El futuro de la Unión Europea

Confieso que me gusta mi país aunque no me seduce nada como se han hecho y se siguen haciendo muchas cosas desde que me llega la memoria. No tengo nada de patriota, máxime al haber nacido a unos pocos kilómetros de una línea imaginaria que solo separa una manera de hablar pero que en realidad cuesta distinguir a las personas. Menos aún de patriotero, monárquico y demás cuestiones identitarias.

En las antípodas del nacionalismo pero asumiendo que existen normas y si España, que es a lo que vamos, está en la Unión Europea deberá respetar las reglas del juego o, en todo caso, intentar cambiar las que no le gusten desde dentro. Y de no ser así bajarse del barco sin más.

Lo que no puede ser de recibo es el caso de Polonia que, según acaba de fallar su más alto tribunal, no está dispuesta a respetar las leyes europeas si no le viene en gana y, sin embargo, no parece tener intenciones de abandonar la Unión. A buen seguro que para seguir beneficiándose de la teta comunitaria.

El gobierno ultra conservador polaco –capaz incluso de señalar a las personas por su identidad sexual– y sus jueces a los que controla alevosamente, representa pues la esencia misma del capitalismo. El mismo que gusta darle la espalda al estado salvo cuando le necesita.

Otra cosa es lo que pueda pensar el pueblo al respecto o si la democracia ha de poner siempre la otra mejilla. Pero esa es otra historia que haría correr mucha tinta y no tenemos tiempo ahora para eso.

Para colmo, en otro error estratégico de la normativa de la Unión, en su caso no se plantea la posibilidad de la expulsión de alguno de sus países miembros. Todo un adalid de supuestas certezas como si la propia historia de los países que la integran no pusiera en duda semejante propuesta.

La crisis del capitalismo y la parte que nos toca

No es difícil establecer un paralelismo de la apología del capitalismo entre la actual crisis política, inacabada en su parte económica como ha sacado a la luz la pandemia, y su más cruel antecesora.

En el pasado SXX, a una época de extraordinaria bonanza como fueron los Felices 20 le sucedió la Gran Depresión del 29 y junto a ella la explosión nacionalista en países como Alemania, Austria, Italia, España, Portugal, Croacia o Hungría entre otros.

El devenir de aquellos sucesos quedaría huella imborrable en la historia de la humanidad con el estallido de la II Guerra Mundial y demás conflictos locales.

Ahora, después de haber volatilizado a finales de los años 70 la llamada «Edad de Oro del Capitalismo» que propiciara el estado del bienestar, precisamente para que no hubiera lugar a los errores del pasado, el desenfreno neoliberal hizo saltar por los aires la economía mundial en 2008 y por si ello no fuera suficiente la pandemia ha fallado en forma de tragedia todos sus procedimientos.

Sucesos que en España se han manifestado más difíciles tratándose de un país que se perdió la mejor etapa del capitalismo y había quedado sumamente rezagado de las grandes democracias occidentales hasta la década de los 80 del siglo pasado.

Una vez más el haberse perdido las sucesivas revoluciones liberales e industriales de los dos últimos siglos y haber visto sofocado por la fuerza cualquier intento democratizador en todo ese tiempo volvía a pasar factura en los peores momentos.

La consolidación democrática de nuestro país llegó tan tarde que coincidió de pleno con la irrupción neoliberal y no tuvo tiempo suficiente para renovar debidamente su estructura social. Ni siquiera fue capaz de romper con la oligarquía dominante hasta ese momento que mantuvo su influencia favorecida por unas condiciones que le permitieron conservar las arcaicas características de su modelo económico y laboral.

Nacionalismo y migrantes

En una nueva vuelta de tuerca tanto en España como en el resto del continente, el pulso nacionalista y, como entonces, la búsqueda de un chivo expiatorio ante la incapacidad de ejercer la autocrítica ha persuadido a millones de ciudadanos y está dando al traste con un proyecto europeo ya de por sí en tela de juicio por su manera de gestionar la crisis económica.

El papel que en su día se arrogó no solo a los a judíos sino a todas aquellas personas con diferencias culturales y raciales con respecto a la progenie dominante, además de disminuidos físicos y psíquicos, homosexuales, etc. en la actualidad recae en los inmigrantes en general y en particular en aquellos de baja capacidad económica. Un fenómeno acuñado ya en la década de los 90, que se ha dado en llamar «aporofobia».

Lo que ha dado lugar a situaciones inimaginables hasta hace solo unos años como ha sido el caso del Reino Unido y el Brexit, con las catastróficas consecuencias que estamos viendo recientemente.

Ahora le llega el turno a Polonia con un pie manifiestamente fuera de la Unión lo que es además vitoreado por otras formaciones políticas de hondo calado nacionalista que, como en España, fluyen en toda Europa.

Mención aparte el caso de Hungría donde a su ardor nacionalista hay que añadir la persecución a la prensa por parte del estado vulnerando sin el menor recato uno de los principios fundamentales de la democracia.

La libertad individual

El triunfo del individualismo, la idea de que aquel que carece de posibles es que no ha hecho méritos para merecerlos, la renuncia al bien común, la concepción del estado solo como recurso para la beneficencia y la furibunda nacionalista que cada vez se hace notar con más fuerza en el espacio comunitario, pretenden convertirse en las principales señas de identidad del modelo social.

La incapacidad para asumir que la promoción del capitalismo hasta sus últimas consecuencias propiciara la crisis de 2008, que la gestión de la misma ha causado graves perjuicios entre las clases medias y trabajadoras y que la consumación de sus políticas de desprecio a lo público han provocado enormes estragos durante la pandemia, están favoreciendo una temeraria huida hacia delante de los aduladores de un capitalismo visceral aun a costa de poner en riesgo el estado del bienestar europeo.

Especialmente y dado su conocido carácter negacionista en un momento que el futuro del planeta y del conjunto de la raza humana se encuentran en juego a expensas de las alteraciones en el clima y el ecosistema por una industrialización descontrolada.

La apuesta por la socialdemocracia

Es cierto que, en los últimos tiempos, una denostada socialdemocracia tras haber abandonado sus principios fundamentales, va recobrando ciertos bríos en el continente debido al empuje de su nuevo socio al otro lado del Atlántico –aún con sus luces y sombras-, la presión de numerosos movimientos sociales surgidos al albor de la crisis económica y los estragos causados por la pandemia.

Todavía de manera tímida y con una enorme reticencia a enfrentar de manera contundente los problemas de hoy desde el punto de vista de ese concepto del bien común que fuera su principal seña de identidad en otro tiempo.

Los casos de Portugal, España, el regreso al gobierno en el otrora ejemplar mundo escandinavo o la vuelta a la cancillería alemana de un devaluado SPD que parece decantarse de nuevo hacia posiciones más alejadas de la ortodoxia liberal, podría intuir un necesario cambio de rumbo en la escena comunitaria.

En definitiva, el contrato social está en el aire nuevamente entre dos maneras de entender la sociedad.

Por una parte la de aquellos que frivolizan con un capitalismo salvaje que legitime a los más fuertes y excluya a los débiles.

Por la otra los que habilitan las aspiraciones personales sin menosprecio al bienestar de la comunidad y el entorno que le rodea.

«El verdadero progreso social no consiste en aumentar las necesidades, sino en reducirlas voluntariamente; pero para eso hace falta ser humildes».

Mahatma Gandhi (1869-1948) Político y pensador indio.

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