Durante el 29 Festival de Cine de Málaga se han conmemorado los 50 años de existencia de la película “EL desencanto” (1976), dirigida por Jaime Chávarri, reflejando a la “peculiar” familia de “los Panero”. Hijos de Leopoldo Panero, poeta bastión del franquismo con escarapela incluida. Aparece un libro escrito por Felipe Cabrerizo, Santiago Aguilar y Carlos F. Heredero, quienes nos regalan multitud de avatares y vicisitudes sufridas por la película, con sus cuatro protagonistas, José Luis, Leopoldo María y Michi Panero Blanc, junto a la madre Felicidad Blanc. A veces la vida tiene estas incertezas; me refiero al nombre que le pusieron a la madre, Felicidad. Un recorrido interesante y lúcido que pretende aclarar fantasmas y falsas ideas e impresiones que se han ido soslayando durante estos 50 años. Ninguno de sus protagonistas está vivo, todos se fueron; con ello me dejan la incógnita de cuál sería su impresión ante este libro. ¿Qué dirían? ¿Y qué se dirían entre ellos desde su afilado y culto verbo?


Una familia de orígenes no plebeyos, procedentes de la burguesía madrileña, en el caso de la madre, Felicidad Blanc, y de la estirpe astorgana, rancia, Leopoldo Panero, el padre poeta con “bastiones en la mansión indiana adosada a la muralla medieval que la familia poseía en Astorga y en la finca campestre del pueblo vecino de Castrillo de las Piedras”.
El peso de los orígenes junto a la personalidad del padre, Leopoldo Panero, alcohólico, despótico, violento, maltratador, sirve como punto de partida para contar la historia “más triste” y despropositada a la que podemos asistir a través de la película, “El desencanto”, dirigida por Jaime Chávarri y producida por Elías Querejeta. No resulta extraño que la estatua del poeta se nos muestre envuelta en una tela a modo de metáfora de lo que se nos avecina en esta ficción hibridada de secuencias “documentales”, que nos animan a pensar que estamos asistiendo a un “falso documental”. Está pensado, planificado y solo dejado al libre albedrío de las emociones de quienes lo transitan. Lo más notorio estriba en la casualidad de que los Panero parecen actores naturales. La leyenda creada en torno a sus vidas nos acerca a su manera de desenvolverse y obtener beneficio de la propia vida. El gran poeta que fue Leopoldo María Panero Blanc, de carácter huidizo y con diagnóstico esquizofrénico que le puso la psiquiatría tradicional, aparece rodeado del malditismo de su propia imagen y los juicios que laten en los comentarios de su familia, portando un discurso que contrapuntea lo que escuchamos. La película nos regala agrias disputas e insultos entre ellos; asistiremos como espectadores a escenas de gran potencial. La madre, Felicidad Blanc, se abandona a los recuerdos e intenta justificar determinadas vivencias, por lo que es atacada por sus hijos de manera impía, defendiéndose, aludiendo a su desconocimiento y la época en que vivía.

Los protagonistas de la película se dotan de una personalidad narcisista con la que sobreviven en la época que les toca vivir, el tardofranquismo y la incipiente transición democrática. Una familia a la que falsamente se ha pretendido presentar como ejemplo de la realidad de la época, cosa incierta, dado que en su historia tienen una bien ganada fama de ser personas muy cultas, poseedoras de un elevado y notorio lenguaje, aportando conocimientos muy superiores a los de sus congéneres, salvo honrosas excepciones. Personajes que, por encima de sus conductas, en ocasiones despreciables, tienen un interés humano fascinante.
Las polémicas suscitadas en el Festival de San Sebastián en el año 1976 impidieron su estreno, lo que no impidió que el público pudiera verla en otras salas de cine que permanecían al margen de esta incidencia.

Ocurrieron muchas cosas y no todas buenas. Una vez que los públicos vieron la película, llamadas amenazantes al teléfono de Felicidad Blanc y timbrazos al contestador automático de la casa de la calle Ibiza, su residencia en Madrid. Personas que no salen bien paradas, entre las que se encuentran las hermanas del padre y otros intelectuales del momento, quienes visitaban al padre en Astorga, estaban en desacuerdo con lo que se decía en la película. El aura de malditismo que la rodeaba hizo que en sus inicios tuviera un bajo rendimiento en salas. Dejemos constancia de que, en esos años, “El desencanto” (1976) tuvo de compañeras a otras dos películas de gran alcance sociológico: “Canciones para después de la guerra” de Basilio Martín Patino (1976) y “Función de noche” de Josefina Molina (1981). Todas cuestionaron la familia, las estructuras docentes, morales, religiosas y políticas en las que se desenvuelven sus argumentos. Las grandes capitales tuvieron suerte en los estrenos de “El desencanto”; fuera de ellas se complicaba. Cierto y verdad es que la notoriedad que obtuvieron “los Panero” y su alzamiento a las mieles del estrellato les permitió vivir de su aureola. En el caso de Felicidad Blanc, se acabó produciendo una caída en picado. Con el paso del tiempo, 20 años de por medio. Ricardo Franco realizó una especie de segunda parte, que no fue tal, “Después de tantos años” (1994). La película de Jaime Chavarri siempre se consideró un atolón, una excepción dentro del cine español, sin posibilidades de continuidad. Considerada por muchos como un melodrama que sirve para abordar la problemática de la mujer durante el franquismo, junto a la vida de los dolidos hijos del poeta, Juan Luis, Leopoldo María y Michi Panero Blanc.

Un libro este que nos acerca con acierto, por bien fundamentado y debidamente investigado, a una historia diferente, no solo por quienes la protagonizan, “los Panero”, sino también por la época en la que se rodó, segunda mitad de la década de los 70 del siglo XX, y los actantes de esta, Jaime Chávarri, su director, y Elías Querejeta, su productor.