Boyhood (Richard Linklater, 2014)

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Los mejores años de nuestra vida

Durante el verano del año pasado tuvimos la deslumbrante suerte de contemplar en las pantallas españolas “Before midnight” de Richard Linklater. Lo que aparentemente, y no era poco, era la tercera parte de las aventuras y desventuras de la  tan conocida pareja, amada y repudiada a partes iguales, se apareció como una de las películas más hermosas de la década.

Y no fue porque fuera más atinada que las dos entregas anteriores, sino por cómo Linklater jugó con los sedimentos que fueron depositando a lo largo de los años las dos entregas anteriores, rodadas en los últimos dieciocho años a razón de nueves años entre entrega y entrega. Cada mirada de Ethan Hawke al mar y a sus criaturas, cada diálogo, cada risa y cada tensión entre estos dos seres neuróticos y vitalistas llevaban el sello de todo lo acontecido desde que se conocieron en Viena y el sello de todo el tiempo transcurrido desde entonces también para  el espectador, que ha vivido su propia vida durante ese tiempo, ha crecido y madurado a su propia manera.

“Before midnight” certificó a Richard Linklater como un auténtico cineasta del tiempo, y eso que la mayoría no sabíamos en qué había estado metido ya incluso antes de rodar la segunda parte de su trilogía.

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“Boyhood”, de la que ya habrán oído y leído tanto sobre sus doce años de rodaje, no es un proyecto estrictamente original. Muchos cineastas han seguido a un actor-personaje a lo largo de los años. Lo ha hecho Bill Douglas,  y lo ha hecho François Truffaut entre otros. Pero permítanme la herejía, que servirá para describir algunas de las mejores virtudes de “Boyhood”. Truffaut filmó algunas películas antológicas sobre Antoine Doinel, pero como serie no sólo se la tomó muy poco en serio, tuvo escasísimas ambiciones, desaprovechó un concepto fantástico, y penúltimo y último capítulo supusieron un sucesivo deslome de las ya de por sí escasas y poco hambrientas  intenciones.

“Boyhood” es una película pretenciosa, y a mí no me molesta eso en absoluto. Ya no existe el clasicismo depurado de John Ford y en muchas ocasiones bajo la supuesta humildad y moderación de objetivos  sólo se esconde una desesperanzada e insoportable grisura. Pretenciosa viene de pretender, de intentar, de ambicionar, de querer conseguir. No es mal camino para el cine querer conseguir, y poco importa que al final uno se equivoque, o como en el caso de Linklater la empresa fuera excesivamente ambiciosa o difícil de pulir adecuadamente para elevarse a cotas de brillante emoción cinematográfica.

“Boyhood”  pretende hacer  dos cosas  que a mi juicio no le salen, pero en el empeño te mantiene atento y admirado. Condensar una experiencia vital de una longitud similar a la de la trilogía en tan sólo algo menos de tres horas de proyección, y donde en la trilogía se focalizaba la narración en conversaciones y momentos de enorme trascendencia focalizar aquí en su lugar en transiciones vitales significativas pero que no se constituyen en nudos dramáticos de una intensidad digamos que convencional.

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La dificultad de condensarlo todo en una sola película es que aquí las emociones no llegan a sedimentar en la mente del espectador como sí podían hacerlo en el proyecto de la famosa pareja Hawke-Delpy que había ido llevando en paralelo. Desde que el chaval tiene seis años las pinceladas son demasiado rápidas y paradójicamente a pesar de tratarse del mismo actor no se llega a construir un personaje identificable a lo largo de los años, tratándose del mismo actor casi parecen personajes diferentes por la falta de continuidad narrativa y un desapego de las convenciones que llega a resultar sorprendentemente contraproducente.

La dificultad de focalizar en transiciones de una intensidad menos convencional es que hay que tener un ojo poético que está al alcance de casi nadie para dar verdadera vitalidad a lo más banal de la existencia. “Boyhood” está demasiado centrada en las tormentas de los adultos, tormentas a veces algo cansinas  y  exageradas, salvando el que presupongo cáustico comentario sombre el amansamiento de la revolucionaria America de Obama. Las tormentas o hechos trascendentales de los jóvenes son demasiado nimias, ni si quiera asumiendo uno que su vida está hecha de cotidianidades bastante banales se dejan de recordar hechos más  emocionantes o más perturbadores. No siempre es cierto que la vida no es como las películas o que las películas donde pasan cosas de una dramaturgia menos acentuada se parezcan más a la vida. En ese sentido es quizás contraproducente la forma excesivamente prosaica que adopta “Boyhood”, consiguiendo mejor tono, aún con sus posibles irregularidades, un film como “El árbol de la vida” de Terrence Malick gracias a su verso libre.

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¿Qué habría podido hacer?. No lo sé. ¿En qué se ha equivocado?. Es probable que en nada. A veces hay que disparar el esférico desde medio campo, a veces hay que intentar driblar a cuatro defensas sin pasarla al compañero. Hay un disfrute en la belleza del gesto, del intento. Sin esos intentos no hay historia ni Historia que valgan. Lo que intenta “Boyhood” es titánico y meritorio, y en esas ganas hay mucha fuerza, pero no cuaja.

Pero no quiero acabar sin señalar algo que me parece extraordinariamente conmovedor y que se ha reseñado un poco. Se ha escrito hasta la saciedad que Linklater filma al niño Ellar Coltrane desde sus seis hasta sus dieciocho años, y se ha reseñado que el personaje tiene una hermana a la que da vida la hija del director, Lorelai Linklater, como si eso fuera cualquier anécdota. Parece que pocos han dado importancia a ese bellísimo y discreto documental íntimo que hace en segundo plano un director sobre su hija. Es de esas bellezas que no están estrictamente en la película, es una información externa y puede que accesoria por no apreciarse si no se supiera, pero impresiona y asombra.

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Sergio Sánchez

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