crotona y en Palmi,
por millones, vestidos con harapos,
asiáticos y de camisas americanas.
De pronto, los calabreses dirán,
como de malandrín a malandrín:
“¡Ahí vienen los viejos hermanos,
con hijos y el pan y el queso!”
De Crotona o de Palmi subirán
a Nápoles, y de allí a Barcelona,
a Salónica y a Marsella,
a las ciudades de la Mala Vida.
Almas y ángeles, ratones y piojos,
con el germen de la Historia Antigua
volarán ante las willayas.
Ellos siempre humildes
Siempre débiles
Siempre tímidos
siempre ínfimos
siempre culpables
siempre súbditos
siempre pequeños
Ellos, que nunca quisieron saber, ellos que sólo tuvieron ojos para implorar,
ellos que vivieron como asesinos bajo tierra, ellos que vivieron como bandidos
en el fondo del mar, ellos que vivieron como locos en medio del cielo.
Un feliz descubrimiento el de Annik Leroy, directora con mucho que aportar conceptualmente al cine contemporáneo y capaz de avanzar en los límites atribuidos al documental. Dotada de una fuerza poética y visual con la que juega y experimenta a niveles asombrosos.


TÍTULO: Tremor-Es ist immer Krieg. AÑO: 2017. PAÍS: Bélgica. DURACIÓN: 92 min. DIRECCIÓN: Annik Leroy. GÉNERO: Documental. Experimental. GUION: Ingeborg Bachmann, Fernando Nannetti, Barbara Suckfüll. FOTOGRAFÍA: Annik Leroy, Julie Morel, Els Van Riel. PRODUCCIÓN: Auguste Orts. MÚSICA: Giacinto Scelsi.