“Os dieron a elegir entre el deshonor o la guerra. Elegisteis el deshonor y ahora tendréis la guerra”.
(Winston Churchill a Neville Chamberlain con respecto a su política de apaciguamiento con Hitler tras la firma de los Acuerdos de Múnich de 1938, después de la anexión alemana de los Sudetes).
A buen seguro y entre otras muchas cosas, de no haber sido por las “políticas de apaciguamiento”, de Chamberlain y su homólogo francés Édouard Daladier para intentar frenar al régimen nazi, Francia e Inglaterra como grandes potencias democráticas de la época se hubiesen implicado en la Guerra Civil Española como sí lo hicieron de manera determinante la Alemania de Hitler y la Italia de Mussolini.
En tal caso dos hubieran sido sus consecuencias directas: la II Guerra Mundial hubiera empezado algún año antes y España se hubiera ahorrado 40 años de dictadura.
Casi 90 años después, la temerosa y sumisa actitud de la Unión Europea con un narcisista multimillonario, ávido de codicia y poder, un auténtico depredador al frente del ejército más poderoso del mundo -como viene jactándose desde hace días-, y del que ya se sabía que no iba a dejarse amedrentar por los tecnócratas de la Casa Blanca como le ocurriera en su primer mandato -rodeándose en esta segunda ocasión de un nutrido grupo de fanáticos afines-, ni puede ser la respuesta a sus desafíos ni va evitar que un nuevo emperador pueda hacer cuanto le venga en gana en la escena internacional.
Como antecedentes, solo hay que echar un repaso a su vergonzosa reunión con la presidenta de la Comisión Europea, Úrsula von der Leyen, a la que citó de manera indolente en la residencia de su campo de golf en Escocia en julio del año pasado cuando lo que iban a tratar era el futuro de las relaciones comerciales de la Unión con los EE.UU.
Menos aún con la actitud del Secretario General de la OTAN, el ex primer ministro de los Países Bajos Mark Rutte, con el lamentable espectáculo protagonizado por el mismo en la reunión de la organización atlántica en junio convertido en un auténtico palmero de Trump I de una manera que resultó vergonzante para todos los presentes.
Justo el día después de la intervención de la pasada semana en Venezuela, Trump quedó meridianamente claro que a él poco o nada le interesa la democracia, de hecho atesto una auténtica bofetada a la oposición venezolana -tal como refrendarían más tarde sus colaboradores-, quedándola fuera de la ecuación y manifestando sin tapujos que su principal interés son las enormes reservas petroleras del país.
Entre las muchas, disparatadas y estruendosas declaraciones de Trump I, entorno a la operación realizada en Venezuela y el secuestro de Nicolás Maduro, está la de su calificación de este último como dictador “ilegal”, asumiendo por tanto de manera intrínseca que el presidente norteamericano da por buena la figura de otros dictadores según su propio criterio.

Y eso ya lo hemos visto, cómo agasaja al príncipe Mohamed bin Salmán de Arabia Saudí, al propio Vladimir Putin, en ocasiones incluso al presidente chino Xi Jinping o sus flirteos con el líder norcoreano Kim Jong-un.
Es decir que esto no va de democracia, va de dinero y de hegemonía que, si cabe, es aún peor porque en ese caso estaríamos ante una cuestión que puede llegar al paroxismo cuando se trata de individuos como el propio Trump.

Groenlandia es el próximo objetivo del emperador norteamericano a la búsqueda de sus inmensos recursos naturales y del control de las vías marítimas árticas como ha manifestado abierta y reiteradamente tanto él como sus correligionarios más próximos. Por las buenas o mediante la fuerza pero en solo unos meses su intención es que la bandera de las barras y estrellas ondeé por toda la isla danesa. Un país miembro de la U.E. y de la propia OTAN.
Una prueba más, que no una sorpresa como se venía advirtiendo en el caso de que Trump recuperara la presidencia de los EE.UU., de sus ambiciosas pretensiones a lo largo y ancho del mundo sin importarle leyes y normas y ni siquiera de quién se trate. O rendición o sumisión, no cabe otra cosa dentro de lo que el propio Trump I considere su esfera de influencia o sea preciso para sus intereses.
Algo para lo que se debía haber preparado la Unión Europea. Mantener una actitud sumisa y, casi, de vasallaje a la potencia norteamericana como ha mantenido a lo largo de los años corría el riesgo de que entrara en escena un personaje como Donald Trump, una derivada del modelo económico de las últimas décadas así como de la ola reaccionaria actual, pero con capacidad para echar por tierra todo el sistema dado tras la II Guerra Mundial.
Trump I lo ha quedado en evidencia y no solo eso sino que se ha reafirmado pública y de manera insistente en ello. El derecho internacional ha saltado definitivamente por los aires y, propiciadas por él mismo, han resurgido las esferas de influencia con las tres principales superpotencias en liza Rusia, China y EE.UU. que, de no mediar remedio, van a marcar las relaciones entre países en este nuevo tiempo.
La Unión Europea tiene la obligada necesidad de formar una verdadera y poderosa coalición -medios tiene para ello-, que fije un frente común ante las ambiciones expansionistas de sus vecinos a oriente y occidente. Pero el principal escollo para eso lo tiene dentro de sí misma.
Por una parte su falta de unión política de hecho -el gran error histórico de la Unión-, y por otra la ola reaccionaria que la sacude consecuencia de su fallida política económica de las últimas décadas basada en la interpretación más ortodoxa del capitalismo.
Pero hay demasiado en juego y la política del avestruz que se ha seguido desde la llegada de Trump solo está sirviendo para que, como otrora ocurriera con Adolf Hitler, se envalentone este aún más y Venezuela o Groenlandia solo sean un paso más en su escalada.
Y no olvidemos, con una crisis climática de por medio a lo que sumar el carácter negacionista del auto proclamado rey de los EE.UU.