“Nadie me puede prohibir ladrar” cantaba la Bandini, lamentando estar encerrada en un cuerpo humano y deseando ser la perra de un perro, sin collar ni bozal. Querida Rigoberta, ¿eres tú una therian? Hay días que miro a mi Canelo y deseo ser él con todas mis fuerzas, siento las penas y las alegrías de este chucho ciego y sordo, a sus 16 años, como si fueran mías. ¿Seré yo una therian? Creo que las dos responderíamos, como lo ha hecho ya mucha gente en estos días, mejor therian que facha. Lo malo es que esa afirmación está un poco descompensada, ya que los segundos son un problema real. Bien sabemos que los primeros no.
Otra cosa, Rigoberta, resulta que sí, que pueden prohibirte ladrar. En marzo del año pasado, el gobernador de Texas, Greg Abbott, respaldó la iniciativa legislativa conocida como la F.U.R.R.I.E.S. Act (HB 4814 o HB54). La ley da respuesta a un espejismo: prohíbe maullar y ladrar en los centros escolares públicos (los privados ya tú sabes) y, además, obliga a las escuelas a retirar los areneros que han instalado para que el alumnado que se sienta animal no levante la pata donde no debe. Greg Abbott ha visto el mismo número de areneros para niñes que Abascal de mujeres con burka en el Estado español. Qué cosa curiosa, igual que en Cuarto Milenio mezclan aviones fumigadores de veneno con Caras de Bélmez para hacer propaganda fascista, meten en un mismo saco cualquier tipo de diversidad o disidencia para ridiculizarla y tratar de acallar identidades que se alejen del único perfil estandarizado, que tan bien le viene al capitalismo. Estáis llenando tanto el saco que no vais a poder moverlo. No estáis tan cachas, nos pasamos vuestras horas de gimnasio por el culo. Culo que nos olemos a veces para asegurarnos de que no se nos ha colado ningún bro.
Hablando de animales y dueños, observo matices significativos en mi entorno más cercano. Mi barrio es un laberinto de caminos que combina huertos, humildes casas bajas y chaletazos con figuras de aves rapaces en la puerta. En las semi mansiones con centinelas de piedra, en forma de águila o búho real, tienen dos tipos de mascotas: perros caros y perras de caza. Las casas con teja que luchan contra la humedad, producto de unos cimientos precarios, están custodiadas por una diversidad perruna que todas esas empresas de alarmas ni siquiera sueñan. Podría pensarse que es mejor ser perra de rico: jardines, pelo esponjoso, casetas de lujo, pero algo me hace sospechar que no. Las perras de caza y los perros caros no pasean, Canelo no les conoce, sólo les entrevemos tras las bonitas celosías, sentimos cómo ladran con desesperación y se agitan a nuestro paso. Hace tiempo, un vecino cazador sacó a sus perras; una de ellas se acercó y gruño nerviosa. Ni Canelo ni yo lo interpretamos como amenaza, sin embargo, recibió una patada en el hocico al grito de “así aprenderás a respetar al vecino”. Otro hombre con jardín y aparcamiento para los cuatro coches familiares, me comentó “qué dedicación la tuya, sacando al perro todos los días”. Noté que se contrariaba con mi respuesta: “pues no sé, en mi familia es normal. Si tienes perro, lo paseas.” Su Fox Terrier gigante se muere por olerle el culo a mi Canelo, pero hay una barrera infranqueable que ni en la telenovela más rocambolesca podría resolverse.
No me importaría que se me señalara como therian, pero, por favor, que me toque una dueña sin jardines. Aunque, puestas a elegir, prefiero ser una perra libre.