A Astu e Inti, que cumplieron un año de edad corregida el 21 de marzo del 2026.
I
De vez en cuando tengo el impulso de escribir acerca de todo lo que nos sucedió, lo que les sucedió. Lo he hecho un par de veces de forma breve y entrecortada. Porque se impone la cotidianidad e incluso un poco de culpa por querer transformar en escritura algo que en cierta forma todavía estoy viviendo y que requiere toda mi atención y mi energía. Se da esa paradoja de que para escribir sobre ellos, tengo que encontrar un tiempo sin ellos. A veces incluso me pregunto si, después de su llegada, que lo ha cambiado todo, puedo volver a escribir como antes. Pienso en los días de hospital y nos veo a su padre y a mí como monjes de clausura aterrorizados ante la contundencia y la fragilidad del milagro que es la vida de nuestros hijos gemelos. Nos veo a diario realizando, como si fuera un ritual, una rígida rutina que buscaba alejar cualquier contaminación posible: colocar mochilas, móviles y abrigos en el casillero, ponernos camisas que usábamos exclusivamente mientras realizábamos con nuestros peques el método canguro, lavarnos las manos y ponernos gel hidroalcohólico. Ahora que de alguna manera estoy lejos de ese momento, a veces pienso en el miedo, que se acrecentaba con la llegada de algún diagnóstico, y me pregunto qué hacer con él, que se vino con nosotros cuando dejamos el hospital.
Me pregunto por qué quiero escribir si me cuesta tanto. Para qué. Quizás para intentar entender esa forma de miedo que se me ha metido dentro como un frío que en ocasiones reaparece. Una forma de miedo que hasta entonces no conocía y que no sabía que podía sentirse. Un miedo descomunal que hacía que la vida se tambaleara cuando nos hacían esperar en la puerta de la UCIN (Unidad de Cuidados Intensivos Neonatales) mientras otros padres sí pasaban. Durante esos minutos que parecían un abismo todas las posibilidades se me cruzaban por la cabeza, y aunque no quería hacerlo, me imaginaba entrando en una sala en la que alguno de los espacios donde estaban las incubadoras de mis hijos estuviera vacío. Porque ese horror inimaginable a veces sucede. Porque compartimos espacio con pequeñas que no tuvieron tanta suerte como los nuestros. Y recurrir a la palabra suerte me parece al mismo tiempo un equívoco y una descripción cabal. ¿Qué es sino azar lo que en ocasiones hace que un cuerpo atraviese determinadas circunstancias? Y cuando esas circunstancias son favorables para un cuerpo que se ama, ¿cómo no percibir ese recorrido azaroso como fruto de la suerte?

II
Hasta los dos años los bebés prematuros tienen dos edades, la cronológica, que se calcula a partir del día del nacimiento, y la corregida, para la que se toma en cuenta la fecha en la que deberían haber nacido. Hay algo de sombra en la edad corregida, de camino paralelo, de constante “qué hubiera sucedido si”. Y hay momentos en los que no puedo evitar preguntarme cómo sería la vida si los gemelos hubieran nacido a término. Pienso mucho en el azar y en la biología, en ese punto en que ambas cosas confluyen y un determinado proceso orgánico se da sin aparente causa. Simplemente hay un momento en el que unas células se comportan de una forma y no de otra, y a partir de ahí todo el universo que es una vida se transforma en algo y no en otra cosa. Quizás podría utilizar las palabras destino, designio o fortuna, que tampoco explicarían realmente nada de lo que quiero decir pero que en ocasiones pueden ofrecer un asidero.
Los mellizos o gemelos dicigóticos tienen un componente genético, pero los gemelos monocigóticos no. Realmente no se sabe por qué un ovulo fecundado en determinado momento se divide. Del momento en el que esta separación se produzca depende de si habrá una o dos bolsas amnióticas y una o dos placentas. Tampoco se sabe por qué hasta en un 15% de los embarazos monocigóticos se produce el Síndrome de Transfusión de feto-fetal, que sin tratamiento alcanza una mortalidad del 90%. Así que cuando con desesperación me preguntaba por qué nos estaba pasando a nosotros, no existía respuesta posible. Sin embargo, dentro de esta cadena de azares, nos tocó atravesar esta complicación en un país con un sistema sanitario con determinados avances y con una sanidad pública. Y en este punto la suerte se entrecruza con unas decisiones políticas específicas que hacen que en este territorio sí tuviéramos la oportunidad de que me operaran dos veces para curar el síndrome y la fortuna de que, después de su nacimiento, mis hijos fueran atendidos y cuidados las 24 horas del día sin endeudarnos de por vida. Quizás es la suerte, sí, pero también es la sanidad pública y sus profesionales –todas las doctoras y enfermeras por las que siento un agradecimiento eterno– la causa de que mis hijos estén vivos. Por eso la política es inseparable de la vida.

III
En ocasiones, cuando una vía intravenosa se infecta se desconoce la causa, pero esa infección puede rápidamente cambiar los equilibrios y aconteceres de un cuerpo, mucho más si pesa menos de 1 kilo. Así que a pesar de nuestro cuidadoso ritual de ingreso en la sala de UCIN y de los cuidados que tenía que tener el personal cada vez que lo tocaban, una infección apareció en nuestro hijo más pequeño a los pocos días de nacido. A veces, puede suceder que los antibióticos empleados en los primeros días de vida para combatir una infección terminen eliminando bacterias necesarias en el intestino, y que esto acabe generando una enfermedad inflamatoria grave de nombre terrorífico: enterocolitis necrotizante. Con cierta frecuencia, esta enfermedad puede ser una de las causas para que un recién nacido desarrolle una displasia broncopulmonar crónica. Cuando recapitulo este doloroso tránsito que afectó al cuerpo de mi bebé, pensando en las posibles causas que en el fondo nunca podré comprobar, pienso una y otra vez en los recorridos alternativos que quizás lo hubieran cambiado todo: qué hubiera pasado si se hubiera podido evitar ese primer foco desconocido de infección. De todas formas, mientras describo esos diagnósticos que tanto sufrimiento causaron me recuerdo a mí misma que, a diferencia de lo que nos pasó en el embarazo, nos tocó el lado bueno de la estadística: el de la supervivencia. Aun así, pienso en el lado malo, el horror posible que esquivamos y que quizás sea el origen de ese miedo que nos ha aislado del mundo y lo ha cambiado todo, empezando por nosotros mismos, como si con el diagnóstico nos hubiese rozado el peor desenlace y su estela sombría permaneciera con nosotros.

IV
Cuando intento pensar un poco sobre la maternidad, me doy cuenta de que me parece una encrucijada entre lo propio y lo común, una forma extrañísima de relación con el mundo en donde por un lado se está encerrada, entregada por completo a los cuidados, muchas veces ausente de lo que sucede en el planeta, pero por otro se está absolutamente consciente de lo que implica la vida que acontece en ese mundo. Las vicisitudes en ocasiones enloquecedoras de la crianza son el requisito para que todo, incluso lo que parece más lejano a ese espacio, siga su curso.
Ahora que soy madre de gemelos prematuros, la vida me parece al mismo tiempo un equilibrio precario, el resultado de miles de flujos y procesos azarosos que en cualquier momento podrían haber resultado de forma distinta, y la contundencia inamovible de algo que podría llamar destino pero que también puede ser una manifestación de la voluntad. Porque he abrazado a un cuerpo diminuto que pensé que se me iba en cualquier momento pero he visto en él una determinación y una voluntad inquebrantables que me conmueven y que admiro todos los días.

V
Cuando finalmente pasaron a mi hijo a la sala de cuidados intermedios, le tocó un sitio al lado de una ventana. Después de más de un mes de nacido, por primera vez vio la luz natural. Me senté al lado de la incubadora y les pedí a las enfermeras que lo sacaran para que lo cogiera en brazos, como era costumbre. Mientras lo miraba, escuché un golpe en la ventana y vi de reojo una sacudida de alas que me hizo pensar que un pájaro se había estrellado. Astu, el nombre de mi hijo, significa pájaro de los Andes en quechua. Y como cuando se está atravesando un proceso lleno de miedos e incertidumbres es quizás inevitable inclinarse hacia la superstición, tuve terror de lo que aquel choque podría significar. Miré a mí alrededor y sentí alivio al comprobar que nadie parecía haberse dado cuenta. Pasados unos minutos, hubo otro golpe… y otro y otro. Entonces descubrí que en realidad lo que sucedía era que había un nido en el hueco de la persiana, así que me entregué gustosamente al presagio, porque sin duda era la vida en todo su esplendor, manifestándose en el vuelo frenético e hipnótico de los vencejos, lo que sucedía en la primera ventana de mi hijo. Y eso, me dije a mí misma aliviada, solo puede augurar cosas buenas. Un año después de ese día, después de muchas dificultades y dolores, creo que tenía razón.