Oportunidad histórica

Pedro Sánchez Pérez- Castejón, Presidente del Gobierno (Wikimedia Commons)

«Quizá la más grande lección de la historia es que nadie aprendió las lecciones de la historia»

(Aldoux Huxley)

Los antecedentes

El neoliberalismo, la fórmula más ortodoxa del capitalismo, ha fracasado y no hay mayor evidencia de ello que la crisis económica y financiera propiciada por éste en 2008. Con extraordinarias repercusiones en lo social y lo político, sin duda la peor crisis de estas características desde la Gran Depresión de 1929.

Como hemos repetido en varias ocasiones aquel fantasioso manifiesto proclamado por Angela Merkel, Barack Obama y Nicolas Sarkozy tras el desencadenamiento de la crisis «Vamos a modificar el capitalismo», quedó en agua de borrajas y una vez la pretendida finalización de esta, el resultado es que las clases medias y bajas han sido las indiscutibles perdedoras de la misma y que la riqueza generada desde entonces se ha repartido aun de manera más desigual aumentando sensiblemente los desequilibrios a lo largo y ancho de todo el mundo.

Un modelo económico que incluso, como ha quedado demostrado en la reciente Cumbre del clima en Madrid de manera tan evidente, es incapaz de tomar las medidas necesarias para evitar el colapso ambiental del planeta.

En España, por citar el ejemplo más próximo, hace solo unos días un nuevo dato ha venido a corroborar aún más tales certezas cuando hemos sabido que los consejeros independientes de las empresas españolas que cotizan en el IBEX son, después de los suizos, los mejores pagados de Europa. Un perfil como poco singular que debería tener en cuenta la organización empresarial que las representa cuando se manifiesta tan abiertamente en contra de las subidas del salario mínimo y de los convenios sectoriales en un país donde es de sobra conocido que la precariedad laboral y los bajos salarios son unos de los principales defectos estructurales del mismo.

España y la oportunidad

El nuevo gobierno de España, el primero de coalición del actual periodo democrático que pone por fin a nuestro país en la órbita de las grandes democracias occidentales donde los gobiernos de coalición han sido históricamente el común denominador y que parece a priori abrazar las pautas fundamentales de la socialdemocracia, tiene ante sí un extraordinario reto. Se trata de una ocasión que quizá pueda ser única para, tras el aplaudido éxito de dichas políticas en la vecina Portugal, revertir el modelo neoliberal en una de las principales economías europeas como es la española y marcar un nuevo rumbo en el continente visto el estrepitoso fracaso de un fundamentalismo capitalista que está llevando al borde del abismo el modelo de bienestar puesto en marcha tras la Segunda Guerra Mundial.

Este gobierno tiene ante sí una tarea que a fuerza de ser sinceros resulta ardua difícil, sobre todo como decíamos antes cuando se cuentan numerosos defectos estructurales desde tiempos remotos. A propósito del déficit salarial resulta aún más inasumible que España cuente con las tarifas eléctricas y de telecomunicaciones de las más altas de Europa. Tanto como que en España el porcentaje del PIB que se dedica a la educación o a la ciencia, pilares fundamentales para el desarrollo de un país, esté tan lejos de los primeros puestos en relación a sus vecinos europeos. O que tengamos más líneas de Alta Velocidad o aeropuertos por habitante que cualquier otro país de Europa, por cierto muchos de ellos sumamente deficitarios, mientras buena parte de esa misma red ferroviaria se mantiene en niveles bochornosos, continuamente reivindicados en buena parte de la península.

Numerosas cuestiones por delante fruto de la ausencia en España en su momento de una revolución liberal al unísono del resto de Europa, una revolución industrial que nunca fue, ni siquiera una revolución agraria amén de un atraso casi secular en muchos aspectos y que todos los intentos por democratizar este país los dos últimos siglos han acabado sepultados por movimientos reaccionarios, cuando no dolorosos golpes de estado. Por fin, tras la Transición la democracia acabó consolidándose aún sus numerosos defectos, entre los cuales el haber corrido en exceso en algunas direcciones dejando para atrás cuestiones básicas para mejorar la vida de las personas.

Pablo Iglesias Turrión, Secretario general de Unidas Podemos (Wikimedia Commons)

El programa

Probablemente, en perspectiva, el programa que ha atisbado la coalición es el que querría para si la inmensa mayoría de los ciudadanos. Uno de sus primeros retos modificar un infame modelo fiscal que prima a las clases altas y las grandes empresas sobre el resto de los ciudadanos en base a ese iluso y cínico mantra liberal de que a los que más tienen hay que eximirles todo lo posible de cargas porque son los principales creadores de empleo –exiguo en salarios y decididamente precarios como ha quedado demostrado-, o porque no hacen uso de los servicios públicos –aunque deambulen por nuestras mismas aceras, plazas, calles y carreteras, nuestros puertos y aeropuertos-, algo que queda fuera incluso de los principios de la Constitución Española en cuanto a justicia fiscal.

Además de ello el nuevo gobierno se plantea ante sí obligaciones tan importantes como aumentar el salario mínimo hasta situarlo en los niveles propios de un país con el nivel de vida de España en la forma y plazos necesarios. Si ya de por sí en España los niveles salariales de la mayor parte de los trabajadores han estado siempre por debajo de la cadencia que les corresponde en relación a sus vecinos europeos, la precariedad y los desequilibrios no han hecho más que aumentar como consecuencias de las sucesivas reformas laborales de los gobiernos anteriores, entre ellos del propio partido socialista.

Nuevas normas que permitan controlar el mercado del alquiler en la vivienda que está devastando las oportunidades de los ciudadanos y creando una nueva burbuja inmobiliaria. Medidas que intenten poner freno al cambio climático, que afronten de manera decidida la igualdad entre hombre y mujer, que den viso de futuro a las pensiones, la gestión de la sanidad, infraestructuras suficientes en todo el territorio, de la España vaciada… y otras numerosas cuestiones sin necesidad de excesivos aspavientos que, en cualquier caso y muy en contra de lo que algunos afirman, encajan por completo tanto dentro del marco constitucional español como de las leyes europeas.

La corrupción

Sería de necios creer que la política en mayor o menor medida pueda desligarse completamente de la corrupción. La sed de dinero y poder forma parte de la naturaleza de muchos seres humanos. Pero de ahí a que la corrupción haya campado a sus anchas a lo largo y ancho de la geografía española desde la Transición como un vicio heredado del régimen anterior, es inasumible para una democracia que se precie.

Desde el enriquecimiento ilícito a nivel personal como ha ocurrido con su máximo exponente de los ERE de Andalucía, hasta la corrupción institucionalizada de un partido de gobierno como ha sido el fenómeno Gürtel en aras de la financiación ilícita del mismo, pasando por un interminable chorreo de casos -con una indecible permisividad durante años-, que no pueden seguir siendo noticia día tras día.

El nuevo gobierno debe combatir la corrupción a todos los niveles, poniendo todos los medios a su alcance a través de las leyes, la judicatura y las fuerzas de seguridad del Estado cuando así se precise hasta reducirla a niveles casi de excepcionalidad o meramente anecdóticos en todas y cada una de las instituciones. En especial cuando dicho fenómeno ha resultado ser uno de los motivos primordiales de la desafección de buena parte de la ciudadanía por la cosa política.

La cuestión catalana

Sin lugar a dudas un problema que va a seguir trayendo de cabeza al nuevo gobierno. A este o a cualquier otro que hubiera estado en su lugar. En el caso de la coalición PSOE-UP, bien es cierto que han tomado el camino del diálogo que debieran haber tomado en su momento los ejecutivos de Mariano Rajoy y Artur Mas primero o Carles Puigdemont después por cuanto de haber sido de interés por ambas partes no se habría llegado a la situación de colapso actual.

Si algo ha quedado evidenciado desde que Rajoy y Mas optaran por abrir la caja de los truenos de los nacionalismos para distraer la atención de otros problemas más acuciantes para la ciudadanía, es que ni la vía del patrioterismo más rancio y reaccionario esgrimido desde ambos lados, ni la de la judicialización de un problema político que hasta ese momento había pasado casi desapercibido, son las vías más obvias para afrontar debidamente semejante rompecabezas.

A priori dado el cariz que han tomado los acontecimientos es aquí donde se la juega el nuevo gobierno ante las exigencias que puedan llegar por parte de Esquerra Republicana, salvo que el histórico partido catalán sea capaz de asumir la realidad de que la independencia de Cataluña es una quimera en el corto y medio plazo mientras que una mayoría suficiente de los catalanes no esté por ello. No estaría de más pues que tal como parece atisbarse también desde el nuevo ejecutivo pueda llegarse a un acuerdo que se expusiera en forma de consulta a la sociedad catalana y zanjara por un tiempo tan controvertido asunto.

Gente (Pixabay)

La legislatura

Será difícil, extraordinariamente difícil, tanto por la cuestión catalana como por toda la batería de ataques que va a recibir el nuevo ejecutivo desde la caverna mediática día sí y otro también y a buen seguro que de manera mucho más sibilina por los poderes fácticos, acostumbrados a hacer de su capa un sayo en las altas esferas de la sociedad y la industria española.

Más aun con una derecha tan patrimonialista y nacionalista como la española que envuelta en los símbolos del estado que se atribuyó para sí durante la Transición considera su españolidad y patriotismo por encima de los del resto de los ciudadanos. De ahí que, tras su consolidación como partido de gobierno en los tiempos de Aznar, se considere única depositante de la voluntad popular y tache continuamente de usurpadores a los que ocupen en su lugar el gobierno de la nación.

A Pedro Sánchez se le podrá acusar de muchas cosas, en especial sus cambios de rumbo y la sensación generalizada de que, hasta el momento, ha parecido más preocupado por permanecer en el cargo que en asumir sus obligaciones, sobre todo con sus continuos desplantes a su socio natural Unidas Podemos. Pero del mismo modo hay que tener meridianamente claro que este gobierno es absolutamente legítimo tras el resultado de las últimas elecciones y la decisión de la Cámara, como lo era del mismo modo tras la moción de censura a Mariano Rajoy.

La oposición está en su perfecto derecho de criticar la actuación y propuestas del gobierno, además de plantear las normas y leyes que crean necesarias pero nunca debería acusar al mismo de ilegítimo y menos aún de haber propiciado un golpe de estado para encaramarse en el poder de manera fraudulenta. Flaco favor le estarán haciendo a la democracia si los partidos de la derecha española se siguen pronunciando de ese modo en un claro intento por desestabilizar el estado confundiendo de manera tan perniciosa a la opinión pública. Incluso pidiendo como se ha llegado hacer ya a través de sus altavoces mediáticos la intervención del ejército para desalojar al nuevo gobierno de las instituciones.

La crispación

Tal y como se ha visto con el escandaloso espectáculo que ha brindado la oposición en la Cámara durante el debate de investidura –aunque al menos Arrimadas evitó los insultos y se centró en suplicar un tamayazo por parte de los diputados socialistas, cuando lo fácil hubiera sido haber votado sí nueve de sus diez diputados y nos hubiéramos evitado tanta algarabía-, todo vale con tal de derribar el gobierno de Sánchez e Iglesias.

Como reconociera Luis Mª. Ansón cuando el PP se prodigó de similar modo en tiempos de Aznar y González y estuvieron dispuestos a tambalear las estructuras del estado con tal de sacar al PSOE del gobierno, en esta ocasión y vista la ferocidad desatada, el recurso a la temeridad y a inquietar a la opinión pública a cualquier precio van a traer consigo toda una ingente legión de acusaciones, insultos y algaradas desde las bancadas del Congreso y el Senado, su artillería mediática, la calle y muy especialmente desde las redes sociales, un mecanismo éste último que se ha demostrado extraordinariamente eficaz, sobre todo entre aquellas personas que han hecho de las mismas su principal fuente de información sin necesidad de contrastar y mediante mensajes simples y directos, por muy descabellados que éstos sean.

No estaría de más que en general todos los grupos parlamentarios que de un modo u otro han contribuido a que este gobierno pueda salir adelante, apuesten por un discurso sosegado –que no quiere decir exento de crítica-, al objeto de evitar dar carnaza a aquellos que parecen haber hecho de la trifulca política su modus operandi.

El nuevo gobierno no debe entrar en el rifirrafe parlamentario ni en batallas inútiles que solamente sirven para soliviantar a la opinión pública. Debe centrarse en gobernar, en dictaminar y proponer leyes y normas para mejorar la vida de los ciudadanos a sabiendas que, en el debate parlamentario, responderá la oposición con una dureza inusitada aprovechando cada momento de forma ruin. Por tanto no puede dejarse ni intimidar, ni distraerse, ni perder el tiempo en debates estériles más allá de la lógica discusión en relación a la cuestión que se trate. Ni cometer errores de bulto con acciones u omisiones evidentes a sabiendas que serán utilizadas con la mayor fiereza por parte de sus oponentes.

Adelante (Pixabay)

El pronóstico

Estamos ante lo que podría denominarse la prueba del algodón de la joven democracia española. Solo si existe una clara voluntad de todas y cada una de las partes que han permitido desbloquear una situación que venía arrastrándose desde hace varios años y que hacía imposible la gobernabilidad de España, esta legislatura podrá salir adelante y cumplir sus cuatro necesarios años para consolidar un nuevo proyecto político.

Un nuevo proyecto que pase por un cambio de rumbo de un modelo económico que ha llevado el capitalismo a su forma más desalmada poniendo en riesgo el estado del bienestar, la democracia y que ha devastado el planeta. Un proyecto progresista que desde la moderación pero con la suficiente contundencia sirva para que una economía tan influyente e importante como la de España pueda enfatizar al resto del continente europeo.

Sánchez e Iglesias, en especial éste último, han de ser conscientes que Roma no se hizo en un día, que de lo que se trata ahora es de humanizar un modelo capitalista asumido por occidente desde hace décadas que ha perdido la cordura desde que el neoliberalismo impusiera sus devastadoras tesis y que incluso tendrán que ceder, al menos de manera momentánea, en determinados aspectos aun en detrimento de su ideario e intenciones. Eso puede perdonárselo su electorado natural pero lo que no podrá perdonarle ni le perdonará es que este gobierno sea una nueva versión de ese socio-liberalismo que ha puesto al pie de los caballos a buena parte de los históricos partidos socialistas europeos al renegar de sus principios más básicos.

Y menos aún que PSOE y UP entren en disputas internas que puedan llevar al traste su acuerdo. Bastante hemos tenido ya los últimos meses y años para que la izquierda democrática se siga echando los trastos a la cabeza, en especial desde el PSOE a través del propio Sánchez hasta hace solo unas semanas y no digamos ya de las viejas glorias de su partido. Demos ya por cerrado este eterno periodo electoral y centrémonos en gobernar.

Conclusiones

En definitiva a este nuevo gobierno le queda una dificilísima tarea, casi hercúlea por delante. Pero debe ser consciente que se encuentra ante una oportunidad histórica para un proyecto de futuro que no solo debería quedarse en España sí no mucho más allá y eso no puede dejarlo pasar. Además, la crisis económica de 2008 derivada a sistémica ante la inusitada pérdida de valores éticos y morales ha propiciado la irrupción de movimientos de ultraderecha propios de otras épocas que tuvieron en su día consecuencias devastadoras en todo el mundo. O que personajes como Donald Trump, Jair Bolsonaro o Boris Johnson hayan alcanzado el poder en países tan significativos como EE.UU., Brasil o el Reino Unido respectivamente con consecuencias imprevisibles.

Visto el reciente fracaso del laborismo en el Reino Unido y las arduas perspectivas del SPD en Alemania o de los demócratas en EE.UU., puede que estemos ante la última encrucijada para desde un país de cierta relevancia como España poder dotar de algún sentido común a una humanidad maltrecha por la avaricia y codicia de un sistema capitalista llevado a sus últimas consecuencias.

Por último, no podemos esperar ni tampoco creernos que después de tantos desplantes e improperios que Sánchez e Iglesias se han lanzado mutuamente antes, puedan quererse tanto ahora como han escenificado estos días. Pero a fuerza de ser sensatos deberán dejar aparcadas sus desavenencias y dar la máxima prioridad a las necesidades de los ciudadanos. No es cuestión de ser más o menos optimista al respecto, se trata sólo de una mera cuestión de juicio y sensatez por la salud de este gobierno y el bien de este país.

«El sentido común es la cosa que todos necesitamos, que pocos la tienen y que ninguno cree que le falta»

(Benjamin Franklin)
Felipe Pozueco

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