Si algo puede sorprendernos de los actos, modos y maneras del nuevo reinado de Trump, consolidándose como el adalid de una nueva era, al frente de la primera potencia mundial y con cientos de millones de seguidores en todo eso que un día llamamos mundo civilizado, es que todavía haya quién se sorprenda de sus actitudes y sus tomas de decisiones desde su regreso al despacho oval de la Casa Blanca.

Trump I, convertido en emperador de unos nuevos EE.UU., no está haciendo nada de lo que no avisara en los últimos 4 años, tras su derrota electoral frente a Joe Biden. Una derrota que aún no ha reconocido y por la que en su día invito a sus legiones tomar el Congreso estadounidense.
El multimillonario neoyorquino es el máximo y principal exponente del fin de esa versión del orden social que se diera tras la II Guerra Mundial y que dio pie a las democracias liberales sobre pilares como los de la paz, la libertad, los derechos humanos y un concepto del estado del bienestar que, precisamente, impidiera que se dieran los acontecimientos que dieron lugar a la misma.
Donald Trump, es el resultado y la consecuencia directa de un modelo económico y social, basado en el neoliberalismo, que arrancara en los 80 del siglo pasado, se consolidara con la llegada del milenio, explosionara en la primera década del mismo y arrasara con los últimos vestigios del modelo anterior tras la pandemia y la subordinación absoluta de la política a los devaneos de un desaforado e insaciable dios Mercado.
Trump, sus amigos, encarnados en los Putin, Orbán, Meloni, Abascal, Le Pen y sus cada vez más numerosos secuaces a lo largo y ancho de todo el orbe, tratan de imponer su razón mediante la fuerza bruta dando forma a un modelo de estado que se fundamenta sobre un nacionalismo descabellado y el odio al diferente.

La misma vorágine nacionalista que ha llevado la humanidad a los mayores desatinos de su historia.
La purga de sus presuntos enemigos, bien sea a través de la extorsión arancelaria, la discriminación por sexo, raza o religión, la incansable búsqueda de chivos expiatorios y el desentendimiento de las instituciones internacionales, en otro claro gesto de hostilidad y desprecio a la comunidad, son sus principales señas de identidad tras sus reiteradas amenazas durante estos últimos 4 años.
Un órdago de casi imposible resolución para unos partidos liberales y socialdemócratas europeos que se echaron en brazos las últimas décadas de un modelo capitalista absolutamente deshumanizado y deshumanizador donde un individualismo cada vez más irrespetuoso paso a convertirse en el centro de todas las cosas.
De ahí que buena parte de la sociedad les haya dado la espalda y otro tanto haya caído abducida por los cantos de sirena de una nueva-vieja extrema derecha como ocurriera en tiempos no tan remotos.
Aunque parezca inaudito y los males endémicos de una ciudadanía más y más constreñida resulten de la práctica de una cada vez más desigual distribución de la riqueza generada entre todos, una arrolladora fuerza mediática teledirigida desde la cúspide del poder económico, financiero y ahora también tecnológico, ha hecho creer de manera interesada a gran parte de la mayoritaria clase media que el empobrecimiento de la misma es consecuencia de las clases más desfavorecidas y deprimidas de su entorno social.
Lo que ineludiblemente se traduce en un odio visceral que recae sobre dichos desfavorecidos donde destacan los migrantes que acuden en masa a las regiones más desarrolladas del planeta huyendo de unas dramáticas condiciones de vida en sus países de origen derivadas de la sobre explotación de sus recursos, regímenes políticos autoritarios y una crisis climática que avanza de manera inexorable, todo ello propiciado por esos mismos que hoy les condenan al ostracismo sin piedad y escrúpulo alguno.
A lo que se añaden las pulsaciones territoriales, el rechazo al feminismo -considerando este una amenaza al proverbial dominio masculino-, y demás tesis conservadoras fruto de ese nacionalismo vehemente, haciendo de ello un totum revolutum donde las vísceras y la emoción han venido a sustituir una visión analítica y sosegada del medio social.
Toda una amalgama de equívocos y prejuicios a cuál más reaccionario que inundan todo el marco geográfico y político de occidente, que han puesto fin a una era y están dado paso a otra con un futuro de lo más incierto y del que, a buen seguro, la democracia liberal tal como concebimos en su momento quedará disipada como un vestigio del pasado.