
Otro motivo del auge de la extrema derecha en las sociedades occidentales es la arrogancia, cuando no probado desprecio, de los partidos políticos para con los votantes y lo ocurrido en Extremadura, en su reciente cita electoral, es una reiteración más de ello.
Si hubiera que poner un titular al resultado de los comicios extremeños sería el de «Un éxito del PP nacional y un fracaso del PP regional».
Semejante contradicción viene dada porque el objetivo de toda esta secuencia electoral que ha iniciado el PP en las CC.AA. que gobierna, con Extremadura a la cabeza y que van a continuar Aragón y Castilla León para finalizar en Andalucía –esta sí en tiempo forma-, es el de poner de manifiesto la debilidad del PSOE y que ello conduzca a la dimisión de Pedro Sánchez o a una sonada derrota electoral del mismo en 2027.
Sin embargo, las elecciones autonómicas no se convocan o deberían convocarse para desgastar al adversario a nivel nacional sino con la intención de formar un gobierno que vele por los intereses de los gobernados en sus respectivas autonomías.
Ese es el objetivo que fija un marco constitucional que vulneran continuamente los que más alardean del mismo además de a la propia democracia en tanto en cuanto es el acto más fundamental de la misma: la participación de los ciudadanos mediante un proceso electoral que propicie su destino.
Y ahí es donde ha fallado de manera estrepitosa la propuesta del Partido Popular. Ha fallado no solo por valerse del electorado con fines torticeros, sino porque el resultado ha sido un fiasco de lo más previsible.
En el contexto actual ya se presuponía que la extrema derecha iba a multiplicar su presencia en la Asamblea de Extremadura y lo iba a hacer en buena parte a costa del PP; mientras el PSOE iba a sacar un pésimo resultado, máxime con un candidato imputado por los tribunales de justicia en un alarde de inadmisible estupidez por parte de su propio partido.
De hecho el PP ha caído en votos -aunque la aritmética electoral le haya proporcionado un asiento más en la Asamblea-, mientras Vox los ha multiplicado. A la vez que el PSOE se ha derrumbado estrepitosamente favoreciendo con ello al resto de contendientes en el reparto de escaños.
Ha sido, precisamente, la debacle socialista la que le ha salvado los muebles a María Guardiola que nuevamente se ha rendido a la vorágine de su partido en el ámbito nacional -como ya le pasara al inicio de su mandato cuando fue igualmente obligada a pactar con Vox-, porque de haber obtenido un mínimo mejor resultado el PSOE, el imparable ascenso de Vox hubiese provocado a buen seguro, alguna bajada en escaños de los populares.
Eso, probablemente, le hubiera traído al pairo a sus jefes en Madrid, interesados sobre todo en poner en evidencia a Pedro Sánchez, pero hubiese sido otro duro varapalo para la sumisa política cacereña.
Todos estos tejemanejes con el electorado lo único que vienen a propiciar es la deslegitimización del proceso democrático además del auge de los partidos anti sistema que hoy se sitúan en el borde derecho del tablero político.
Por otra parte y aunque resulte sorprendente que postulados con tintes autoritarios e iliberales donde se volatiliza el estado del bienestar y de derecho puedan calar en segmentos de la sociedad que por su escasez de recursos son los más necesitados del mismo –en alguno de los barrios más deprimidos de Badajoz, la ciudad extremeña más poblada, ha ganado Vox-, lo cierto es que es una actitud que se está repitiendo cada vez más a lo largo y ancho del globo y se da ya en todos los estratos sociales.
Un fenómeno que hemos analizado en otras ocasiones y al que volveremos más veces conforme su trascendencia vaya siendo cada vez mayor y mientras nos dejen pero que, de no mediar remedio, va a generar importantes transformaciones en el medio social y parece encaminado a lo que algunos autores denominan «Totalitarismo invertido».
«El totalitarismo invertido es un sistema donde las corporaciones han corrompido y subvertido la democracia y donde la economía triunfa sobre la política. Cada recurso natural y ser vivo es mercantilizado y explotado hasta el punto de colapsar, a medida que la ciudadanía es arrullada y manipulada para rendir sus libertades y su participación en el gobierno a través del exceso de consumismo y sensacionalismo.». (Sheldon Wolin, filósofo, politólogo y escritor estadounidense (1922-2015)

Es evidente que la estrategia de los partidos conservadores, como es el caso del PP, que han intentado frenar el indudable éxito de todos estos grupos que le desbordan por su derecha haciendo propios muchos de sus postulados, solo ha servido para aumentar la presencia de sus más incómodos rivales en los diferentes parlamentos nacionales.
Como también lo es que no hay fórmula mágica para impedirlo, del mismo modo que estamos viendo en todo el mundo, al menos mientras el modelo neoliberal siga siendo el referente actual. Pero flaco favor hace el PP a la democracia en España haciendo uso de su principal instrumento, el derecho al voto, de manera tan fraudulenta como hace del mismo.
Por último y a pesar del descomunal desastre del PSOE en un feudo tradicional como ha sido para este Extremadura, Pedro Sánchez «cómo el que ve llover», lo que además de restar aún más ante su electorado y sus socios de partida, hace poner también en un brete a la democracia.
Veremos.